La primera Lectura del profeta Daniel (9,4b-10) es una confesión de los pecados. El pueblo reconoce que ha pecado: “¡Ay, mi Señor, Dios grande y terrible, que guarda la alianza y es leal con los que lo aman y cumplen sus mandamientos. Hemos pecado, hemos cometido crímenes y delitos, nos hemos rebelado apartándonos de tus mandatos y preceptos. No hicimos caso a tus siervos los profetas, que hablaban en tu nombre a nuestros reyes, a nuestros príncipes, a nuestros padres y a todo el pueblo de la tierra”.

Hay una confesión de los pecados, un reconocer que hemos pecado. Y cuando nos preparamos para recibir el sacramento de la reconciliación, debemos hacer lo que se llama “examen de conciencia” y ver ante Dios qué he hecho: he pecado. Reconocer el pecado. Pero ese reconocer el pecado no puede ser solo hacer una lista de pecados intelectuales, decir “he pecado”, luego lo digo al padre y el padre me perdona. No es necesario, no es justo hacer eso. Eso sería como hacer una lista de las cosas que debo hacer o que debo tener o que he hecho mal, pero se queda en la cabeza. Una verdadera confesión de los pecados debe llegar al corazón. Ir a confesarse no es solo decir al sacerdote esa lista, “he hecho esto, esto, esto, esto…”, y luego me voy, estoy perdonado. No, no es eso. Hace falta un paso, un paso más, que es la confesión de nuestras miserias, pero desde el corazón; es decir, que esa lista que he hecho de las cosas malas, descienda al corazón. Y así lo hace Daniel, el profeta. “A ti, Señor, conviene la justicia; a nosotros, la vergüenza”.

Cuando reconozco que he pecado, que no he rezado bien y eso lo siento en el corazón, nos viene ese sentimiento de vergüenza: “Me avergüenzo de haber hecho esto. Te pido perdón con vergüenza”. Y la vergüenza por nuestros pecados es una gracia, debemos pedirla: “Señor, que yo me avergüence”. Una persona que ha perdido la vergüenza pierde la autoridad moral, pierde el respeto de los demás. ¡Un desvergonzado! Lo mismo pasa con Dios: a nosotros la vergüenza. A ti la justicia, a nosotros la vergüenza. La vergüenza en la cara, como hoy. “Señor –continúa Daniel–, nos abruma la vergüenza: a nuestros reyes, príncipes y padres, porque hemos pecado contra ti”. Al Señor nuestro Dios, primero dijo la justicia, ahora dice la misericordia.

Cuando tenemos no solo el recuerdo, la memoria de los pecados que hecho, sino también el sentimiento de la vergüenza, eso toca el corazón de Dios y responde con misericordia. El camino para ir al encuentro de la misericordia de Dios es avergonzarse de las cosas feas, de las cosas malas que hemos hecho. Así, cuando vaya a confesarme diré no solo la lista de pecados, sino los sentimientos de confusión, de vergüenza por haber hecho eso a un Dios tan bueno, tan misericordioso, tan justo.

Pidamos hoy la gracia de la vergüenza: avergonzarnos de nuestros pecados. Que el Señor nos conceda a todos esa gracia.


Fuente: Almudi.org

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