H Homilías de Santa Marta

Franqueza, coraje y parresía

Los jefes, los ancianos, los escribas, viendo a estos hombres y la franqueza con la que hablaban, y sabiendo que era gente sin formación –quizá no sabían ni escribir–, se queda asombrados. No entendían: “Pero es algo que no podemos entender, cómo esta gente sea tan valiente, tenga esta franqueza” (cfr. Hch 4,13). Esa palabra es muy importante pues es el estilo propio de los predicadores cristianos, también en el Libro de los Hechos de los Apóstoles: franqueza, coraje. Quiere decir todo eso. Decir claramente. Viene de la raíz griega de decirlo todo, y también nosotros usamos muchas veces esa palabra griega para indicarlo: parresía, franqueza, coraje. Y veían esa franqueza, ese coraje, esa parresía en ellos y no entendían.

Franqueza. El coraje y la franqueza con los que los primeros apóstoles predicaban… Por ejemplo, el Libro de los Hechos está lleno de esto: dice que Pablo y Bernabé intentaban explicar a los judíos con franqueza el misterio de Jesús y predicaban el Evangelio con franqueza (cfr. Hch 13,46). Pero hay un versículo que a mí me gusta mucho en la Epístola a los Hebreos, cuando el autor nota que algo en la comunidad no está yendo bien, que se pierde, que hay un cierto bajón, que esos cristianos se están volviendo tibios. Y dice –no recuerdo bien la cita–: «Acordaos de los días primeros, cuando, recién iluminados, tuvisteis que sostener una lucha grande y dolorosa […]. No perdáis, por tanto, vuestra confianza» (cfr. Hb 10,32-35). “Recupérate”, recupera la franqueza, el coraje cristiano de seguir adelante. No se puede ser cristianos sin que venga esa franqueza: si no viene, no eres un buen cristiano. Si no tienes valor, si para explicar tu posición caes en ideologías o en la casuística, te falta la franqueza, te falta el estilo cristiano, la libertad de hablar, de decirlo todo. El coraje.

Y luego, vemos que los jefes, los ancianos y los escribas son víctimas de esa franqueza, porque los arrincona: no saben qué hacer. «Notando que eran hombres sin letras ni instrucción, estaban sorprendidos. Reconocían que habían sido compañeros de Jesús pero, viendo de pie junto a ellos al hombre que había sido curado, no encontraban respuesta» (Hch 4,13-14). En vez de aceptar la verdad como es, tenían el corazón tan cerrado que buscaron la vía diplomática, la vía del compromiso: “Asustémoslos un poco, digámosles que serán castigados, a ver si así se callan” (cfr. Hch 4,16-17). Ciertamente están arrinconados por la franqueza: no sabían cómo salir. Pero no se les ocurría decir: “Pero, ¿no será verdad esto?”. El corazón ya estaba cerrado, era duro: el corazón estaba corrupto. Este es uno de los dramas: la fuerza del Espíritu Santo que se manifiesta en esa franqueza de la predicación, en esa locura de la predicación, no puede entrar en los corazones corruptos. Por eso, estemos atentos: pecadores sí, corruptos jamás. Y no llegar a esa corrupción que tiene tantos modos de manifestarse.

Pero estaban arrinconados y no sabían qué decir. Y al final encontraron un compromiso: “Amenacémosles un poco, asustémosles un poco”, les llaman y les ordenan, les invitan a no hablar en ningún momento ni enseñar en el nombre de Jesús. “Hagamos las paces: vosotros iros en paz, pero no habléis en el nombre de Jesús, no enseñéis” (cfr. Hch 4,18). A Pedro ya lo conocemos: no era un valiente nato. Fue cobarde, negó a Jesús. ¿Pero ahora qué ha pasado? Responden: «¿Es justo ante Dios que os obedezcamos a vosotros más que a él? Juzgadlo vosotros. Por nuestra parte no podemos menos de contar lo que hemos visto y oído» (Hch 4,19-20). ¿Y ese coraje de dónde le viene a este cobarde que negó al Señor? ¿Qué pasó en el corazón de este hombre? El don del Espíritu Santo: la franqueza, el coraje, la parresía es un don, una gracia que da el Espíritu Santo el día de Pentecostés. Justo después de haber recibido al Espíritu Santo fueron a predicar: un poco valientes, algo nuevo para ellos. Eso es coherencia, la señal del cristiano, del auténtico cristiano: es valiente, dice toda la verdad porque es coherente.

Y a esa coherencia nos llama el Señor en el envío; después de la síntesis que hace Marcos en el Evangelio: resucitado de mañana –una síntesis de la resurrección– «les echó en cara su incredulidad y dureza de corazón, porque no habían creído a los que lo habían visto resucitado» (Mc 4,14). Pero con la fuerza del Espíritu Santo –es el saludo de Jesús: “Recibid el Espíritu Santo”– les dijo: «Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación» (Mc 4,15), id con coraje, id con franqueza, no tengáis miedo. No –repito el versículo de la Carta a los Hebreos–, “no perdáis vuestra franqueza, no perdáis este don del Espíritu Santo” (cfr. Hb 10,35). La misión nace precisamente de aquí, de ese don que nos hace valientes, francos en el anuncio de la palabra.

Que el Señor nos ayude siempre a ser así: valientes. Esto no quiere decir imprudentes: no, no. Valientes. El coraje cristiano siempre es prudente, pero es coraje.


Fuente: Almudi.org

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