H Homilías de Santa Marta

El Espíritu Santo, maestro de armonía

«Nacer de lo alto» (Jn 3,7) es nacer con la fuerza del Espíritu Santo. No nos podemos apoderar del Espíritu Santo; solo podemos dejar que Él nos transforme. Y nuestra docilidad abre la puerta al Espíritu Santo: es Él quien hace el cambio, la transformación, ese renacimiento de lo alto. Es la promesa de Jesús de enviar al Espíritu Santo (cfr. Hch 1,8). El Espíritu Santo es capaz de hacer maravillas, cosas que ni siquiera podemos imaginar.

Un ejemplo es la primera comunidad cristiana, que no es fantasía lo que nos dicen aquí: es un modelo al que se puede llegar cuando hay docilidad y se deja entrar al Espíritu Santo y nos transforma. Una comunidad –digamos así– “ideal”. Es verdad que muy pronto comenzarán los problemas, pero el Señor nos muestra hasta dónde podremos llegar si estamos abiertos al Espíritu Santo, si somos dóciles. En esa comunidad hay armonía (cfr. Hch 4,32-37). El Espíritu Santo es el maestro de la armonía, es capaz de hacerla, y aquí la hizo. La debe hacer en nuestro corazón, debe cambiar tantas cosas en nosotros, hacer armonía: porque Él mismo es la armonía. También es la armonía entre el Padre y el Hijo: es el amor de armonía. Y, con la armonía, crea cosas como esta comunidad tan armónica. Pero luego la historia nos cuenta –el mismo Libro de los hechos de los Apóstoles– tantos problemas de la comunidad. Es un modelo: el Señor permitió ese modelo de una comunidad casi “celestial”, para hacernos ver dónde deberíamos llegar.

Pero luego comenzaron las divisiones en la comunidad. El apóstol Santiago, en el segundo capítulo de su carta, dice: «No intentéis conciliar la fe (…) con la acepción de personas» (St 2,1): ¡porque había! “No hagáis discriminaciones”: los apóstoles deben salir a amonestar. Y Pablo, en la primera Carta a los Corintios, en el capítulo 11, se lamenta: «Oigo que (…) hay divisiones entre vosotros» (cfr. 1Cor 11,18): comienzan las divisiones internas en las comunidades. Hay que llegar a ese “ideal”, pero no es fácil: hay tantas cosas que dividen una comunidad, ya sea una comunidad cristiana parroquial o diocesana o presbiteral o de religiosos o religiosas… tantas cosas entran para dividir la comunidad.

Viendo cuáles son las cosas que dividieron a las primeras comunidades cristianas, yo encuentro tres: primero, el dinero. Cuando el apóstol Santiago dice eso de no tener favoritismos personales, da un ejemplo porque “si en vuestra iglesia, en vuestra asamblea entra uno con anillo de oro, enseguida lo ponéis adelante, y al pobre lo dejáis de lado” (cfr. St 2,2). El dinero. Y Pablo dice lo mismo: “Los ricos llevan comida y comen ellos, y los pobres, allá de pie” (cfr. 1Cor 11,20-22), los dejamos allí como diciendo: “Apañaos como podáis”. El dinero divide, el amor al dinero divide la comunidad, divide la Iglesia.

Muchas veces, en la historia de la Iglesia, donde hay desviaciones doctrinales –no siempre, pero muchas veces– detrás está el dinero: el dinero del poder, sea poder político, sea dinero contante y sonante, pero siempre dinero. El dinero divide la comunidad. Por eso, la pobreza es la madre de la comunidad, la pobreza es el muro que protege la comunidad. El dinero y el interés personal divide. También en las familias: ¿cuántas familias acaban divididas por una herencia? ¿Cuántas familias? Y ya no se hablan… Cuántas familias… Una herencia divide: el dinero divide.

Otra cosa que divide una comunidad es la vanidad, esas ganas de sentirse mejor que los demás. “Te doy gracias, Señor, porque no soy como los demás” (cfr. Lc 18,11), la oración del fariseo. La vanidad, sentirme que soy… Y también la vanidad al hacerme ver, la vanidad en las costumbres, en el vestir: cuántas veces –no siempre, pero cuántas veces– la celebración de un sacramento es un ejemplo de vanidad, quién va con los mejores vestidos, quién hace esto y lo otro… La vanidad por tener la fiesta más grande… También ahí entra la vanidad. Y la vanidad divide, porque te lleva a pavonearte, y donde hay pavoneo hay división, siempre.

Una tercera cosa que divide una comunidad es el chismorreo: no es la primera vez que lo digo, pero es la realidad, es así. Eso que el diablo mete en nosotros, como una necesidad de criticar a los demás. “Pero qué buena persona es aquel…” – “Sí, sí, pero…”: enseguida el “pero”: eso es una piedra para descalificar al otro y en cuanto oigo algo lo digo, y así al otro lo rebajo un poco.

Pero el Espíritu viene siempre con su fuerza para salvarnos de esa mundanidad del dinero, de la vanidad y del chismorreo, porque el Espíritu no es el mundo: está contra el mundo. Es capaz de hacer milagros, cosas grandes.

Pidamos al Señor esta docilidad al Espíritu para que Él nos transforme y transforme nuestras comunidades, nuestras comunidades parroquiales, diocesanas, religiosas: las transforme, para ir siempre adelante con la armonía que Jesús quiere para la comunidad cristiana.


Fuente: Almudi.org

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