"La evangelización que se llevó a cabo no pretendió eternizar una cultura, sino que se dirigió al hombre concreto, a su capacidad de discernimiento y de aprendizaje, y constituyó una búsqueda de que el acontecimiento cristiano emergiera en tierra mapuche con todas sus particularidades."

* Las fotografías que ilustran este artículo son de Nicolás Piwonka, publicadas originalmente en el libro Voces Mapuches / Mapuche Dungu por el Museo Chileno de Arte Precolombino y Banco Santander, 2002.

© Humanitas 94, año XXV, 2020, págs. 320 – 337.


Los primeros misioneros que llegaron a La Araucanía (Concepción) fueron los franciscanos españoles enviados por Pedro de Valdivia. A ellos se les unieron los jesuitas en 1593, hasta que fueron expulsados en 1767. En 1847, con un Chile ya independiente, se acordó la venida de capuchinos italianos, quienes se hicieron cargo de todas las misiones ubicadas entre los ríos Cautín y Maipué[1], quedando los franciscanos a cargo de las misiones del norte. Para ese entonces, casi la totalidad de los habitantes de las zonas asignadas estaban ya bautizados, lo que impulsó a los capuchinos a realizar avanzadas apostólicas hacia zonas más salvajes e independientes naciendo con ello nuevas misiones[2]. Luego, en el año 1895 se embarcan los primeros capuchinos bávaros[3] para apoyar a la provincia italiana, que era cada día más pobre en personal misionero.

Esta primera evangelización mapuche se llevó a cabo a través de la sacramentalización, sobre todo bautismal. Se buscó alcanzar el mayor número posible de bautismos entre los mapuche, con el supuesto de que así se podrían salvar las almas moras de los indígenas. Al mismo tiempo las misiones tenían un objetivo civilizatorio, de transformación de la vida social como requisito previo para recibir la fe[4]. Las misiones eran promovidas y financiadas por el Estado, por su función civilizadora, pues tempranamente se comprendió que estas resultaban ser un brazo fundamental y muy efectivo de la conquista española. La teología y misionología de la época combinaban misión y civilización, para formar un mundo cristiano al estilo europeo, pues Europa era considerada “el centro de la civilización y la cúspide del desenvolvimiento de la humanidad”[5]. Difícil resulta distinguir ambos procesos, el misionero y el civilizatorio, ya que Europa, con toda su épica comercial y guerrera, con su afán de expansión y conquista, era también una Europa cristiana. Una Europa que atravesó y se vio transformada por edades oscuras y luminosas de la Iglesia y que, como comunidad apostólica, hizo suyo el llamado a predicar el Evangelio a todas las naciones y a ser el signo visible del mensaje liberador de Cristo.

Con el Concilio Vaticano II, realizado cincuenta años después de la llegada de los capuchinos bávaros a La Araucanía, la Iglesia tuvo un giro definitivo en cuanto a la valoración de las realidades históricas y culturales de los pueblos. El Concilio hizo un llamado al reconocimiento de la autonomía de la cultura[6]. La propuesta del Concilio se tornó especialmente relevante en el terreno misional. El decreto Ad gentes del Concilio Vaticano II señala que la actividad misional es “nada más y nada menos que la manifestación o epifanía del designio de Dios y su cumplimiento en el mundo y en su historia”[7]. En ese sentido, la actividad misional se comenzó a comprender bajo la óptica del diálogo de Nazaret, donde Dios busca tomar carne humana en un contexto histórico, cultural y lingüístico concreto, sin pretensiones de aculturación.

Este nuevo enfoque significó un replanteamiento de los métodos misionales, con un nuevo componente de conservación y respeto a la idiosincrasia de los pueblos[8], así como también una búsqueda de una integración que no pretenda ya ser ni asimilación ni absorción[9]. La evangelización debió pasar del plano discursivo y dogmático, al plano vivencial y ritual, pues es ahí, en el plano de la cultura, donde se expresa la religiosidad y la identidad de los pueblos.

Sin contar aún con las orientaciones del Concilio Vaticano II en cuanto al valor espiritual de las religiones no cristianas, y con una cultura religiosa que vinculaba misión y civilización, muchos de los misioneros descubrieron la necesidad ineludible de conocer, valorar y respetar a los pueblos, aprender a pensar como ellos, para que así la evangelización se hiciera realmente vida. Sin esa conciencia, no se comprenderían una serie de “acomodaciones” o intentos de acomodación que hicieron los capuchinos bávaros al tratar con los mapuche, todas las cuales son descritas por Albert Noggler en su libro Cuatrocientos años de misión entre los Araucanos.

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Sumario:

  • Los padres capuchinos de Baviera llegaron a La Araucanía en 1895 para apoyar en la labor de evangelización del pueblo mapuche. Desde entonces hasta la actualidad, sus aportes han destacado no solo en materia de fe, sino también en el plano educativo, en los estudios realizados de la cultura, lengua y religiosidad mapuche y en la defensa de sus derechos. El artículo constituye un balance de la misión en distintas dimensiones. Humanitas 2020, XCIV, págs. 320 – 337.

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