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Democracia y sociedad civil

Las expresiones democracia y sociedad civil son sumamente genéricas. El término democracia implica habitualmente una serie de estructuras políticas mediante las cuales es posible manifestar el consenso popular y proteger las libertades anexas, especialmente de palabra y asociación.

Con todo, democracia es también un conjunto de ideas sobre la igualdad, la libertad y la soberanía popular, que ha transformado la imagen política y social del mundo. En cambio, la expresión sociedad civil, en su acepción más amplia, abarca todas las instituciones y organizaciones sociales ubicadas entre el Estado y el individuo. Sugiero, sin embargo, que se introduzca una importante distinción entre macroestructuras de la sociedad civil (grandes corporaciones, fundaciones, organizaciones para la defensa de intereses particulares) y comunidades más pequeñas de ayuda mutua y salvaguardia de la tradición.

La relación entre democracia y sociedad civil cambia de acuerdo con las épocas y los lugares, encontrándose los sistemas políticos y sociales mismos en permanente mutación. Las dificultades del tema en cuestión me impulsan por su naturaleza a buscar la orientación del más ilustre experto en las mismas: Alexis de Tocqueville. Partiendo precisamente de su análisis del problema, este ensayo se esfuerza por identificar los cambios esenciales que se han producido en la relación entre democracia y sociedad civil desde los orígenes de la era democrática en Occidente, cuando muchos percibían la sociedad civil como una amenaza para los frágiles experimentos democráticos, hasta la situación actual, en que el poder de las macroestructuras de la sociedad civil ha llegado a igualar el de los Estados nacionales, mientras se observa en estructuras más pequeñas (familias, barrios, grupos religiosos, comunidades y asociaciones laborales) las señales de un gran sufrimiento, o de hecho un deterioro.

 

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En el amanecer de la era democrática

Las democracias modernas nacieron de la lucha encaminada a sustituir las monarquías hereditarias por gobiernos representativos. En Francia, este enfrentamiento implicó un ataque generalizado a las estructuras de la sociedad civil. Con el eslogan “no hay derechos fuera de los del individuo y el Estado”, los revolucionarios apuntaron no solo contra las leyes feudales del ancien régime, sino también contra la Iglesia, las corporaciones y diversos aspectos de la organización de la familia, reconociendo en la sociedad civil un bastión de la desigualdad, una fuente de opresión del individuo y un competidor del Estado en lo tocante a la lealtad de los ciudadanos [1]. Una consecuencia involuntaria del esfuerzo desplegado por los revolucionarios para la abolición de los viejos corps intermédiaires entre los ciudadanos y el Estado fue el hecho de que la “sociedad civil” llegase a ser durante el siglo XIX un tema central del pensamiento político de Europa continental. Tocqueville, Hegel, Marx, Durkheim y otros escribieron en forma extensa sobre lo que eran o debían ser las relaciones entre los individuos, las instituciones de la sociedad civil y el Estado.

Tocqueville en particular reflexionó sobre lo que ocurriría si las instituciones de la sociedad civil, consideradas en una época excesivamente fuertes, llegasen a ser algún día demasiado débiles. Observó que, con la progresiva centralización del poder político, los mismos grupos que en un momento parecían sofocar el crecimiento del individuo y obstaculizar la consolidación nacional podían convertirse en baluartes de la libertad personal y representar un útil contrapeso para la norma de la mayoría. Proseguía diciendo que el individualismo creciente, junto con una exagerada preocupación por los bienes materiales, podía debilitar las democracias desde adentro, haciendo a sus ciudadanos víctimas de nuevas formas de tiranía [2], y que la libertad podía favorecer el surgimiento de costumbres que algún día podrían resultar fatales para esas democracias [3]. Mientras se debilitaban progresivamente los vínculos de la familia, la religión y las asociaciones corporativas, Tocqueville temía que en los hombres se produjese una tendencia cada vez mayor al enriquecimiento o una peligrosa dependencia de esa desconocida pero poderosa entidad que era el gobierno [4]. Semejante situación —conjeturaba— podía favorecer la emergencia del despotismo: «El despotismo, en vez de luchar contra esas tendencias, las vuelve irresistibles, ya que despoja a los ciudadanos de toda pasión común, toda necesidad mutua, toda necesidad de comprenderse, toda ocasión de actuar conjuntamente, circunscribiéndolos, por así decir, al ámbito de la vida privada. Habiendo ya en los ciudadanos una tendencia a apartarse, eso los aísla; existiendo ya la frialdad entre unos y otros, eso los congela enteramente» [5].

Tocqueville estaba convencido de que nada podría detener el avance de los principios de la democracia. Afirmaba estar permanentemente preocupado de un solo pensamiento: la incontenible y universal próxima difusión de la democracia en el mundo [6]. La única duda, según su punto de vista, era si esta produciría repúblicas democráticas libres o tiranías disfrazadas de democracias. Su libro sobre la democracia americana (de inmediato un best seller, con once nuevas ediciones ya en 1848) exhortaba a los europeos a no oponerse a lo inevitable, sino más bien a comprometerse a fondo para que la libertad siempre se preservase en los regímenes futuros. A partir de cuanto pudo observar en los Estados Unidos, estaba convencido de que todo dependía de la costumbre y la actitud de los ciudadanos en cuanto a la defensa de la libertad dentro de la democracia. Si las naciones democráticas no lograsen “dar a todos los ciudadanos ideas y sentimientos que los preparasen para la libertad, facilitando el uso de la misma, ya no habría independencia para nadie, ni el burgués ni el noble ni el pobre ni el rico, sino la misma tiranía para todos” [7]. Para quienes compartían esta manera de pensar, la sociedad civil —como lugar de cultivo de semejantes costumbres y actitudes— resultaba ser un tema de crucial importancia.

Si bien la cuestión de la sociedad civil era de gran interés para muchos pensadores de Europa continental, la situación se presentaba de otro modo en los Estados Unidos. En la época de la Revolución norteamericana, la propiedad de la tierra estaba distribuida más equitativamente que en cualquier parte de Europa y muchos estadounidenses vivían en ciudades administrativamente autónomas. Alrededor del ochenta por ciento de la población libre estaba constituida por colonos autosuficientes, pequeños hombres de negocios y artesanos [8]. Los revolucionarios no tenían interés alguno en una reestructuración radical de la sociedad, y su objetivo era independizarse de Inglaterra. Tan pronto como se liberaron del yugo colonial, los fundadores de la nación se concentraron en idear un proyecto válido de república de inspiración democrática, una Constitución con la separación vertical y horizontal de los poderes, un modelo regido por un justo equilibrio de normas y controles. El proyecto preveía un sistema federal que dejase la autoridad predominantemente en manos de los gobiernos locales en los asuntos vinculados en forma más directa con la vida de los ciudadanos. Por consiguiente, si se excluye la preocupación de los fundadores de mantener bajo control la influencia de las “facciones” (los llamados intereses privados) [9], la sociedad civil fue objeto de atención relativamente escasa de parte del pensamiento político estadounidense con anterioridad al siglo XX, cuando en cambio resultó claro que grandes corporaciones estaban adquiriendo un poder casi soberano y muchas de las estructuras de mediación de la sociedad civil se encontraban en crisis [10].

El experimento norteamericano, en el pensamiento de Tocqueville, no representaba tanto un modelo para copiar como una prueba evidente de que los beneficios de la democracia no debían obtenerse pagando como precio la libertad. A aquellos de sus lectores atemorizados de que la democracia significase el dominio del pueblo, entendido como tiranía de la mayoría, el pensador francés respondía: “Las leyes y costumbres democráticas no son por tanto lo único que pueda convenir a los pueblos democráticos; pero los estadounidenses han demostrado que es posible regular la democracia mediante leyes y costumbres” [11].

¿Qué quería decir Tocqueville cuando hablaba de “regular” la democracia mediante leyes y costumbres? Él describió con admiración la forma en que la Constitución estadounidense y el sistema federal contribuyeron al control del sistema mayoritario puro. El observador francés, que veía cómo, a raíz del debilitamiento de las autonomías locales, las perspectivas de la democracia en su país corrían grave riesgo, visualizaba las pequeñas ciudades administrativamente independientes de Nueva Inglaterra como una alternativa en condiciones de proporcionar precisamente ese tipo de control distinto. De hecho, esas ciudades funcionaban como escuelas de autorregulación política. Otorgando múltiples oportunidades de participación en el gobierno, permitían a los ciudadanos adquirir “ideas claras y prácticas sobre la naturaleza de sus propias obligaciones y el alcance de sus derechos” [12]. “Las instituciones comunales son para la libertad —escribía Tocqueville— lo que son las escuelas primarias para la ciencia: ponen la libertad al alcance del pueblo, y haciéndolo probar el uso de la misma, lo acostumbran a valerse de ella. Sin instituciones comunales, una nación puede ciertamente darse un gobierno libre, pero no tiene aún el espíritu de la libertad” [13].

Tocqueville estaba igualmente impresionado por la fuerza y diversidad de los diferentes grupos sociales que se encontraban entre el individuo y el gobierno. Veía un país donde la mayoría de los hombres, las mujeres y los niños vivía en propiedades agrícolas o estaba comprometida en el manejo de una empresa familiar (en ambos casos se requería una intensa cooperación entre los miembros). Estas familias —las primeras y más importantes escuelas de las virtudes republicanas de autocontrol y respeto a los demás— se encontraban rodeadas de gran cantidad de asociaciones cívicas, religiosas y sociales. Estas últimas eran centros en los cuales se recordaba diariamente a todos la necesidad de encontrarse con los propios semejantes, escuchar lo que tienen que decir e intercambiar ideas y opiniones con el fin de llegar a acuerdos sobre la forma de administrar los intereses comunes [14].

A pesar de tener en alta estima la Constitución de los Estados Unidos de América, Tocqueville insistía en el hecho de que el éxito de la variante norteamericana del experimento democrático se debía, más que a las leyes, a las costumbres, o sea, los hábitos y opiniones ampliamente compartidos que representaban la constitución invisible, pero real, de la república [15]. “Las leyes siempre son inestables cuando no están apoyadas por costumbres; las costumbres constituyen el único poder fuerte y duradero de una nación” [16]. (En este sentido, Tocqueville recordaba a sus contemporáneos postiluministas una tradición más antigua de filosofía política. El anónimo Ateniense en las Leyes de Platón, por ejemplo, dice sobre las costumbres no escritas: “No es preciso llamarlas con el nombre de leyes, ni dejarlas en silencio; de hecho constituyen los vínculos de todo el ordenamiento del Estado, y (...) si se establecen sabiamente y adquieren carácter habitual, resguardan (...) las leyes escritas; si en cambio se alejan inconvenientemente de lo que es bello y bueno, sucede lo mismo que en los edificios, en que al debilitarse los soportes, todas las partes se precipitan juntas, y unas yacen bajo las otras, incluso aquellas construidas bellamente más tarde, al arruinarse las construidas anteriormente” [17]). En apoyo tanto de las leyes como de los usos, Tocqueville situaba luego la religión. La religión —explicaba— se considera la guardiana de las costumbres, y las costumbres son la garantía de las leyes y la libertad misma [18]. Su mensaje era claro: el estado de salud de las estructuras de la sociedad civil sería decisivo para determinar si los futuros ciudadanos de las democracias nacientes gozarían de igual libertad o padecerían de la misma servidumbre.

En la era industrial

Como preveía Tocqueville, el principio de democracia se propagó. En la segunda mitad del siglo XIX, este principio mostraba su propia fuerza en los sistemas legislativos de las repúblicas industriales. El sufragio universal (masculino) llevó a un mejoramiento continuo de las normas vinculadas con las condiciones de vida en las fábricas y la vivienda, introduciendo en algunos países estructuras rudimentarias de previsión social. En Europa, esta legislación echó las primeras bases de las democracias “sociales” modernas. Con todo, en Estados Unidos, la Corte Suprema, con la fuerza que le otorgaban sus propias prerrogativas en el ejercicio del poder judicial, consideró inconstitucionales algunas de esas leyes por constituir violaciones a los derechos de propiedad y la libertad contractual. En Rusia, en cambio, la revolución puso en movimiento una cadena de acontecimientos que bloquearon el desarrollo de la democracia durante casi un siglo, corroyendo los fundamentos de la sociedad civil.

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Entretanto, la Revolución Industrial había introducido tres importantes modificaciones en la sociedad civil. Sería difícil determinar cuáles de estos cambios, relacionados entre sí, han influido en mayor medida en el futuro: 1) la dislocación de gran parte del trabajo remunerado fuera del ámbito doméstico; 2) el ascenso de grandes operadores del mercado, cuyo poder entraba en competencia con el del gobierno [19]; 3) la burocratización de las estructuras políticas y económicas [20].

Se ha escrito mucho sobre las implicaciones políticas de los últimos dos cambios, pero también la transformación de la vida familiar, ocurrida al convertirse mayoritariamente los hombres en trabajadores asalariados, estaba destinada con el tiempo a tener consecuencias políticas. La separación entre la casa y el trabajo inauguró una forma de vida totalmente nueva, constituyendo un avance en cuanto, si el salario del hombre era suficientemente elevado, el paso al trabajo dependiente aliviaba a la esposa y a los hijos del trabajo duro de la agricultura o el negocio. Sin embargo, al mismo tiempo, este nuevo tipo de familia resultaba ser menos seguro para las mujeres y los niños, cuyo bienestar económico ahora dependía enteramente del respectivo marido y padre, mientras este último ya no era tan marcadamente dependiente de ellos. (Una señal elocuente del cambio fue la modificación de la ley de custodia de los hijos: tan pronto como estos se convirtieron en un peso, en el sentido económico, en vez de una ventaja, la presunción legal tradicional a favor del padre pasó a estar a favor de la custodia materna.) Al mismo tiempo, la tasa de divorcios comenzó a aumentar.

La expansión de la economía empresarial, incluso en su fase inicial, hizo comprender a Tocqueville que la tiranía de pocos podía reaparecer también en la época democrática. Advirtió que la clase empresarial emergente, a diferencia de la vieja aristocracia, no parecía sentirse obligada a ayudar a la masa de sus propios subordinados y aliviar sus fatigas: «La aristocracia industrial de nuestros días, después de empobrecer y embrutecer a los hombres de los cuales se vale, los abandona en tiempos de crisis a la caridad pública (...). Pienso que en general la aristocracia industrial, que vemos surgir ante nuestra vista, es una de las más duras que han aparecido hasta ahora en la tierra (...). Los amigos de la democracia deben dirigir constantemente su mirada hacia esta parte y desconfiar, ya que si la desigualdad permanente de las condiciones y la aristocracia debiesen penetrar nuevamente en el mundo, es posible prever que esta será su puerta de entrada» [21].

Desde comienzos del siglo XX, ya era evidente —también para los partidarios del capitalismo— que los grandes protagonistas del mercado habían adquirido notable influencia en el proceso político y la vida cotidiana [22]. En un ensayo de 1927, Morris Cohen, filósofo estadounidense vinculado posteriormente al pensamiento político del New Deal de Franklin Roosevelt, afirmó que el poder de los grandes poseedores de capitales sobre las personas sin independencia económica se estaba asemejando a lo que históricamente constituía la soberanía política. Así, observaba que cierto espíritu combativo, en el ámbito tanto económico como político, podría efectivamente ser necesario para la vida civil. Con todo, esto no debía hacer pensar que el poder ejercido sobre las cosas materiales también implicaba un poder sobre las personas [23].

La centralización y burocratización del gobierno significaba que la política y la vida económica eran progresivamente dominadas cada vez más por organizaciones grandes y anónimas. El hogar doméstico comienza a ser visualizado por muchos como un “paraíso en un mundo sin corazón” [24]. Ese paraíso, en todo caso, estaba al borde de ser objeto de asedio.

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Las estructuras de mediación vacilan

Después de la Segunda Guerra Mundial, el principio de democracia se expandió aún más. Surgieron nuevas naciones de constitución democrática, las cuales, junto con Estados ya más maduros, pasaron a materializar “un nivel de vida más alto unido a una mayor libertad” [25]. Muchos países agregaron las tareas requeridas por el Estado social a las funciones determinadas precisamente por la democracia entre las competencias y responsabilidades cívicas. Los países que emprendieron esa ambiciosa aventura dieron obviamente por sentado que la sociedad civil seguiría apoyando los usos y costumbres indispensables para la democracia y tutelando la economía y el sistema de welfare en expansión. Entretanto, las instituciones tradicionalmente consideradas por los Estados para promover las virtudes republicanas y moderar la codicia y el egoísmo estaban entrando decididamente en crisis.

En ningún ámbito resulta esto tan evidente como en la familia. Ni siquiera el previsor Tocqueville imaginó con qué profundidad las ideas de igualdad y libertad individual —así como la ética del mercado— influirían en las relaciones al interior de la familia. Él había afirmado confiadamente que la democracia ciertamente debilita los vínculos sociales, pero refuerza al mismo tiempo los vínculos naturales [26]. Pensaba que las casas ordenadas y serenas pueden ser un punto de partida seguro para producir ciudadanos con confianza en sí mismos y respeto por los demás, capaces de encontrar acuerdos y limitar las propias inclinaciones egoístas [27]. Los hábitos adquiridos en familia contribuirían al desarrollo de ulteriores capacidades para la vida comunitaria en lugares como las escuelas, las sedes laborales y las ciudades. Las mujeres eran las primeras y más importantes educadoras de los niños, y constituían la llave maestra de la totalidad del sistema: “No puede existir una sociedad libre sin buenas costumbres, y es la mujer quien hace ser buenas o malas las costumbres. Todo cuanto influye en la condición de la mujer, en sus hábitos y opiniones, tiene de todas maneras, en mi opinión, gran interés político” [28].

¿Quién podría haber imaginado alguna vez los borrascosos cambios que a partir de mediados de los años 60 alteraron la diferenciación de los roles de ambos sexos, transformaron la vida familiar y crearon confusión en las instituciones mediadoras de la sociedad civil? La revolución sexual y las repentinas modificaciones de las tasas de natalidad, matrimonio y divorcio tomaron en todas partes por sorpresa a los demógrafos profesionales. Entre éstos, el francés Louis Roussel resumía en 1985 los cambios de las dos décadas anteriores de la siguiente manera: «Todo cuanto hemos observado desde 1965 hasta ahora, entre los centenares de millones de personas que viven en las naciones industrializadas, constituye (...) una alteración general de todos los índices demográficos, un fenómeno raro en la historia de las poblaciones. En solo veinte años, han caído los niveles de natalidad y matrimonio, mientras han aumentado velozmente las tasas de divorcio y nacimiento ilegítimo. Todos estos cambios han sido sustanciales, con aumentos o disminuciones del cincuenta por ciento; además han sido súbitos, por cuanto el proceso de transformación ha durado solo algo menos de veinte años, y generales, ya que han afectado a todos los países industrializados a partir de 1965» [29]. Dos hechos vinculados entre sí tuvieron a su vez serias consecuencias en la definición de los roles y la personalidad: una cantidad sin precedentes de madres comenzó a trabajar fuera del hogar y un número igualmente sin precedentes de niños se encontraba durante toda la infancia o parte de la misma en casas donde no estaban presentes los padres. Decididamente, las sociedades industrializadas se habían comprometido con un amplio experimento social.

Aproximadamente en la misma época surgieron problemas en las escuelas, los barrios, las iglesias, las comunidades y las asociaciones de trabajadores, instituciones que tradicionalmente contaban con el apoyo de las familias y que solían constituir para estas un importante recurso. No se trataba de una mera coincidencia. Por una parte, se constataban las consecuencias de la urbanización y la movilidad geográfica; por otra, resultaba evidente el grado en que las estructuras de mediación de la sociedad civil contaban con el trabajo gratuito femenino.

El ingreso de un gran número de mujeres al mundo de la fuerza laboral perjudicaba tremendamente a los grupos de voluntariado, privando a muchos barrios de los tutores (sus “ojos” y sus “oídos”) de la ley informal, y aceleraba la crisis de la asistencia social. Los recursos tradicionales de apoyo gratuito para la infancia, los discapacitados y los ancianos menesterosos se estaban agotando sin existir una alternativa real, lo cual constituía una perspectiva terrible para los débiles. El alcance de la crisis puede evaluarse únicamente si se considera que el porcentaje de población no autosuficiente (los niños de muy pequeña edad, los enfermos y los ancianos menesterosos) prácticamente no se había modificado durante los últimos cien años [30]. La composición de este segmento de la población había cambiado (menos niños y más ancianos en comparación con el siglo anterior), pero la proporción total seguía siendo sustancialmente la misma.

A fines de los años 80, las tasas de crecimiento demográfico estaban disminuyendo en los países industriales. En la actualidad, estas tasas al parecer se han estabilizado, dejando una serie de problemas que ninguna sociedad jamás ha debido enfrentar con anterioridad en semejante escala. En los Estados Unidos, por ejemplo, los divorcios y los nacimientos fuera del matrimonio han llevado a una situación a raíz de la cual entre veinte y veinticinco por ciento de los niños vive normalmente en casas con uno solo de los padres, y más de la mitad al menos permanece parte de la infancia en familias de este tipo. La inmensa mayoría de las casas está en manos de mujeres cuya situación económica es precaria: casi la mitad de las familias manejadas por mujeres solas con hijos menores de seis años de edad vive en condiciones de pobreza. Escuelas, iglesias, barrios, grupos juveniles, etc., que en otra época proporcionaban ayuda a esas familias durante los momentos difíciles, ahora también se encuentran en dificultades, por cuanto, además de ayudar a los núcleos familiares y a los vecinos, esas mismas comunidades dependían del apoyo y la ayuda de aquellos.

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Los países en vías de desarrollo están manifiestamente siguiendo el mismo itinerario, pero a mayor velocidad. Muchos de esos países están experimentando al mismo tiempo el proceso de democratización, industrialización y urbanización, y la separación entre la casa y el trabajo. En los años 90, se atravesó silenciosamente un importante límite: por primera vez en la historia de la humanidad, la mayoría de los habitantes de nuestro planeta ya no vive en pequeños pueblos de campesinos y pescadores [31].

Independientemente de lo que pueda decirse sobre esas nuevas condiciones de vida, ellas han debilitado la capacidad de la sociedad civil de promover costumbres y prácticas útiles para la vida democrática. Como observaba un agudo periodista, estamos experimentando «un desgaste de las relaciones interpersonales en distintos niveles (...). El desgaste de todo vínculo acelera el de los otros. La interrupción de uno de ellos, como la adhesión a una comunidad estable, ejerce presión sobre todos los demás vínculos: el matrimonio, la relación entre padres e hijos, la pertenencia religiosa, la memoria del pasado e incluso el vínculo de ciudadanía, es decir, el sentido de pertenecer a una gran comunidad, que se desarrolla de mejor manera cuando toma contacto con sus propias raíces en la adhesión a una comunidad más pequeña» [32].

Observadores de todas las orientaciones políticas han expresado su preocupación por las consecuencias de esos desarrollos en la calidad de la fuerza laboral, el destino de los sistemas de previsión social y la incidencia del crimen y la delincuencia. Se ha prestado menor atención, en todo caso, a las implicaciones políticas, es decir, al efecto que en todo el mundo podría atribuirse a los experimentos de la democracia en la crisis simultánea de las familias con prole, el ambiente que las rodea y las instituciones de asistencia. Además de debilitarse las principales instituciones que custodiaban valores que no son de mercado en el interior de la sociedad, los valores del mercado han comenzado a infiltrarse en los ganglios vitales mismos de la sociedad civil. Ciertamente, Tocqueville habría preguntado lo siguiente: ¿dónde podrán encontrar las repúblicas modernas hombres y mujeres dotados de aptitudes para gobernar y la voluntad de emplearlas con miras al bienestar común? ¿Dónde aprenderán tus hijos y tus hijas a considerar a los demás con respeto y solicitud, más que como objetos, medios y obstáculos? ¿Qué inducirá a hombres y mujeres a mantener sus promesas, restringir el consumo, permanecer junto a los familiares en la salud y la enfermedad, pasar tiempo con los hijos, responder a los llamados de los propios países, ayudar a los desventurados y restringir las exigencias con los propios seres queridos, los vecinos y el Estado?

Son inquietantes los resultados de investigaciones recientes sobre las tendencias políticas de los estadounidenses. En 1999, más de un tercio de los estudiantes de la enseñanza media superior salió mal en un test de educación cívica propuesto por el Departamento Nacional de Educación, y únicamente el nueve por ciento estuvo en condiciones de señalar al menos dos motivos por los cuales sería importante formar parte de una sociedad democrática [33]. En un estudio anterior, se observó una ausencia casi total de la importancia de la participación cívica: “A raíz de la prioridad otorgada a la felicidad personal, los jóvenes revelan ideas (...) que ponen énfasis en la libertad y el libertinaje, llegando prácticamente a la eliminación absoluta de los conceptos de servicio y participación” [34]. Cuando se les pide describir lo que distingue a un buen ciudadano, solo el doce por ciento menciona la expresión del voto. Menos de la cuarta parte afirma considerar importante una conducta que haga ser a su comunidad un lugar de convivencia mejor. Al ser interrogados sobre lo que hace ser especial a Estados Unidos, solo el siete por ciento alude al hecho de que este país es una democracia. Semejantes ideas no pueden rechazarse simplemente como síntoma de inmadurez, ya que una comparación con sondeos anteriores reveló que en 1990 los encuestados tenían menos preparación cívica y menor interés, y votaban menos aún que los jóvenes de cualquier período de las cinco décadas anteriores [35].

En la era de la globalización

A primera vista, en el amanecer del siglo XXI, la democracia parece triunfar [36]. Hay un incremento de repúblicas democráticas en todas partes de Europa, América Latina e incluso distintas partes de África y Asia. La mayoría de los países del mundo, más de cien estados, se considera actualmente democrática, si bien en muchos casos sería más correcto decir “en vías de democratización” [37]. Los expertos nos dicen que las democracias no tienden a entrar en guerra entre ellas y están inmunes en relación con penuria alimentaria y carestías [38]. Muchas instituciones de la sociedad civil solicitan y adoptan cada vez más principios e ideas de la democracia.

El futuro de los experimentos democráticos en el mundo parece, en todo caso, opacado por numerosos problemas interconectados.

1. Ante todo, hay un número considerable de motivos de preocupación por la atrofia de los componentes democráticos en las repúblicas modernas. La centralización del gobierno ha despojado del poder de decisión a los gobiernos locales, que en otra época servían de “escuelas de ciudadanía” y proporcionaban al ciudadano medio oportunidades de participación. La llamada globalización ha reducido el poder del Estado nacional. Grupos representativos de intereses privados y lobbies tienen con frecuencia un rol decisivo en la elaboración de las leyes y la acción administrativa [39]. Un proceso que, partiendo de algunos países, podría también incluir tribunales supranacionales, es el ejercicio excesivamente ambicioso del poder judicial dirigido a invalidar la legislación popular y adaptar interpretaciones sumamente individualistas de los derechos con el fin de debilitar las instituciones mediadoras de la sociedad civil. En suma, en los regímenes democráticos actuales, resulta cada vez más difícil para muchos hombres y mujeres tener una voz en la creación de las condiciones en que viven, trabajan y crecen sus propios hijos.

2. Como ya se ha observado, los experimentos democráticos están amenazados también por el debilitamiento de las estructuras de mediación. El carácter y las capacidades no surgen mediante órdenes, sino que se adquieren únicamente gracias al ejercicio permanente. Estos hábitos serán corroborados o corroídos por las condiciones en que viven, trabajan y se divierten las personas. Las democracias no pueden, por lo tanto, desconocer las condiciones de crecimiento y educación ni las instituciones sociales y políticas en las cuales se cultivan y transmiten de generación en generación las cualidades y aptitudes que contribuyen a la formación de buenos ciudadanos y hombres de gobierno.

3. Además, las macroestructuras de la sociedad civil han adquirido el poder necesario para alentar el espectro de nuevas formas de oligarquía. En términos de recursos económicos y habilidad para programar la política y los eventos, la influencia de ciertos protagonistas del mercado, de fundaciones y organizaciones de intereses privados, supera la de muchos Estados nacionales. Sin duda, estos tienen escaso poder para influir en las imponentes fuerzas económico-financieras que condicionan la vida de sus ciudadanos. Las condiciones de vida y la seguridad de muchas personas dependen cada vez más de grandes empresas o sociedades de capital. En los Estados Unidos, por ejemplo, solo alrededor del diez por ciento de la población laboral está constituida por trabajadores autónomos, más o menos un tercio trabaja en grandes empresas y aproximadamente la quinta parte se encuentra en la administración pública, ya sea federal, estatal o local [40]. Antiguas costumbres de la vida familiar se han adecuado a los ritmos y exigencias de la economía. El nivel de vida ha mejorado en muchos lugares, pero al mismo tiempo ha aumentado la disparidad entre ricos y pobres. Se plantean interrogantes problemáticas: ¿ha dado a los hombres y mujeres el hecho de emanciparse de los aspectos opresivos de las condiciones de vida del pasado la oportunidad de desarrollar sus capacidades para satisfacer únicamente las necesidades del mercado? ¿Se han liberado las mujeres de roles rígidamente definidos para convertirse simplemente en hombrecillos unisex, cuya vida familiar debe subordinarse permanentemente a las exigencias del puesto de trabajo?

¿Y cómo serán las nuevas oligarquías si los componentes democráticos de los Estados modernos debieran algún día atrofiarse? Los hombres y mujeres en posiciones clave en los gobiernos, partidos políticos, corporaciones, medios masivos de comunicación, fundaciones, etc., suelen estar bastante alejados de las preocupaciones del ciudadano común. Los vínculos fuertes con personas y lugares, las convicciones religiosas y la adhesión a tradiciones y a la vida familiar misma son verosímilmente menos importantes para los “vértices” del poder que para los hombres y mujeres sobre cuyas vidas ellos deciden. Quienes toman las decisiones de hecho han demostrado sentirse más bien libres al adoptar soluciones que perjudican a las delicadas comunidades en las cuales otros depositan su confianza para su propio apoyo económico y emotivo [41], como lo atestiguan la organización del trabajo y la escuela, la planificación urbana y los programas de asistencia pública, todo lo cual se define muy a menudo sin considerar su impacto en los núcleos familiares y la comunidad de vecinos. Con los medios masivos de comunicación modernos, el problema de la «tiranía blanda», identificado por Tocqueville, se agudiza aún más que en su época. Las tiranías modernas —pronosticó— preferirían ese tipo de poder que opera sobre la voluntad y no el uso directo de la fuerza. A diferencia de los tiranos del pasado, que recurrían con frecuencia a la violencia física, las nuevas formas de despotismo no atormentarían el cuerpo, sino que agredirían directamente el espíritu, llegando incluso a modificar sus deseos [42]. En los años 70, teóricos de las disciplinas sociales, como Christopher Lasch y Charles Reich, afirmaban que “un hombre nuevo” ya había comenzado a surgir. En opinión de Reich, «el problema más grave tiene relación con el tipo de personas que está creando esta nueva forma de dependencia de grandes organizaciones públicas y privadas. Cada uno está cada vez más ligado a su propio rol, cada vez más obligado a identificarse con el mismo, mientras cada vez queda menos espacio para la vida privada. Sus pensamientos y sentimientos se concentran en ese rol, y llega a ser incapaz de pensar en valores generales o asumir responsabilidades en relación con la sociedad (...). Así, mientras cada uno, prisionero de su propio mundo personal, vive enteramente aislado, crece una nación de sujetos que no logran resistir el poder que los oprime» [43].

4. No es este el tipo de discursos que a la gente le gusta escuchar. Sin embargo, el materialismo y el individualismo extremo han dejado su señal, y tal vez ya han establecido las condiciones para regímenes en los cuales la libertad personal se perderá o se limitará a cosas al margen de la política. Como escribía Tocqueville, “¿qué poder tiene la opinión pública cuando ni siquiera hay veinte personas que piensen del mismo modo y no se encuentra un hombre, una mujer, una familia, un cuerpo, una clase ni una asociación libre que pueda representar y hacer valer esta opinión? ¿Cuando todos los ciudadanos son igualmente impotentes, pobres y aislados, y solo pueden oponerse a la fuerza organizada del gobierno con su propia debilidad personal?” [44]. En un país que deja secarse las propias fuentes de virtudes públicas —señalaba este autor— se encontrarán sujetos, pero no ciudadanos [45]. Cabe preguntarse si la ilimitada libertad sexual, promovida actualmente con tanta insistencia en todos los frentes, no es una especie de premio de consuelo por la pérdida de la verdadera libertad en el ámbito político y económico.

5. Por último, en la política opera el corrosivo efecto de la desconfianza en la existencia de verdades comunes, a las cuales hombres y mujeres, con historias y culturas diversas, puedan hacer referencia. Muchos pensadores eminentes del siglo XX sostienen que las tiranías, nuevas y antiguas, de mayorías o minorías, tienen sus raíces en el nihilismo afirmó: “El sujeto ideal del gobierno totalitario no es el nazista convencido o el comunista convencido, sino aquel para el cual la distinción entre hecho y ficción (es decir, la realidad de la experiencia) y entre verdadero y falso (es decir, los parámetros del pensamiento) ya no existe” [47]. El Papa Juan Pablo II, que también vivió en primera persona la experiencia del totalitarismo, planteó las cosas en estos términos: «El totalitarismo nace de la negación de la verdad en sentido objetivo. Si no existe una verdad trascendente, con cuya obediencia el hombre conquista su plena identidad, tampoco existe ningún principio seguro que garantice relaciones justas entre los hombres: los intereses de clase, grupo o nación, los contraponen inevitablemente unos a otros. Si no se reconoce la verdad trascendente, triunfa la fuerza del poder, y cada uno tiende a utilizar hasta el extremo los medios de que dispone para imponer su propio interés o la propia opinión, sin respetar los derechos de los demás» [48].

Ante la atrofia de la participación democrática, el malestar entre las pequeñas estructuras de la sociedad civil, la amenaza de oligarquías y la difusión del materialismo, el individualismo extremo y un nihilismo popular “sin límites” (para usar la expresión del postrero Allan Bloom), ¿qué se puede decir de las perspectivas de la democracia y la sociedad civil?

¿Hacia dónde?

En el amanecer de la era democrática, le parecía a Tocqueville que el incontenible avance de la democracia podía conducir únicamente a dos resultados posibles: libertad democrática o tiranía de la Democracia [49]. Hoy, con el debilitamiento del Estado nacional democrático y las estructuras de mediación de la sociedad civil, el mercado parece encontrarse en el punto en que en otra época estaba la democracia. El mercado es tanto un complejo de instituciones como una poderosa idea, fatal e irresistible, en condiciones de mejorar en todas partes la vida de los hombres y las mujeres o someterlos a nuevas formas de tiranía. El gran desafío reside en comprometerse para aumentar las probabilidades a favor de la primera alternativa.

Este análisis de la relación siempre cambiante entre democracia y sociedad civil sugiere cuatro conclusiones provisorias: 1) en beneficio de la sociedad democrática y el ejercicio del libre mercado, así como la minimización de su potencial destructivo, las energías explosivas de la libre política y la libre economía deben ser disciplinadas y guiadas por una vigorosa cultura moral [50]; 2) esta última depende en cada momento de la salud de las diversas estructuras de mediación de la sociedad civil; 3) paradójicamente, la democracia liberal y el libre mercado constituyen una amenaza no solo una para el otro, sino también para los viveros de las mismas cualidades e instituciones que ambos necesitan para un correcto y libre funcionamiento; 4) el correctivo puede encontrarse en otra paradoja: los Estados democráticos y el libre mercado deben abstenerse de imponer sus mismos valores a todas las instituciones de la sociedad civil. Dicho de otro modo, puede ser necesario preservar algunas estructuras de mediación que no sean inevitablemente democráticas, igualitarias o liberales, y cuya lealtad principal no sea hacia el Estado, y sus valores más elevados no sean la eficiencia y la productividad.

¿Pueden la ley y la política ayudar a revitalizar o al menos evitar un daño ulterior a las frágiles instituciones de las cuales dependen la libertad política y la vitalidad económica? Desgraciadamente, no sabemos muy bien cómo estimular o puramente evitar daños a los sistemas sociales que al mismo tiempo garantizan y refrenan el libre mercado y la política democrática. De hecho, probablemente conocemos las dinámicas de los contextos sociales en menor medida que las del mundo natural.

Algo que hemos aprendido con la experiencia es el hecho de que toda intervención, aun cuando sea motivada por las más nobles intenciones, puede tener consecuencias imprevistas y nocivas. En un mensaje dirigido a la Asamblea Nacional francesa, el antropólogo Claude Lévi-Strauss llamó la atención sobre el preocupante estado del ambiente social, pero al mismo tiempo puso en guardia contra intervenciones de regulación arrogantes. Doscientos años después del ataque de la Revolución Francesa a la sociedad civil, él dijo a los legisladores que hoy el problema consiste en reconstruir la sociedad civil. «Contrariamente a Rousseau, que pretendía anular en el Estado todas las sociedades parciales, cierta restauración de las mismas ofrece una última posibilidad de devolver a las libertades enfermas un poco de salud y vigor. Sin embargo, no depende del legislador hacer que las sociedades occidentales suban nuevamente por la pendiente en la cual se están deslizando desde hace varios siglos (...). Con todo, el legislador puede al menos prestar atención a la inversión de tendencia en la cual se suelen advertir los indicios; estimularla en sus manifestaciones imprevisibles, por incoherentes o de hecho estridentes que puedan parecer a veces; en todo caso, nada debe hacer que pueda sofocarla al nacer, ni impedirle seguir su curso si se detiene» [51].

Se acumulan pruebas del hecho de que la idea de “reglamentar” complejos sistemas sociales (en el sentido de controlar su desarrollo o asegurar resultados deseados) es una ilusión [52]. Las intervenciones pueden modificar las probabilidades, pero a menudo en forma imprevista. La prudencia sugiere entonces proceder con modestia, prefiriendo experimentos locales, con pruebas piloto de pequeño alcance, a programas estandarizados, impuestos en gran escala. Con frecuencia, el principio de “no perjudicar” constituirá la mejor guía. Al menos exigirá prestar atención con el fin de que las políticas de gobierno o de la economía no causen daño a estructuras frágiles ni desalienten a quienes dedican tiempo y esfuerzos a la formación de los futuros ciudadanos.

¿Hay un motivo para esperar que el sutil tejido de la sociedad civil pueda reforzarse? Un observador atento a los cambios de las estructuras capilares de las democracias encuentra esperanza en el hecho de que una tipología múltiple de microgobiernos está surgiendo espontáneamente a nivel de barrios y comunidades locales, tanto en Europa como en los Estados Unidos. George Liebmann, cuyas tres densas monografías sobre la sociedad civil merecen ser más conocidas [53], ha estudiado la aparición de fenómenos como los woonerven en Holanda (organizaciones de barrios para el control de las calles), los consejos de zona en los países nórdicos, la intensificación de la normativa local en 25 mil municipalidades francesas, los departamentos para el mejoramiento de las actividades económicas y las asociaciones de residentes en los Estados Unidos. Descubrió que muchas de estas organizaciones desarrollaron espontáneamente pequeñas iniciativas vitales de cooperación y eficaces organismos de gobierno territorial. Si bien algunas de estas estructuras asociativas son objeto de controversia, Liebmann sostiene que se van difundiendo en respuesta a la burocratización y centralización que han dominado la vida política y social durante la mayor parte del siglo. Podrían ser las “escuelas” para los ciudadanos del siglo XXI.

A nivel nacional, otra señal estimulante es la experimentación con la entrega de servicios sociales como la educación y la asistencia sanitaria y para la infancia mediante pequeñas estructuras (grupos religiosos, asociaciones de trabajadores) más que a través de la burocracia estatal [54]. Otra señal de que la relación siempre cambiante entre democracia y sociedad civil está evolucionando en una dirección más positiva es el creciente interés en el principio de subsidiariedad: “Una sociedad de orden superior no debe interferir en la vida interna de una sociedad de orden inferior, privándola de sus competencias, sino más bien debe apoyarla en caso de necesidad y ayudarla a coordinar su acción con la de los otros componentes sociales, con miras al bien común” [55]. El director de una revista que sigue esos desarrollos prevé que los objetivos políticos más importantes del siglo XXI serán tanto globales como locales: «Los ciudadanos están esencialmente en busca de dos formas de autoridad pública: una de carácter interno en la propia comunidad, que pueda ocuparse de sus necesidades en forma humana, y otra externa, suficientemente grande como para imponer orden y estabilidad en la vida económica. Los gobiernos que ellos tienen se encuentran, en cambio, la mayoría de las veces, demasiado alejados y burocratizados para la primera tarea y demasiado débiles para la segunda» [56].

En definitiva, lo decisivo para la democracia y asimismo para el libre mercado no será tanto el terreno de siembra constituido por la sociedad civil (que puede producir tanto flores como maleza) como la semilla. Y la semilla es la persona humana, única en su individualidad, y sin embargo inevitablemente social; una criatura de pasiones indómitas, que no obstante posee cierta capacidad en el plano individual y colectivo de crear sistemas de normas morales y jurídicas y de tener confianza en los mismos.

H47 Mary Anne 05


Notas

[1] M. Waline, L’individualisme et le droit, Domat Monchrestien, París, 1945, p. 323.
[2] A. de Tocqueville, Democracy in America, Doubleday, Garden City, New York, 1969, p. 506.
[3] Op. cit., p. 254.
[4] Op. cit., p. 301.
[5] A. de Tocqueville, The Old Regime and the French Revolution, Doubleday Anchor, New York, 1955.
[6] A. de Tocqueville, Democracy in América, p. XIII.
[7] Op. cit., p. 315.
[8] R. Heilbroner, “Reflections-Boom and Crash”, The New Yorker, August 28, 1978, 52, 68.
[9] The Federalist, números 10 y 51 (James Madison).
[10] La obra que difundió en los Estados Unidos el interés por los estudios sobre la sociedad civil fue The Quest for Community, de Robert Nisbet, Oxford University Press, New York, 1953. Entre los estudios recientes destacados se encuentran los siguientes: Robert Bellah et al., Habits of the Heart: Individualism and Commitment in American Life, University of California Press, Berkeley, 1985; Amitai Edizioni, An Immodest Agenda, McGraw-Hill, New York, 1983; Nathan Glazer, The Limits of Social Policy, Harvard University Press, Cambridge, 1988, y Council on Civil Society, A call for Civil Society, Institute for American Values, New York, 1999.
[11] A. de Tocqueville, Democracy in America, cit., p. 311.
[12] Op. cit., p. 70.
[13] Op. cit., p. 63.
[14] A. de Tocqueville, Old Regime..., cit., p. XIV.
[15] A. de Tocqueville, Democracy in America, cit., p. 308.
[16] Op. cit., p. 274.
[19] A. A. Berle y G. Means, The Modern Corporation and Private Property, Macmillan, New York, 1934; Morris Cohen, “Property and Sovereignity”, 13 Cornell Law Quarterly 8 (1927).
[20] M. Weber, Economy and Society, University of California Press, Berkeley, 1978.
[21] Tocqueville, Democracy in America, pp. 557-8 (trad. it. Democrazia in America, pp. 575-76).
[22] Berle y Means, op. cit., pp. 353-57.
[23] M. Cohen, op. cit., p. 8.
[24] C. Lasch, Haven in a Heartless World: The Family Besieged, Basic Books, New York, 1977.
[25] Declaración universal de Derechos Humanos (1948): Introducción.
[26] A. de Tocqueville, Democracy in America, cit., p. 590.
[27] Ibídem p. 291.
[28] A. de Tocqueville, Democracy in America, p. 89.
[29] L. Roussel, Family, State and Individual Economic Security, ed. M. Meulders- Klein y J. Eekelaar, Bruselas, Story Scientia, 1988, I, cit. pp. 27-28.
[30] M. A. Glendon, The New Family and the New Property, Butterworths, Toronto, 1981, p. 90.
[31] Como había previsto Richard Critchfield, Villages, Doubleday, New York, 1983.
[32] W. Pfaff, “Talk of the Town”, New Yorker, Agosto, 30, 1976, 22
[33] C. Hedges, “35% of High School Seniors Fail Nacional Civil Test”, New York Times, November 21, 1999, p. 16.
[34] People for the American Way, Democracy’s Next Generation, People for the American Way, Washington, D.C., 1989, p. 27.
[35] M. Orestes, “Profiles of Today’s Youth: They Couldn’t Care Less”, New York Times, Junio 28, 1990, A1, D 21.
[36] F. Fukuyama, The End of History and Last Man, Free Press, New York, 1992.
[37] B. Crossette, “Globaly, Majority Rules”, New York Times, Agosto 4, 1996, s. 4, p. 1; F. Zakaria “The Rise of Illiberal Democracy”, Foreign Affairs (noviembre-diciembre 1997).
[38] F. Fukuyama, The End of History; A. Sen, Development as Freedom, Knopf, New York, 1999.
[39] En los Estados Unidos, por ejemplo, la campaña electoral de los mayores partidos es financiada principalmente por los representantes de grandes intereses económicos. L. Wayne, “Businesses Biggest Campaign Spender, Study Says”, New York Times, Octubre 18, 1996, p. 1.
[40] R. Heilbroner, cit., p. 68; Glendon, The New Family, cit., p. 156.
[41] R. E. Rodes, Jr., “Greatness Thrust Upon Them: Class Biases in American Law”, 1983, en American Journal of Jurisprudence 1, 6. Ver también W. Carey McWilliams, “American Pluralism: The Old Order Passeth”, en The Americans, 1976, ed. I. Kristol y P. Weaver, Heath, Lexington, 1976, pp. 293, 315.
[42] A. de Tocqueville, Democracy in America, cit., pp. 255, 434-35.
[43]. Hannah Arendt, por ejemplo, 43 C. Reich, The Greening of America, Random House, New York, 1970; ver también C. Lasch, The Culture of Narcissism, W.W. Norton, New York, 1979.
[44] A. de Tocqueville, Democracy in America, cit., p. 314.
[45] Ibídem, p. 93.
[46] Veritatis splendor, n. 99; Centesimus annus, n. 44. Ver también M. Novak, “Truth and Liberty: The Present Crisis of Our Culture”, 59 Review of Politics 1 (1997).
[47] H. Arendt, The Origins of Totalitarianism, Meridian, New York, 1958), p. 474.
[48] Centesimus annus, n. 44.
[49] A. de Tocqueville, Democracy in America, cit., p. XIV (Prefacio de 1848).
[50] G. Weigel, “The Priority of Culture” in The Pilot, Junio 7, 1996, p. 11.
[51] C. Lévi-Strauss, “Reflections on Liberty” en The View From Afar, Basic Books, New York 1985, cit. p. 288.
[52] Ver, por ejemplo, M. Waldrop, Complexity: The Emerging Science at the Edge of Order and Chaos, Touchstone, New York, 1992, M.Novak, “Hayek: Practitioner of Social Justice ‘Properly Understood’” (lección dada cerca de la Universidad de Chicago, Octubre 28, 1999).
[53] G. Liebmann, The Little Platoons: Sub-Local Governments in Modern History, Ct., Praeger, Westport, 1995; The Gallows in the Grove: Civil Society in American Law, Ct., Praeger, Westport, 1997; Solving Problems Without Large Governments (1999).
[54] P. L. Berger e Richard John Neuhaus, To Empower People: From State to Civil Society, American Enterprise Institute, Washington, D.C., 1996.
[55] Centesimus annus, n. 48; cfr. Quadragesimo anno, I (1931).
[56] A. Ehrenhalt, “Demanding the Right Size Government»”, en The New York Times, Octubre 4, 1999, A33.

Sobre la autora

Nacida el 7 de octubre de 1938 en Berkshire County, Massachusetts. Es profesora de Derecho en la Universidad de Harvard. Se especializa en temas de Derechos Humanos, Derecho Comparado, Derecho Constitucional y Teoría Jurídica. Enseñó en Boston College Law School desde 1968 hasta 1986. Ha sido profesora visitante en University of Chicago Law School y en la Universidad Gregoriana de Roma. Obtuvo su Licenciatura en Artes, Doctorado en Jurisprudencia y Máster en Derecho Comparado en la Universidad de Chicago. En 1991, fue elegida presidenta de la International Association of Legal Science auspiciada por la Unesco. En 1994, fue llamada por el Papa Juan Pablo II a la recién creada Academia Pontificia de Ciencias Sociales. En 1995, encabezó la delegación de 22 miembros de la Santa Sede ante la Cuarta Conferencia de la Mujer de la ONU en Beijing. En ambos casos, fue la primera mujer en asumir esas responsabilidades. En 1998, fue nombrada por The National Law Journal como una de las “cincuenta juristas más influyentes de América”. Desde 2007 a 2009 fue embajadora de EE.UU. ante la Santa Sede. Ha recibido el Doctorado Honoris Causa por numerosas universidades como las de Chicago, Lovaina y Navarra. En 2005, recibió la National Humanities Medal. En 2008 recibió el Premio Internacional Medalla de Oro al mérito de la Cultura Católica. En 2009 recibió el Proudly Pro-Life Award por su defensa de la vida del no-nacido.


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