Viaje apostólico de Francisco a Bulgaria y Macedonia del Norte

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“Ser constructores, artesanos de paz… de sueños y de esperanzas”. Palabras del Papa Francisco en su viaje apostólico a Bulgaria y Macedonia del Norte

Foto de portada: El Papa Francisco rinde homenaje a la “caridad radical” de la Madre Teresa en Skopje, Macedonia del Norte, su ciudad natal.

Varias son las razones históricas y contingentes que motivaron la visita del Papa Francisco a Bulgaria y Macedonia del 5 al 7 de mayo. En la línea de la promoción del diálogo interreligioso, Bulgaria es clave para estrechar lazos con los ortodoxos. A la vez, es un país protagonista en la crisis de inmigración, pues es lugar de paso –por su pobreza, pocas veces es destino– de quienes huyen desde Siria, Irak y Afganistán. Visitar estas realidades, es volver a caminar por las vivencias del Cardenal Ángelo Roncalli cuando vivió en Bulgaria, antes de ser Papa Juan XXIII.

Por su parte, Francisco alentó la visibilidad de Macedonia que se creó como país en 1993, y recién desde febrero adoptó el nombre de “Macedonia del Norte”. En lo religioso, el 65% de los habitantes son ortodoxos – ya sea de la iglesia macedónica o de la serbia –, el 33% son musulmanes y solo hay 24 parroquias católicas. Sin embargo, es la tierra natal de una importante santa de la Iglesia: la Madre Teresa de Calcuta.

Primordial en esta visita fue llevar un mensaje de paz al siempre complejo contexto de la península de los Balcanes.


Bulgaria

Aunque los católicos de Bulgaria son menos de setenta mil y no llegan siquiera al uno por ciento de la población, el presidente Rumen Radev y el primer ministro Boyko Borisov dispensaron al Papa un gran recibimiento el domingo 5 de mayo. Tras el discurso a las autoridades, el Santo Padre se reunió con el patriarca Neofit y el Santo Sínodo de la Iglesia Ortodoxa de Bulgaria, una de las más cerradas en cuanto a diálogo con Roma e incluso con las otras iglesias ortodoxas.

Al término del encuentro, se acercó a pie a la hermosísima catedral de San Alexander Nevsky para rezar largamente en silencio ante la antigua cátedra de los santos Cirilo y Metodio, evangelizadores de los eslavos y perfeccionadores de su alfabeto.

El lunes, el Papa empezó su jornada en Sofía visitando el campo de refugiados de Vrazhdebna, una antigua escuela cercana al aeropuerto que acoge a unas veinte o veinticinco familias en régimen de plena libertad y con programas de integración cultural. Ahí saludó a medio centenar de niños y padres, en su mayoría de Siria e Irak, que le recibieron en un clima de alegría familiar. Este encuentro fue un mensaje a Bulgaria, un país poco receptivo a los refugiados debido a su doble crisis de empobrecimiento y emigración masiva.

Luego en Rakovsky –la población con mayor densidad de católicos en el país– la jornada se convirtió en una fiesta con motivo de las primeras comuniones de 245 niños en la iglesia del Sagrado Corazón, y el encuentro posterior con los fieles en la iglesia de San Miguel, ambas reconstruidas después del terremoto de 1928 por el impulso del entonces Delegado Apostólico, Ángelo Roncalli.

En su homilía matinal, el Papa explicó a los niños, sus familias, y los diez mil fieles que seguían la misa desde el exterior del templo que “la primera comunión es ante todo una fiesta en la que celebramos que Jesús quiso quedarse siempre a nuestro lado y que nunca se separará de nosotros”. Con la ayuda de un traductor, hizo a los niños preguntas sencillas que podían responder al unísono, y después los animó a ir repitiendo cada una de las partes de una frase conmovedora: “Dios es nuestro padre, Jesús es nuestro hermano, la Iglesia es nuestra madre y nuestra familia, nosotros somos hermanos, nuestra ley es el amor”.

Por la tarde, dirigiéndose a los adultos, el Papa reconoció que “existen momentos o situaciones dolorosas y especialmente injustas, pero los hombres de Dios no se quedan de brazos cruzados, acobardados o, lo que es peor, creando ambiente de malestar, pues eso termina por enfermar el alma”. Y les puso como ejemplo la esperanza que había notado pocas horas antes en el hogar de refugiados y la generosidad de los voluntarios de Caritas que los atienden pues “el corazón del Centro nace de la conciencia de que toda persona es hija de Dios con independencia de su etnia o religión”.

En tono muy cálido, pero con mucha fuerza, Francisco les invitó a “no ir por la vida poniendo etiquetas, clasificando qué persona es o no es digna de amor, sino a favorecer que toda persona pueda sentirse amada”. Con buen humor, les recordó una frase de Juan XXIII, quien se enamoró del país y del ecumenismo durante los diez años que pasó en Bulgaria: “No he conocido nunca a un pesimista que haya terminado algo bueno”. Y añadió, en plan más casero, que “el pesimista es alguien que vierte vinagre sobre un pastel y lo echa a perder”.

De regreso a la capital, Sofía, el Papa participó en una plegaria interreligiosa por la paz en la antigua Plaza Lenin, hoy de la Independencia, famosa por reunir en armonía desde hace siglos una iglesia ortodoxa, otra católica, una sinagoga y una mezquita.

Francisco recordó que “vivimos este encuentro por la paz en las ruinas de la antigua Sárdica”, escenario del concilio del año 343 en que noventa obispos de Occidente, liderados por Osio de Córdoba, se reunieron con 80 obispos de Oriente para hacer frente a la crisis arriana. En su discurso desde el palco de la plaza bajo la lluvia, el Papa invitó a ser “artesanos de la paz” y a promover la “paz activa” especialmente en lugares “donde muchas voces han sido silenciadas por las guerras, mutiladas por la indiferencia, e ignoradas por la complicidad aplastante de grupos de interés”.

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[IMAGEN] A la izquierda el logo de la visita a Bulgaria y a la derecha el de Macedonia del Norte.

Macedonia del Norte

El martes comenzó con la primera visita de un papa a Macedonia del Norte rindiendo homenaje “a una ilustre conciudadana vuestra”, nacida en 1910 en Skopje “con el nombre de Anjezë Gonxha Bojaxhiu” y que “desarrolló su apostolado en la India con humildad y donación total de sí misma”.

En su primer discurso, dirigido en el palacio presidencial a las autoridades del país, el Papa subrayó que la Madre Teresa “hizo de la caridad hacia el prójimo la ley suprema de su existencia, inaugurando un modo radical de ponerse al servicio de los abandonados, los descartados y los más pobres”.

El presidente Gjorge Ivanov le había dado efusivamente las gracias por la primera visita de un papa a Macedonia, pero también había lamentado en sus palabras de saludo la división política de un país “profundamente herido por las promesas incumplidas y la escasa confianza de la comunidad internacional”, al cabo de dos décadas largas de bloqueo por parte de Grecia a causa del nombre de la nueva república. El Papa, en cambio, prefirió valorar el «ejemplo de convivencia serena» que proporciona “la composición multiétnica y multirreligiosa de vuestro pueblo”, formado por “diferentes confesiones religiosas como los ortodoxos, musulmanes, católicos, judíos y protestantes, y la diversidad étnica entre macedonios, albaneses, serbios, croatas y personas de otras procedencias”.

Poco después, en el moderno memorial de Madre Teresa, construido en el lugar donde estuvo la iglesia en que se bautizó y descubrió su vocación de misionera —destruida por el terremoto de 1963—, el Papa saludó a dos primos de la santa que todavía viven en Skopje, a las Misioneras de la Caridad y a un centenar de pobres que reciben ayuda de las hijas espirituales de Madre Teresa.

En una breve oración a la santa, Francisco le recordó que “aquí, en el silencio de la iglesia, escuchaste la llamada de Jesús a seguirlo como religiosa en las misiones”, y pidió al Señor “un corazón que sepa amar a Dios, presente en cada hombre y mujer, y reconocerlo en los afligidos por el sufrimiento y la injusticia”.

Los católicos de Macedonia no llegan a veinte mil, pero la mayor parte acudió a la misa de quince mil fieles con el Papa en la plaza presidida por una gran imagen ecuestre de Alejandro Magno. En su homilía, Francisco denunció que “nos hemos acostumbrado a la desinformación, el descredito, las etiquetas y la descalificación”. En tono muy duro añadió que “nos hemos empachado de conexiones y hemos perdido el sabor de la fraternidad”. En nuestras sociedades, según el Papa, “hemos buscado el resultado rápido y seguro y nos vemos abrumados por la impaciencia y la ansiedad. Prisioneros de lo virtual, hemos perdido el gusto y el sabor de la realidad”.

Como antídoto, Francisco presentó el ejemplo de la Madre Teresa, que “fundamentó su vida sobre dos pilares: Jesús encarnado en la Eucaristía y Jesús encarnado en los pobres”.

Por la tarde, en un encuentro con mil quinientos jóvenes de todas las religiones, el Papa les hizo ver otra faceta de su gran compatriota: “la Madre Teresa soñó a lo grande y por eso también amó a lo grande. Por favor, soñad. Pero juntos, no aislados; con los demás, nunca contra los demás”. En el tono que suele usar ante los jóvenes, los exhortó: “¿Qué adrenalina mayor que la de empeñarse todos los días, con dedicación, en ser artesanos de sueños, artesanos de esperanza? Los sueños nos ayudan a mantener viva la certeza de saber que otro mundo es posible y que estamos invitados a involucrarnos y formar parte de él con nuestro trabajo, con nuestro compromiso y acción”. Y luego, a modo de confidencia, Francisco añadió que “en los años que tengo –y no son pocos–, ¿sabéis cuál es la mejor lección aprendida en toda mi vida? El 'cara a cara'. Hemos entrado en la era de las conexiones, pero sabemos poco de comunicaciones. Muy conectados y poco involucrados con los demás”.

Ya de regreso en Roma, el Papa Francisco dijo el miércoles recordando su visita al memorial de la Madre Teresa que “me ha impresionado la ternura evangélica de estas mujeres, una ternura que nace de la oración, de la adoración. Ellas acogen a todos, se sienten hermanas y madres de todos, pero lo hacen con ternura”. 

El Papa añadió que “en Macedonia del Norte me ha acompañado la fuerte presencia espiritual de la Madre Teresa de Calcuta, que allí nació. Ella refleja bien la imagen de la Iglesia en ese país: una comunidad tal vez pequeña pero llena de fuerza, gracias a la acción del Espíritu Santo, y que sabe acoger a todos para manifestarles el amor de Cristo”. 

También señaló que durante su visita a Bulgaria “me he dejado guiar por el recuerdo vivo del papa san Juan XXIII, que fue visitador y delegado apostólico desde 1925 a 1934. Siguiendo su ejemplo de bondad y caridad, he invitado a todos a recorrer el camino de la fraternidad”.


Fuentes: Zenit, Vida Nueva digital, La Croix internacional, ABC.