La perspectiva de la familia que nos trajo Juan Pablo II

La visión de la familia que Juan Pablo II llevó consigo a Roma no nació de razonamientos elaborados por él en una mesa de escritorio. Toda visión surge en el hombre en la medida en que éste se encuentra en la experiencia de la realidad y la contempla, la vive y de hecho la goza, identificándose con la misma. Los filósofos que construían su filosofía en el llamado tercer grado de abstracción, [1] de donde se eliminó hasta la cantidad y ya no se hablaba de lo que individualiza a los seres, a fin de cuentas debatían sobre la nada, más allá de los esquemas lógicos, que utilizaban como podría utilizar cuchillos bien afilados un carnicero en un negocio donde no hay carnes. La visión de la realidad ciertamente atemorizaba a filósofos tan abstractos, sobre todo la visión del hombre, que los confundía, alterando sus esquemas de pensamiento. La visión es siempre profética. Cuando está ausente, es decir, cuando está ausente la revelación, el hombre y la sociedad se vuelven malos, porque viven desenfrenadamente (ver Pr 29, 18).

Karol Wojtyla comenzó a pensar filosóficamente en medio de filósofos de este tipo. Se sentía un poco como alguien que ve la calle, se encamina por la misma, pero es criticado por quienes no la ven, ya que sólo miran sus propias construcciones. Por este motivo, el ambiente en el cual se encontraba no lo aceptaba favorablemente. Para los poetas, no podía ser un buen poeta, porque era filósofo, y para los filósofos no podía ser buen filósofo, porque era poeta. Ni la poesía intelectual ni la filosofía poética eran bien cotizadas. Ciertamente algunos viejos sabios podían comprenderlo gracias a su experiencia en la vida, y muchos jóvenes que deseaban vivir racionalmente de una manera bella se sentían finalmente bien con este sacerdote que, como ellos, amaba el amor humano y deseaba amar, viendo que estos jóvenes procuraban estar presentes entre sí como epifanías de la belleza, en la cual, como en la flor, resplandecen la verdad y el bien descendidos de lo alto.

El ambiente intelectual en el cual Karol Wojtyla comenzaba a filosofar estaba constituido, por una parte, por los escolásticos formados con manuales que comentaban los comentarios de Santo Tomás de Aquino, y por otra por los “escolásticos” que repetían las últimas enunciaciones del Primer Secretario del Partido Comunista. Todos estos escolásticos, formados de manera análoga por el racionalismo propio del Iluminismo, reducían los contenidos de sus materias a esquemas estériles, por el temor que tenían hasta de hablar en sus filosofías del amor humano, por no decir de contemplarlo. Para los marxistas, hablar del amor, y por consiguiente de la libertad, era políticamente peligroso: podía hacer caer su sistema. Nuestros escolásticos, en cambio, temían exponerse al riesgo de ser incluidos entre los nuevos modernistas, reducidos a tener un tipo de vida que no se sabe cómo es. En este punto, su pensamiento tampoco osaba asomarse a la realidad misteriosa de la persona humana. El amor y la libertad los hacían temblar. Por lo tanto, los jóvenes se acercaban al sacramento del matrimonio sin preparación. En los años 50, hablando precisamente de estos problemas con el párroco de mi pueblo, lo escuché decirme: “En este pueblo, el cincuenta por ciento de los matrimonios probablemente no son válidos; pero no lo digo, porque creo que Dios es suficientemente bueno y poderoso como para sanarlos y otorgarles validez con el transcurso del tiempo. Todos maduramos solos con la ayuda de Dios”.

Juan Pablo II debía enfrentar también a un tercer tipo de escolásticos, los llamados pensadores modernos, incapaces de pensar vigorosamente. Erradicados de la metafísica por el Iluminismo, es decir, erradicados de la verdad y del bien en los cuales la Tierra se une con el Cielo de la Trascendencia y el tiempo con la eternidad, creían poder y tener que crear nuevos mundos según los deseos, siguiendo únicamente las reglas prescritas por la lógica matemática. Todo esto lo digo en relación con la situación del tiempo pasado, porque me parece que en la actualidad ya se ve despuntar el nuevo día en que las cosas antiguas harán crecer las cosas nuevas.

La visión de la familia nacida en el pensamiento y en el corazón, es decir, en la persona del beato Juan Pablo II, se encontró entonces no sólo con la ausencia de una visión de la familia en el ambiente escolástico, sino también con una agresiva construcción de nuevas formas de vida familiar cada vez más alejadas de la verdad de la persona humana, y con una imposición igualmente agresiva de estas formas a la sociedad por parte de grupos pequeños, pero ruidosos. Por ese motivo, el Papa, amando el amor humano que se realiza en el matrimonio y la familia, se sentía continuamente llamado a hacer la pregunta “¿quién es el hombre como persona?” Esta pregunta se encuentra en el centro de su pensamiento y su proceder poéticamente filosóficos. Él se sentía llamado a enseñar a los jóvenes a hacer esta pregunta de manera no abstracta ni artificial. Formulada de este modo, ya contiene en sí misma las respuestas: a las preguntas construidas por el hombre, es el hombre quien construye respuestas. La respuesta a la pregunta sobre quién es el hombre, el Papa la había encontrado en la experiencia de la propia persona y en la de las demás personas, en la experiencia del amor que las unía y en la cual unía también su persona con ellas. Él caminaba junto con los demás hacia la verdad de la persona humana y con los demás esperaba la revelación de esta verdad. Él amaba a los hombres y era amado por ellos.

La pregunta “¿quién es el hombre?” nace ante todo en el encuentro de la mujer y el hombre. Al hacerse solamente en el encuentro de personas del mismo sexo, esta pregunta terminará en respuestas que sólo serán tautologías sexuales. Las tautologías sólo hablan de sí mismas. No conducen a los demás y por consiguiente no conducen al Otro, a Dios. Es precisamente la diferencia sexual la que abre el camino humano-divino para los hombres. Los hombres que permanecen en las tautologías corren riesgo de vivir perturbados en sus cuerpos, en sus mentes, en sus psiques, y a fin de cuentas de desviar su espíritu, lo cual significa alejarse de la propia identidad de persona. Aquel que no conoce su propia identidad se sitúa fuera del diálogo y por lo tanto fuera de la comunicación de las personas –extra ecclesiam.

Monseñor Karol Wojtyla enseñaba ante todo a los jóvenes a comprender qué significa preguntar, ya que el que no sabe preguntar tampoco sabe pensar. Su pensamiento sólo será un sustituto del pensar. Precisamente aquí veo el motivo por el cual la sociedad moderna vive de un modo, por así decir, irreflexivo. La sociedad moderna no piensa porque no sabe preguntar, buscar y esperar la verdad. Sócrates habría dicho que los componentes de semejante sociedad viven disolutamente, como esos pájaros llamados caradrios, que siendo sumamente voraces, tragan comida en grandes cantidades y por eso deben estar dotados de grandes orificios. [2]

El hombre moderno confunde el preguntar con el poner todo en duda. Por eso sólo conoce una respuesta: la que es negación de todo. Por consiguiente, vive como quiere y no como debería vivir, porque piensa que no pertenece a nada ni a nadie.

La sociedad moderna no conoce el diálogo, porque sus integrantes no saben preguntar y esperar la respuesta. Por lo tanto, no conocen el don que es la respuesta. Para ellos no es necesario vivir en el encuentro con los demás. Cada uno se considera autosuficiente. No trata de ser don, porque está convencido de que los demás no lo necesitan. Los encuentros se producen para obtener cierta comodidad o algún placer. No se percibe que el diálogo, si no es intercambio de dones, de nosotros mismos, no es más que explotación y a veces prostitución. Al no conocer el don y por tanto no estar presentes cada uno para el otro, quienes integran la sociedad moderna viven en la soledad en la cual están obligados a luchar para poder sobrevivir. En la soledad no es el don sino el conflicto lo que constituye el principio de la vida social. En semejante sociedad, la política, a partir del matrimonio y de la familia, consiste en saber hacer alianzas de dos contra un tercero.

Juan Pablo II repetía sin cansancio que la salvación de la persona se encuentra únicamente en la persona. La persona salva a la persona. Es con la ayuda de la otra persona que la persona puede conocerse y aceptarse a sí misma. Los actos y las palabras, en que la persona está presente como don para las otras personas, les revelan el camino que conduce a la verdad y al bien llamado “bien común”. Los actos —decía Wojtyla— son epifanías de la persona (“Persona y acto”). Los actos vacíos, los actos que no son palabras, son mentiras empleadas para seducir a los demás. En ellos falta el Logos. Por eso son a-lógicos. Se pueden leer como uno quiera. Basta escuchar los discursos de los políticos y procurar comprenderlos. Su carácter a-lógico es consecuencia de la negación de la verdad y del bien que son fruto del encuentro y de la unión de la Tierra (Gaia) con el Cielo (Uranos). Allí donde falta el horizonte, falta la definición cósmica de la realidad y cualquier orden (cosmos) es legítimo.

El hombre moderno lo ve todo como medio para usar y desechar. Así también ve a los demás y a sí mismo. No desea lo que no es para poseer. Necesita objetos y procura tenerlos. La presencia de los objetos no revela la verdad del hombre, no indica su bien, no despierta el amor y la libertad.

Precisamente por esto el hombre moderno no sólo no es capaz de unirse en matrimonio y crear la familia, sino tampoco de trabar amistad. Todo lo que es capaz de hacer se reduce a saber entrar en una especie de sociedad de responsabilidad limitada para producir objetos para vender y para comprar. Se atreve hasta a producir hombres.

Ante la situación del hombre en semejante sociedad, Juan Pablo II deseaba reavivar la evangelización, para así hacer más ardiente la presencia de Cristo en los matrimonios y en las familias. Habló de la nueva evangelización, pero el adjetivo “nueva” nada agrega al sustantivo “evangelización”. Él pensaba en el diálogo en que Cristo, explicando a Nicodemo lo que significa “renacer de lo alto” (Jn 3, 3), lo cual el “maestro en Israel” no sabía cómo podía ocurrir, dijo: “Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo unigénito, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna. /…/ El que obra la verdad, va a la luz, para que quede de manifiesto que sus obras están hechas según Dios” (Jn 3, 16 y 21). Nicodemo había madurado en la verdad y en la libertad en el curso de los años del trabajo apostólico de Cristo. Al final las encontró deteniéndose bajo la cruz y luego depositando junto con José de Arimatea el cuerpo de Cristo en el sepulcro que muy poco después quedaría vacío. Para Nicodemo, la Palabra oída de noche a Jesús (ver Jn 3, 1-21) era la misma clavada en la cruz y luego depositada en la tumba. Sólo él, Nicodemo, fue renovado o —mejor dicho— renació.

Un día alguien preguntó a Juan Pablo II qué frase habría elegido si la Sagrada Escritura tuviese que ser destruida y él tuviese la posibilidad de salvar sólo una frase de este Texto sagrado. Respondió: “Salvaría ésta: Conoceréis la verdad y la verdad os hará libres” (Jn 8, 32).

La verdad es un don y el don se recibe con la condición de que sea revelado. ¿Dónde se revela la verdad que hace libre al hombre? A la pregunta. Quid sit veritas? —¿qué es la verdad?— el antiguo epigrama responde: Veritas est vir qui adest —la verdad es la persona presente (ad-est) para otra persona. La verdad se revela y se da a los hombres en el diálogo en que ellos están presentes cada uno para el otro, es decir, a los hombres que se dan totalmente cada uno al otro, o en otras palabras, que se revelan. Con esa presencia nos encontramos ante todo en el matrimonio y en la familia. Lo atestigua Dios en el acto de la creación de toda persona humana. El marido y la esposa deberían darse el uno al otro todos los días: Ad-sum! ¡Estoy presente para ti, estoy orientado hacia ti! Orientado hacia ti, estoy orientado hacia Dios (ver Fecisti nos ad Te, Domine: Tú nos creaste orientados hacia Ti, Señor). [3]

¿Cómo iniciar la nueva evangelización? Escribió C. K. Norwid: “Los atentos se preocupan de un día, los valerosos de un siglo. Los doctos, en cambio, como siempre, han fundado un comité” [4].

(“Baczni o dzien, a mezni troskali sie o wiek,
Uczeni zas, jak zwykle, zlozyli komitet.”)

Felizmente, “Dios no deja de obrar. Su obra esencial seguirá siendo siempre la Cruz y la Resurrección de Cristo”, leemos en el libro Varcare la soglia della speranza (Atravesar el umbral de la esperanza). [5] La Iglesia que nace en la evangelización y es cada día nueva no se identifica con los problemas por resolver en comités, sino con ese misterio que desde la cruz y desde la tumba vacía irradia la verdad y el bien. El tiempo que se debe vivir bajo la cruz y en el camino que conduce a la tumba vacía no es tiempo para fundar comités, sino para hacerse presentes cada uno al otro, lo cual ocurre ante todo en el matrimonio y en la familia.


Notas:

[1] Pienso en los numerosos neotomistas, que en su metafísica manualista no osaban hablar de la persona, percatándose al menos del hecho de que esta palabra no era un concepto universal, sino un nombre que indica un ser humano concreto.
[2] Platón, “Gorgias”, 494 b.
[3] San Agustín, “Confesiones”, I, 1.
[4] C.K. Norwid: “Epimenides.Przypowie”, w: Pisma wszystkie”, PIW Warszawa 1971, III, 61.
[5] Juan Pablo II, “Varcare la soglia della speranza”, Milán, 1994, 146.

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