E Educación

Tradición sapiencial, industrialización, universidad

Pienso que las universidades católicas tienen actualmente la particular oportunidad de prestar un servicio a la sociedad manteniendo viva su tradición sapiencial, reflejándola en la amplitud de la mirada con que logren juzgar la realidad social y cultural de sus respectivos países y en la solidaridad intergeneracional que logre suscitar entre profesores y estudiantes que reconocen como un don el aprendizaje recíproco. 

Ha escrito hermosamente el Papa Benedicto: «No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva” (Deus caritas est n.1). Que todos los seres humanos tengan la posibilidad de este encuentro con la persona de Cristo es el sentido de la evangelización y, en nuestro caso universitario, el sentido de la comunidad de maestros y discípulos cuyo gozo es buscar la verdad, encontrarla y comunicarla. Esta posibilidad de encontrar la verdad ha sido la esencia de la tradición sapiencial que custodian las universidades, particularmente las universidades católicas. Se trata propiamente de una tradición sapiencial, porque el gozo de la búsqueda y comunicación de la verdad no se encuentra en las bibliotecas, aunque los textos escritos den testimonio de ella, sino en la experiencia de una humanidad nueva que se da en la comunidad de maestros y discípulos, cuando entienden la inteligencia como la apertura a toda la realidad en búsqueda de su significado último y están dispuestos a seguir ese camino con sencillez de corazón.

Lo que tenemos que interrogarnos, entonces, en el contexto social y cultural actual y con ocasión de un jubileo paulino, es si las universidades siguen siendo para las personas que llegan a ella ese lugar de encuentro con la verdad que transforma la vida, si la calidad humana de la experiencia de enseñar y de aprender, es capaz de suscitar en las personas la admiración por una realidad misteriosa que las trasciende y les da significado a sus preguntas más fundamentales, a las exigencias más profundas de su racionalidad. En sus diferentes discursos a los universitarios, el Papa Benedicto no ha cesado de hablar del valor de la razón cuando ella se abre a la fe y quiere dialogar con ella, es decir, cuando no se encierra en el positivismo de las ciencias empíricas, sino que se abre a la tradición sapiencial de las culturas. Me parece que con su enseñanza, está indicando un camino que deben recorrer las universidades en diálogo con el pensamiento moderno, por una parte, y con la educación personalizada y la transmisión de la cultura, por otra. Es la continuación del camino abierto por Juan Pablo II en Fides et ratio, en que la fe y la razón fueron definidas como las dos alas de que dispone el ser humano para elevarse a la contemplación de la verdad, de Dios mismo (cfr. proemio).

Quisiera, en consecuencia, explorar algunas dimensiones de este camino abierto por ambos pontífices. Desde el Concilio Vaticano ii se ha acentuado incansablemente la idea del diálogo de la Iglesia con el mundo, con su cultura y, de modo especial, con el conocimiento científico-tecnológico, tan determinante del presente y del futuro de la humanidad. Sin embargo, no se trata de cualquier diálogo, sino de uno que perciba en profundidad la verdad del hombre y su vocación a participar de la vida divina. En su discurso ante la Unesco de 1980, Juan Pablo ii puso las bases antropológicas de este diálogo, que definió como la humanidad del ser humano, «único sujeto óntico de la cultura», «causa eficiente» de la misma, su fin y su término. Posteriormente, en la encíclica Fides et ratio, acentuaba esta misma idea señalando que «es necesaria una filosofía de alcance auténticamente metafísico, capaz de trascender los datos empíricos para llegar, en su búsqueda de la verdad, a algo absoluto, último y fundamental». Y agregaba de modo muy sugerente que «la persona, en particular, es el ámbito privilegiado para el encuentro con el ser y, por tanto, con la reflexión metafísica» (n.83).

En su conferencia en Ratisbona, el Papa Benedicto, apoyándose en la frase pronunciada por el emperador bizantino del siglo XIV Manuel II: «No actuar según la razón, no actuar con el logos, es contrario a la naturaleza de Dios», proclama precisamente la capacidad de la razón de conocer lo absoluto, aun dentro de su limitación, siempre y cuando la razón no se autolimite al conocimiento de las ciencias empíricas, como de hecho lo hace, sino que se amplíe más allá de los límites de las ciencias naturales o sociales y abrace la filosofía y la teología en busca del significado último de la realidad. Y terminaba sus palabras señalando: «En el diálogo de las culturas invitamos a nuestros interlocutores a este gran logos, a esta amplitud de la razón. Redescubrirla constantemente nosotros mismos es la gran tarea de la universidad».

En efecto, me parece que lo que el Papa quisiera transmitirnos es que el cristianismo es razonable por el realismo con que mira la realidad del ser humano y del mundo desde la revelación de un Cristo-Logos que asume la naturaleza humana. Por una parte, porque esta Sabiduría de Dios hecha carne corresponde y satisface sobreabundantemente las exigencias más hondas de verdad, de bondad, de belleza y de justicia que surgen de la condición racional del espíritu humano. Por otra, porque esta misma Sabiduría se manifiesta «en el principio» como el Espíritu creador que llama a toda realidad desde la nada a la existencia, sosteniéndola en ella en virtud «de las estructuras racionales que actúan» en su interior. En consecuencia, la fe en la revelación no anula en absoluto las preguntas de la razón ni tampoco las censura; antes por el contrario, las proyecta en su dimensión sapiencial a la búsqueda del sentido último de todo. Tal sentido último se corresponde, justamente, con ese llamado interior o exhortación inicial a la inteligencia humana que nos pone en el camino del pensar y que descubre la plenitud de nuestra libertad. Los cristianos le llamamos vocación a la santidad, que no es otra cosa que la aceptación del don mediante el cual el Espíritu creador y de sabiduría puede manifestarse en nuestra concreta humanidad.

Así, el Papa Benedicto si bien en su primera encíclica, siguiendo a San Juan, a este llamado inicial que moviliza toda la capacidad de comprensión del ser humano lo identifica con el Amor, en Ratisbona lo precisa del siguiente modo: «Ciertamente el amor, como dice San Pablo, ‘rebasa’ el conocimiento y por eso es capaz de percibir más que el simple pensamiento (cf. Ef 3, 19); sin embargo, sigue siendo el amor del Dios-Logos». Es decir, amor y verdad no se contraponen. El amor a la verdad y la verdad del amor son dos realidades que se corresponden y se llaman recíprocamente en la unidad del ser personal tanto de Dios como de los seres humanos. Quien ama solo lo puede hacer con la totalidad y unicidad de su ser personal y la verdad que descubre la sabiduría «en el principio» ilumina la totalidad del significado de la realidad. ¿No reside en esta misma correspondencia entre amor y verdad, la esencia de la vocación universitaria?

Sin embargo, esta tradición sapiencial comienza a perderse aceleradamente en el contexto de la actual industrialización de las universidades a escala mundial, puesto que con este nuevo fenómeno se pone en el centro del interés institucional la acreditación de competencias, el desarrollo de la eficiencia y de la productividad de los recursos educativos y el logro de una equivalencia de calidad entre todos los miembros del sistema. Tiene que garantizar, en cierto sentido, que es equivalente estudiar en cualquier universidad y con cualquier profesor.

Esta es una tendencia que viene, ciertamente, de la primera industrialización y que no solo se refleja en el pensamiento y en las discusiones intelectuales, sino que afecta antes a los dinamismos sociales, a la toma de decisiones y a la generación de expectativas de vida y de conducta. Desde los inicios del mundo moderno, la sociedad comenzó a organizarse con criterios funcionales para delimitar los riesgos y operar establemente, no obstante los niveles de alta contingencia e incertidumbre que surgen del entorno y de la complejidad de la misma sociedad. Esta forma de organización que resulta, por una parte, razonable por su eficiencia y especialización muestra, por otra, altos niveles de irracionalidad cuando se pretende reducir toda la realidad social y humana solo a aquello que se acomoda a los parámetros funcionales. El principio básico de la organización funcional es que todo elemento de la realidad es sustituible en su función por algún tipo de equivalente funcional. El valor de la eficiencia depende justamente de esta sustituibilidad.

Pero cuando esta forma de observar la realidad se hace dominante, lo que desaparece de su ángulo de visión es la realidad personalizada del ser humano insustituible, como también el equilibrio ecológico necesario para la preservación de los recursos naturales no renovables y también insustituibles. Mientras la sociedad se esfuerza por definir reglas procedimentales en el plano jurídico, político, económico, educacional, y tantos otros, que garanticen el funcionamiento de la sociedad con pluralismo, diversidad y tolerancia tanto en el plano nacional como internacional, descuida la originalidad histórica de cada persona, de cada pueblo y cultura, su identidad, su soberanía, su tradición y, en última instancia, su libertad para valorar y respetar su experiencia original en la realización de la común vocación humana. La cultura de los pueblos es, precisamente, ese espacio abierto a la amplitud de la razón en las circunstancias históricas específicas de cada vida humana y de cada sociedad. Si los pueblos pierden esa referencia esencial a la tradición sapiencial que los ha constituido, debilitan la solidaridad intergeneracional que los sostiene en la vida.

Como ha analizado magistralmente Robert Nisbet, a partir de 1950 comienza en Norteamérica este proceso de industrialización de la educación, en general, y de la educación universitaria, en particular, afectando decisivamente sus tradiciones. Pero ha sido especialmente en la última década donde este proceso comienza a manifestarse a nivel mundial. Tal vez sea el acuerdo de Bolonia entre los países europeos el punto de inflexión hacia una educación superior cada vez menos personalizada, cuyo principal objetivo es lograr un reconocimiento y acreditación social. No es fácil percibir la tendencia homogeneizante de este proceso industrializador, puesto que para encontrar correspondencia con la complejidad de la situación social actual, ha incrementado la diversidad de su oferta educativa de tal modo que cada estudiante pueda encontrar la combinación de materias más original y conveniente a sus intereses. Lo que se oculta a esta diversidad, sin embargo, es la homologación de los esfuerzos y de los saberes, de las pruebas y exámenes de suficiencia, de las competencias y destrezas que ellos suponen, de tal modo que el punto de convergencia de la educación, aunque sea impartida en cualquier parte del mundo, es que sea de interés y de provecho para la economía y para la sociedad en su conjunto y no que desarrolle la vocación personal de todo ser humano.

Cuando por su excesiva funcionalización el saber pierde toda referencia a la sabiduría decae el interés de los propios profesores y estudiantes por educarse y aprender recíprocamente. En último término, como ha escrito el Papa a los fieles de Roma acerca de lo que él llamó una «emergencia educativa», la credibilidad de los educadores depende de dónde pongan ellos su esperanza y observamos, crecientemente, que esta esperanza se pone en el prestigio de los saberes y en el rendimiento educativo, antes que en la vocación de cada ser humano a encarnar en su propia vida el Espíritu de amor y de verdad que lo ha puesto en la existencia.

Esta industrialización del proceso educativo se hizo posible por la revolución electrónica de las comunicaciones. Niklas Luhmann, el gran sociólogo alemán, percibió con mucha profundidad el paralelo que puede establecerse entre la función que tienen para la sociedad los actuales medios electrónicos de comunicación de masas y la que asumió, en su tiempo, el dinero para el surgimiento de la economía monetaria, en cuanto a proveer diariamente y, ahora podemos decir en «tiempo real», nuevas e incesantes expectativas que den valor presente al futuro. Lo mismo que ocurre con los precios en épocas de turbulencia financiera, cuyo valor de información queda reducido a lo efímero e instantáneo, está sucediendo progresivamente también con las noticias en todos los planos de la vida social. Así como el sistema financiero pareciera necesitar insaciablemente «dinero fresco», la sociedad necesita también insaciablemente noticias frescas para mantener el interés de todos en las comunicaciones sociales y permanecer así «conectados». Esta última expresión, de uso frecuente en el presente, me parece muy emblemática, puesto que refleja muy bien la actual ansiedad de las personas frente a los teléfonos móviles y a los variados recursos que provee internet, en cuanto importa menos con quién comunicarse, ni sobre qué comunicarse, sino solo estar conectados.

Con la educación comienza a ocurrir algo similar. Interesa menos qué saber de la realidad y cómo ese saber puede dar a la persona la libertad interior necesaria para confiar en la humanidad del ser humano, y mucho más cuáles son las expectativas económicas, políticas o profesionales que la sociedad asigna a esos saberes, distribuyendo sobre ellos credibilidad y prestigio social. Ello es un síntoma de que lo que se presenta en los medios de comunicación como real, sea que tenga sustento empírico o que sea simplemente interesada propaganda, se lo tiene como más confiable que la experiencia en primera persona que se vive de cara a la propia razón o a la sabia autoridad de los familiares, de los maestros y de los amigos con quienes se recorre un camino común.

¿Pero es posible que se pueda dar una racionalidad tan absurda y contraria a la experiencia? Ciertamente sí, si los sistemas sociales son suficientemente abstractos y maximizan los períodos positivos del ciclo con credibilidad en alza. Pero como lo hemos visto ahora ante la crisis financiera, basta que la abstracción de las expectativas dé paso al temor de una burbuja irrazonablemente inflada, para que la desconfianza y la desesperanza se apoderen de las personas, de pueblos enteros y hasta de la humanidad. No es razonable reducir toda la realidad a la medida que socialmente tenemos de ella. Las épocas de crisis así lo demuestran, tanto en el horizonte de la economía, de la salud, como de la misma familia. No es razonable confiar más en los sistemas que en las personas con las cuales creamos vínculos de convivencia y libertad que trascienden las olas favorables o desfavorables del entorno, en busca de la realización de una vocación que tiene valor de eternidad. El único esfuerzo educativo razonable no es otro que proporcionar a las personas una cultura viva, con una historia y patrimonio sapiencial que pueda ser verificado cotidianamente por la experiencia de cada una de las personas que se integran a una comunidad que las acoge y las invita a trascender sus necesidades y deseos en el servicio al bien común compartido.

Esta pareciera ser, justamente, la vocación más honda de la universidad, como «comunidad de maestros y discípulos» que comparten el gozo de buscar la verdad y de comunicarla de manera personalizada. Más todavía en aquellas universidades que, como dice la constitución Ex Corde Ecclesiae, están conscientes «de ser precedidas por Aquel que es “Camino, Verdad y Vida”, el Logos, cuyo Espíritu de inteligencia y de amor da a la persona humana la capacidad de encontrar con su inteligencia la realidad última que es su principio y su fin» (n.4). Ellas buscan aquella dimensión esencial de la libertad humana determinada por el acto de escuchar la exhortación primera e inicial del autor de todo lo que existe y que pone a las personas en el camino del pensar y del actuar conforme a la naturaleza racional del espíritu humano. Cuando por cualquier motivo se censura este acto fundacional de la libertad del espíritu, se oscurece inevitablemente la razonabilidad de alguna dimensión de la experiencia. Lo que el Papa Benedicto nos recuerda en Ratisbona es que el cristianismo, como religión del Dios-Logos, es una pasión por la realidad humana tal como ella es, tal como ha sido diseñada por la Inteligencia primera que está en el origen de todo y que se revela como el Misterio que nos asombra y nos pone en camino hacia nuestra propia autorrealización y cumplimiento.

Siguiendo esta misma línea argumental, en su discurso inaugural de la Conferencia de los Obispos latinoamericanos en Aparecida, el Papa se preguntaba: «¿Qué es lo real? ¿Son realidad solo los bienes materiales, los problemas sociales, económicos y políticos?... El gran error de las tendencias dominantes en el último siglo [es que] falsifican el concepto de realidad con la amputación de la realidad fundante y por esto decisiva, que es Dios. Quien excluye a Dios de su horizonte falsifica el concepto de “realidad” y, en consecuencia, solo puede terminar en caminos equivocados y con recetas destructivas. La primera afirmación fundamental es, pues, la siguiente: solo quien reconoce a Dios, conoce la realidad y puede responder a ella de modo adecuado y realmente humano. Dios es la realidad fundante, no un Dios solo pensado o hipotético, sino el Dios de rostro humano; el Dios-con-nosotros».

La falsificación del rostro humano de Dios es también, por consecuencia, la falsificación del rostro humano del hombre. Ello ocurre, por cierto, en muchos ámbitos de la vida social. Pero ocurre también actualmente en la universidad por la industrialización de sus procesos de investigación y de enseñanza que acaban también por considerar a la persona como un producto industrial, sea de las ciencias empíricas, sea de los medios de comunicación de masas que garantizan su valor comercial. Falsifica también a la comunidad de maestros y discípulos que queda evaluada exclusivamente por el rendimiento, por el producto y no por su libertad interior para llegar hasta el fondo del significado de las cosas, aun cuando a la sociedad o a algunos no les resulte cómodo, útil o ventajoso. El medio en el que crece la sabiduría no es la industria, sino la cultura, puesto que ella es el fruto de la transformación de la propia vida de quienes buscan cultivarse por la inteligencia del don recibido, el desarrollo de la virtud, la experiencia del cuidado recíproco que se experimenta en la amistad y seguimiento de quien puede mostrar un camino.

Todos los universitarios sabemos que hemos sido formados por la calidad humana de los maestros que tuvimos, por la pasión con que enseñaron y nos introdujeron en el entorno de sus búsquedas. Ello no se encuentra en los libros, ni es información que circule por internet. Solo se puede experimentar en comunión al descubrir la inquietud de cada uno, las exigencias que satisfacen su racionalidad, la perseverancia para continuar el camino, su grado de apertura a la consideración de toda la realidad. No hay universidad sin cultura universitaria, sin transformación de la propia vida. Como nos ha sucedido a muchos, llegamos un día a estudiar y nunca más nos fuimos, cautivados por esta experiencia.

Los sistemas funcionales, más todavía si alcanzan una cobertura mundial, no necesitan de la cultura, ni la crean, ni la fomentan. Les basta con procedimientos. Sabemos que en el contexto social globalizado de la actualidad tales sistemas pueden llegar a ser muy necesarios. Pero estos procedimientos no son una finalidad, puesto que están orientados solo a seguir funcionando. La única finalidad, que reconocen es la retroalimentación, es decir, considerar sus resultados como información. La pregunta que surge en la educación, como surge también en la actual crisis entre la economía financiera y la economía real, es si acaso los sistemas funcionales permiten adecuar y corregir su propio funcionamiento considerando las personas reales, sus necesidades reales, su vocación de perfeccionamiento personal, sus vínculos de amistad y de comunión, su gusto por la vida. Como escribió el Papa, la razón necesita purificarse de sus cegueras éticas (Deus caritas est n.28 a) y la eficacia funcional no tiene ojos para observar el valor moral de la conducta humana. Solo las personas pueden hacerlo. Por ello, los sistemas funcionales no sustituyen las culturas humanas que son las que garantizan la sustentabilidad social en el mediano y largo plazo.

Este diagnóstico nos urge a tomar renovada conciencia de la vocación propia de las universidades católicas como lugar donde sea posible encontrar una humanidad nueva, distinta, que no reduce la realidad y tampoco se reduce a sí misma a ser un producto industrial, sino que percibe la inteligencia como la respuesta personal de la libertad humana al don recibido del Creador, y por tanto, como capacidad de escuchar, de dejarse interpelar por la exhortación inicial de la verdad del ser. Si nuestras enseñanzas acerca de la realidad no logran despertar en las personas el deseo de cultivarse para comprender mejor su vida y su historia, es que no han encontrado todavía la profundidad necesaria. Desde el horizonte de la sabiduría, toda la realidad nos interpela hacia el desarrollo de la propia vocación y nos persuade a ponernos en camino para su realización y cumplimiento.

Pienso que las universidades católicas tienen actualmente la particular oportunidad de prestar un servicio a la sociedad manteniendo viva su tradición sapiencial, reflejándola en la amplitud de la mirada con que logren juzgar la realidad social y cultural de sus respectivos países y en la solidaridad intergeneracional que logre suscitar entre profesores y estudiantes que reconocen como un don el aprendizaje recíproco. Solo sobre estos pilares es posible promover un diálogo permanente a favor de la dignidad de la vida humana como valor supremo del orden justo y no solo el valor de la información y de la eficiencia que son los que promueve el orden funcional de la sociedad. Este pareciera ser el nuevo humanismo que necesitamos, menos teórico o especulativo y más confiado en la experiencia humana personal, en la vocación a la comunión en la verdad y en la caridad con que el Creador nos ha llamado a la existencia, comunión que es ella misma un principio de sabiduría que ilumina el significado de toda la realidad humana.


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