B Bioética

Laudato si’. Una Rerum novarum para el siglo XXI

"Laudato si’, Papa Francisco, porque, gracias a esta encíclica, he aprendido que también tengo un lugar en este planeta". Palabras de Ricardo Lagos Escobar, presidente de la República de Chile (2000 - 2006).

Hace unos días recibí una invitación del rector de la Universidad Católica de Chile para comentar, con sus principales autoridades, la encíclica del Papa Francisco. En mis funciones, después de dejar la Presidencia de la República, he desempeñado distintas tareas, pero nunca pensé que iba a tener el honor de ser invitado a la Universidad Católica para comentar tan importante documento. En este establecimiento, me permití resaltar lo que a mi juicio era el carácter público de esta Universidad privada, por los servicios que hace a la República. Fue en 2001, cuando el entonces señor rector, el doctor Rosso, aquí presente en mi alocución, me invitó a inaugurar ese año académico.

Menciono esto porque compruebo que no tengo títulos ni académicos ni mucho menos religiosos para ameritar la invitación que me hace hoy la Universidad. Sin embargo, me permitió leer y releer la encíclica y otros textos del Papa Francisco y otros del Obispo Jorge Mario Bergoglio, parte de los cuales me fueron facilitados por Jaime Antúnez.

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La encíclica Laudato si´ como una invitación a todos

Deseo comenzar con dos observaciones generales. La primera es que los temas que se abordan en la encíclica Laudato si’, con una mirada tan amplia, cubren prácticamente todos los campos y todas las disciplinas a las que el ser humano se está enfrentando hoy. Política, economía, ciencias sociales, cultura, ecología, ciencia y tecnología son algunas de las temáticas que aborda.

Dentro del contexto de un cambio de época –que no me cabe ninguna duda será así– es la primera vez que el ser humano toma conciencia de que no es la vida del planeta Tierra lo que está en peligro; lo que está en peligro es la vida del ser humano en el planeta Tierra, que es distinto. En consecuencia, hay en la encíclica una deslumbrante descripción de nuestro mundo, un mundo que sigue siendo –por cierto y por desgracia– ancho y ajeno para muchos.

No conozco otro texto de carácter similar que en 190 páginas logre articular una invitación tan amplia, tan comprensiva, tan didáctica; que va hilvanando hechos para terminar con un todo que, cuando concluye, nos parece natural y obvio, pero que al comenzar no lográbamos vislumbrar de esa forma.

Considero que la encíclica no oculta su intención de influir sobre hechos próximos, como la Conferencia de París. Pero es indudable que el texto va mucho más allá, y por lo mismo, ojalá que sea leído y escuchado con la atención que amerita por aquellos que tienen tareas que resolver en cualquier ámbito.

La segunda observación, igualmente general, es que creo que la encíclica Laudato si’ será para el siglo XXI lo que fue la Rerum novarum de León XIII para el siglo XX. La Rerum novarum, allá por mitad del siglo XX, marcó una forma de aproximación al tema social –como resultado de la Revolución Industrial– que supo explicar e interpretar el surgimiento de los movimientos sociales, así como el hecho de que era necesario escuchar estos movimientos. En caso contrario, la humanidad enfrentaría días muy difíciles. Y caramba si los enfrentó en un siglo XX en el que, bajo la sombra de determinadas ideologías, dos guerras mundiales y millones de muertos fueron el resultado.

El Papa Francisco se refiere en su encíclica, de manera muy acertada a mí parecer, al “cuidado de la casa común” y nos explica por qué esta encíclica está dirigida no solo a los creyentes sino a todos quienes habitan esta casa común. Aquí también se puede establecer un vínculo con la encíclica Pacem in terris de Juan XXIII, la cual está dirigida a los creyentes y a los hombres de buena voluntad. El canto de alabanza de San Francisco es el punto de inicio para el Papa en su encíclica, en la que habla de la hermana Tierra que gime y sufre por la forma en que ha sido tratada. La admiración que el Papa manifiesta por San Francisco queda en evidencia desde el nombre de “Francisco”, que él mismo escogió como pontífice. Estos son dos realidades que se vinculan y que resuenan en la encíclica. Todo esto me hizo preguntarme en qué momento surge la idea de escoger el nombre con el que ahora lo conocemos como Papa, ¿en el instante en el que se le indica que será Papa? ¿O quizás lo pensó antes? Porque ciertamente es muy impactante leer cuando dice: “Decidí el nombre de Francisco inspirado en San Francisco de Asís (…), en él se advierte hasta qué punto son inseparables la preocupación por la naturaleza, la justicia por los pobres y el compromiso por la sociedad y la paz interior”.

En esta reflexión está el germen de la ecología integral que después se articula como eje de su doctrina. A partir de este cántico del Santo de Asís, el Papa Francisco establece el tema fundamental sobre el que descansarán los seis capítulos que dividen esta encíclica, cuyos títulos están dirigidos a todos, incluso a los más profanos, entre los cuales me incluyo. Porque aquí, en este elogio, se recoge lo que le está sucediendo a nuestra casa común.

El evangelio de la creación

En el capítulo primero de la encíclica, el Papa Francisco habla de lo que le está pasando a nuestra casa y, con meridiana claridad, establece la íntima relación entre los pobres y la fragilidad del planeta, todo lo cual obliga a “buscar otros modos de entender la economía y el progreso”, tal como dice la encíclica.

Esto confirma lo que ya ha dicho antes la ciencia – tema central en esta parte de la Laudato si’–: la toma de conciencia de que el ser humano es el responsable del calentamiento global, a partir de la Revolución Industrial y de los consiguientes daños provocados por los gases de efecto invernadero. Estos luidos son los responsables de este calentamiento y tienen que ver fundamentalmente con la utilización de los combustibles fósiles que están enterrados en la tierra: primero se extrajo el carbón, luego el petróleo y ahora el gas.

El Papa se refiere a esta forma de explotar la tierra mediante una descripción a ratos dura, lacerante, con adjetivos muy fuertes que grafican el modo en que estamos degradando el planeta, sus pulmones y su biodiversidad: la Amazonia, la cuenca fluvial del Congo en África, los grandes acuíferos, los glaciares y el mundo de los océanos. Es en este punto en el que se refiere también al crecimiento desordenado de nuestras ciudades, lo que provoca que la vida en común en muchas de ellas llegue a ser insalubre.

El Papa señala con mucha fuerza lo que, para mí, es el meollo de la encíclica y la gran novedad que ella contiene: “El ambiente humano y el ambiente natural se degradan juntos y no podemos afrontar adecuadamente la degradación ambiental si no prestamos atención a causas que tienen que ver con la degradación humana y social”. Luego continúa: “Nunca hemos maltratado y lacerado tanto nuestra casa común como en los últimos dos siglos”. Frente a esto se pregunta: “¿Cuál es la reacción de la política internacional?”.

Ante esta pregunta, yo me permito mencionar una anécdota que me parece atingente. Me tocó ser testigo de una reunión insólita. No más de 20 o 25 jefes de Estado. Las principales potencias del mundo en torno a una mesa –una mesa donde difícilmente cabían estas 20 o 25 personalidades–. Era la cumbre de Copenhague del 2009. El asiento de Estados Unidos lo ocupaba la señora Clinton, como Secretaria de Estado. El presidente Obama venía en camino. Llegó el presidente Obama y leyó la declaración que había sido preparada el día anterior por los jefes de Estado y, con una franqueza inusual, dijo: “Con este texto preparado, yo no puedo volver a Washington. Este texto no será jamás aprobado por el Congreso de Estados Unidos”.

Los primeros ministros de China e India no acudieron a la Cumbre, sino tan solo sus representantes, que explicaban sus intereses de acuerdo a las instrucciones que recogían en un texto elaborado por sus superiores. Eso, hasta que el presidente de Francia, Sarkozy, dijo: “Secretario general, yo pido que en la sesión de la tarde estén presentes en esta sala solo quienes tengan que dar las órdenes. No acepto que ninguno de los que están aquí digan o hagan lo que le hayan instruido sus superiores”. La conferencia terminó en un caos y la declaración que resultó de aquel encuentro fue un “sálvese un poquito”. En ella se introdujo por primera vez la deforestación como un factor importante en el origen del cambio climático. Menciono esta anécdota porque considero que releja cómo se lleva adelante una negociación de este nivel, en un recinto reducido, en el que casi no se podía estar.

Volviendo a la encíclica, en el capítulo segundo, El evangelio de la creación –y lo planteo desde mi ignorancia, dado que no conozco en profundidad estas materias– el Papa trata el tema del creacionismo, uno de los conceptos más debatidos en algunos centros del mundo. Se trata de un tema que me ha llamado profundamente la atención y en el que cabe apreciar un esfuerzo notable del Papa Francisco por conciliar la idea de la creación con los avances del conocimiento relativo al origen del universo. Hay aquí un pasaje que me tocó mucho, en el que el Papa señala que “la fe nos permite interpretar el sentido y la belleza misteriosa de lo que acontece”; y la fe, habrán escuchado decir más de una vez, es un don que algunos tienen y otros no tenemos.

Sin embargo, en lo que respecta al tema de la creación, el saber que el ser humano se aproxima a descifrar la Teoría del Bing Bang, saber que este fenómeno tuvo lugar 13.600 millones de años atrás y confrontar que nuestro planeta tiene tan sólo cinco mil millones y que, gracias a los modernos telescopios, vamos a poder contemplar el momento del Bing Bang… Todo esto ha generado un debate muy complejo acerca de qué pasará cuando seamos capaces de conocer en profundidad el Bing Bang.

Traté de obtener la revista TIME, que leí el año ´98 o ´99, en donde hacían una encuesta a 31 astrónomos de primer nivel mundial respecto de la Teoría del Bing Bang. A ninguno de ellos le cabía la menor duda de que íbamos a conocer este fenómeno. Bien pues, a estos 31 astrónomos, les preguntaban en la encuesta: “¿Es usted creyente?”, y la mayoría dijo “Sí”. Argumentaron que la combinación de elementos físicos, químicos y de otra naturaleza que tuvo que haberse producido en el momento del Big Bang es tan compleja, y las probabilidades de su realización, tan infinitesimales, que solo algo superior pudo haber sido capaz de generarlo.

Me produjo gran impacto leer la explicación de la mayoría de los astrónomos. En último término, pienso, en eso consiste el don de la fe.

La raíz humana de la crisis ecológica

Los humanos somos los responsables de la crisis que estamos viviendo. La intervención humana de la naturaleza ha ocurrido siempre. La diferencia es que hoy se usa de una manera que no tiene parangón en la historia. Muchos piensan que la tecnología resolverá la limitación de los recursos. En el capítulo tercero de la encíclica, Raíz humana de la crisis ecológica, el Papa plantea: Si la tecnología resolviera el problema, ello supondría la mentira de la disponibilidad infinita de los bienes del planeta, que llega a estragarlo todo hasta el límite y hasta más allá del fin.

Nos encontramos aquí uno de los problemas más complejos con el que, tarde o temprano, se habrá de enfrentar la humanidad: el gran aumento que ha experimentado la población en los últimos tiempos. De los mil millones de personas que habitaban la Tierra a comienzos del siglo XX, llegaremos a nueve mil millones de seres humanos en el 2050 (acabamos de llegar a los siete mil millones). En paralelo, nos vemos enfrentados a reconocer que fue el ser humano, a partir de la Revolución Industrial –durante la cual, como señalé, se inició la extracción de combustibles fósiles– el que ha generado el aumento de las emisiones de los gases de efecto invernadero (GEI).

Aquí está la esencia técnica del problema: estos GEI permanecen en la atmosfera entre 110 y 120 años. Por lo tanto, los gases que acumulamos durante el 2014 vienen a reemplazar a los gases que nuestros antepasados emitieron en 1904. Y es evidente que los gases emitidos por los seres humanos en 1904 –cuando éramos mil millones de habitantes– eran muchos menos que los gases emitidos en 2014 –cuando somos siete mil millones– los cuales tienen además en promedio un ingreso por habitante más grande, lo que significa que la emisión de GEI por persona sea mayor a la de nuestros antepasados. Por tanto, la disminución de los GEI se convierte en una necesidad urgente, ya que a pesar de los esfuerzos que hagamos por disminuir la emisión de esos gases, igual estaremos emitiendo mucho más que lo que emitimos hace 110 años.

Este es el problema técnico y político en discusión, este es el drama que tenemos por delante. Porque es cierto que, desde la Revolución Industrial hasta hoy, la temperatura media ha aumentado 1.3 grados Celsius; los científicos afirman que cuando lleguemos a los dos grados Celsius, de ahí en adelante no es posible determinar cuándo se producirá el punto de no retorno, cuando no haya vuelta atrás.

Digo el punto de no retorno, porque la temperatura media es muy distinta en los polos, donde la temperatura ha aumentado seis grados. La reducción del Polo Ártico y del Antártico es un proceso en constante aceleración. Y la explicación es sencilla: cuando los rayos del sol llegan al blanco Polo, lleno de hielo y nieve, se relejan, se “devuelven” de inmediato. En cambio, cuando ese hielo se derrite y se transforma en agua, la energía solar penetra en el mar y aumenta su temperatura provocando los efectos de los que somos testigos hoy. Es la reducción de la capa blanca en el Polo Norte y del Polo Sur la que acelera este fenómeno. Y es difícil saber en qué momento exacto –a los dos grados o a los tres o cuatro grados– se producirá el proceso irreversible, ese punto de no retorno en el que ya no hay vuelta atrás. Este es un tema medular, el tema de cómo mitigar la emisión de los GEI.

Para referirme al tema de la justicia climática de una sola vez, considero necesario hablar de la responsabilidad de los distintos países en lo que se refiere a la acumulación de gases en la atmósfera. Estados Unidos, por ejemplo, responde aproximadamente por el 28% de los gases que están acumulados; los países industriales como Rusia, Inglaterra, Francia o Alemania responden por el 6-8% cada uno; los chinos se aproximan rápidamente al 6% y se han convertido hoy en los mayores emisores del planeta.

Surge aquí un dilema tan complejo como interesante entre los países más avanzados y los menos avanzados. Y es que, cuando los países que hoy en día se consideran desarrollados comenzaron a crecer, aún no existía la toma de conciencia del problema del calentamiento global. Por tanto, nadie tuvo que frenar su avance ni exigirle que dejaran de emitir GEI. Ahora, son otros los países que quieren crecer –China, India, algunas zonas de África, América Latina, entre otros–, sin embargo, su desarrollo se ve truncado por un problema ambiental que no existió para otros, y se les imponen unos límites a los que otros no tuvieron que someterse.

Hoy debemos además tener en cuenta que la tecnología nos permite formas distintas de crecer sin contaminar tanto como antes. La ampolleta que conocimos años atrás emitía un 95% de calor y un 5% de luz. Las nuevas tecnologías, como las LED y otras, permiten invertir estas cifras, lo que ha disminuido de manera considerable la energía que desperdicia una ampolleta. En consecuencia, estos avances en la tecnología nos permiten tener un patrón de desarrollo distinto al que tuvieron ayer los países más avanzados.

Este es un asunto que será central en las negociaciones internacionales. Porque los países en desarrollo podrían decir: “Si usted quiere que yo mitigue y disminuya mis emisiones, por favor deme acceso a sus tecnologías y recursos financieros que son mayores que los míos”, dando comienzo así a una gran discusión en materia de recursos financieros y tecnológicos.

Como es posible observar, todos estos problemas tienen su raíz en la acción del hombre, pieza clave para entender el modo de abordar el tema. Respecto a este punto, en su encíclica, el Papa señala la necesidad de entender que la ecología a la que se refiere tiene una raíz humana, relacionada a su vez con el valor trabajo y con cómo debemos dar una prioridad al trabajo en esta parte, estableciendo una distinción entre el trabajo físico y el intelectual.

Creo que aquí se encuentra otro de los temas esenciales de la discusión que ha de venir: la parte en la que el Papa Francisco declara que precisamente por esta raíz humana es indispensable generar los espacios para seguir creando con absoluta libertad. En la encíclica se le da gran importancia a la ciencia y al desarrollo de la ciencia y a cómo proporcionar la autonomía indispensable que esta disciplina requiere para su desarrollo.

Ecología integral

Entramos así de lleno en el capítulo cuatro de la encíclica, donde el Papa se refiere al concepto de ecología integral, el cual considero el núcleo de Laudato si’. Este capítulo es una clase magistral. Comienza desde las más simples de las definiciones, para después ir agregando definiciones sucesivas un poco más complejas. Comienza diciendo: “La ecología estudia la relación entre los organismos vivientes y el ambiente donde se desarrolla”. En el párrafo siguiente, define la noción de medio ambiente: “Medio ambiente es la relación que existe entre la naturaleza y la sociedad que la habita y esto entonces impide entender a la naturaleza como algo separado de nosotros”. Nosotros, seres humanos, somos parte de la naturaleza; creer que es un mero marco de nuestras vidas es un profundo error. La naturaleza no es un marco entorno a nuestras vidas, nosotros los seres humanos somos parte inseparable de ella.

Con esto, pareciera que el Papa habla de dos realidades diferentes: una relacionada con la naturaleza y otra relacionada con los seres humanos; y consecuentemente se refiere a dos crisis: una ambiental y otra social. Sin embargo, relaciona ambas diciendo: “Porque esa crisis ambiental que tiene que ver con la naturaleza y esa crisis social que tiene que ver con el ser humano, son una sola crisis”.

Este es desde mi punto de vista el centro de toda la argumentación de esta encíclica. El Papa ha sido capaz de entreverar las dificultades de los seres humanos que habitan el planeta, con las dificultades de la naturaleza donde se desarrolla la vida de estos seres humanos. Ambas esferas confluyen en una gran crisis en donde una refuerza e interpela a la otra. Esta idea está planteada con tanta claridad que me hizo preguntarme quién, con tanta autoridad moral, habría sido capaz de aunar las dos crisis en una sola. Es el Papa, entonces, quien surge como la figura que dice: “Hay que abordarlas en su integridad”. Y las consecuencias de abordar en su integridad, ambas crisis –la humana y la planetaria– suponen una solución compleja.

Y es aquí donde el Papa llama a la necesidad de tener una muy amplia libertad académica para que “la ciencia siga hablando para defender el ecosistema; el uso sostenible es la capacidad de regeneración de cada ecosistema en sus más diversas áreas y aspectos”. En este punto el Papa se refiere con mucha fuerza a “la necesidad que los ecosistemas tienen de seguir siendo capaces de capturar el dióxido de carbono, el anhídrido carbónico; los ecosistemas tienen que ser capaces de seguir purificando el agua, los ecosistemas tienen que ser capaces de seguir controlando plagas, de seguir formando el suelo de donde nos nutrimos para producir los bienes agrícolas”. Lo que está planteando con tanta fuerza es que si los ecosistemas siguen subsistiendo cada vez con mayores dificultades, cómo no vamos a ser capaces de recurrir a la ciencia para defenderlos y preservarlos en sus diversos aspectos.

El Papa introduce en este punto dos precauciones. La primera, defender estos ecosistemas. Es cierto, hay que hacerlo. El problema es que muchas veces, desde el punto de vista económico, defender los ecosistemas implica costos muy elevados. Por eso es indispensable la segunda precaución que plantea: “Les pido poner el costo de la destrucción del ecosistema junto con el costo que usted se quiere ahorrar no introduciendo estos elementos”. En suma, si para privilegiar el crecimiento destruimos el ecosistema, los costos de su destrucción van a ser mucho mayores que los costos que nos estamos ahorrando por no hacer la tarea de forma debida. Y es aquí donde el Papa señala que ésta es precisamente la mirada humanista con la que se debe abordar este tema.

De esta forma, el Papa Francisco compara una ecología económica con los costos de la destrucción para que el cálculo económico sea el correcto. No basta olvidar el tema ecológico para abaratar costos, en circunstancias que el resultado de ese ahorro sería finalmente más caro dado el valor que conlleva la destrucción del ecosistema. Y concluye: “la ecología integral es la ecología ambiental”. La ecología nos plantea el desafío de cómo crecer sin destruir los ecosistemas; la ecología social, por su parte, es necesariamente institucional y abarca desde la protección de la familia hasta la comunidad local, la nación y el mundo planetario como tal.

De aquí entonces surge otra pregunta de gran relevancia: ¿Cuáles son las instituciones que tenemos para preservar la familia, para preservar la vida en comunidad local, la nación y la vida internacional? ¿Cuáles son las instituciones que nos permiten normar y proteger la participación del ser humano en cada uno de estos proyectos? Porque tenemos muchísimos proyectos que son complejos y difíciles de tratar. El tema de la droga, por ejemplo. Es de todos sabido que las drogas se consumen en los países ricos, pero se producen en los países más pobres. Este dilema se podría tratar separadamente, razón por la cual exigimos instituciones supranacionales que nos ayuden a resolverlo.

Por otro lado, el Papa Francisco señala que, además de esta “ecología ambiental, económica, social, es necesario incorporar la ecología cultural; junto al patrimonio natural, hay un patrimonio histórico, artístico y cultural igualmente amenazado”.

El Papa Francisco habla de una ecología cultural capaz de ayudarnos a salvaguardar la identidad cultural cuando también ésta se vea amenazada en nombre del progreso humano. Porque seamos claros: la globalización amenaza identidades culturales, así como también a comunidades aborígenes con sus tradiciones culturales.

Ecología y bien común

En su encíclica, el Sumo Pontífice establece después cómo se lleva a cabo una ecología de la vida cotidiana. Me pareció muy interesante esta concepción porque dice: “La vida social positiva y benéfica de los habitantes derrama luz sobre un ambiente aparentemente desfavorable, pero la vida social en sí es un elemento positivo que hay que preservar, hay que vivir en la ciudad entera y no encerrarse en un barrio”. Con esto, lo que nos está diciendo el Papa es cómo deberíamos vivir en ciudades integradas y no segregadas; nos está hablando de una visión positiva de vivienda que tiene que ver con la dignidad del ser humano y con la capacidad del hombre de vivir en familia. Habrá entonces que volver a re-urbanizar los barrios.

De aquí pasa a temas tan cotidianos como el transporte, que suele ser causa de grandes sufrimientos para los habitantes de las distintas ciudades por lo que se convierte en un tema prioritario de resolver.

Llegado a este punto, observemos cómo el Pontífice, que partió por definir la relación entre la naturaleza y el ser humano, llega después a temas de ecología humana. Citando a Benedicto XVI, afirma que “existe una ecología del hombre porque también el hombre posee una naturaleza que él debe respetar y que no puede manipular a su antojo”. Muy importante lo que está diciendo: que, en el propio ser humano, hay una ecología que obliga al respeto de lo que somos, de nuestro cuerpo, y de cómo éste no se puede manipular a nuestro antojo.

Dicho lo anterior y para concluir este capítulo, llegamos al tema del bien común, al cual el Papa se refiere de esta forma: “Esta ecología humana conduce al principio del bien común, que cumple su bien central unificador de la ética social”. Citando la versión oficial del Catecismo de la Iglesia Católica lo define: “El bien común es el conjunto de condiciones de la vida social que hacen posible las asociaciones de cada uno de sus miembros en logros más plenos y más fáciles de conducir a la propia perfección”. “Toda sociedad, y de manera especial el Estado –agrega después– tiene la obligación de defender y promover en conjunto el bien común”.

Luego termina hablando de la justicia entre generaciones: “En qué medida el uso de los recursos naturales nos es dado o nos es prestado, ¿nos es dado o somos nosotros simples pasajeros de esta nave transitoria que es el planeta? Y ¿cómo hacemos para dejarlo a los que nos siguen de una manera similar a como lo hemos recibido?” Es decir, el Papa se está preguntando hasta qué punto tenemos el derecho de usar estos bienes que se nos han regalado a través de la naturaleza, olvidando a las futuras generaciones. Abusar de los recursos que nos proporciona la tierra equivaldría a no estar “cumpliendo el deber ético y cultural que acompaña a las distintas generaciones”.

Supremacía del Estado y supremacía continental

A partir de lo anterior, vuelvo a recordar la anécdota de la Cumbre de Copenhage y pienso en que ojalá se establezca en nuestro país la necesidad de diálogo sobre el medio ambiente.

Me gustaría citar algo que me impactó mucho del Arzobispo de Buenos Aires –antes de que fuera Papa todavía– que aparece en el libro El Papa y el Filósofo, su diálogo con el pensador uruguayo Methol Ferré, donde dice lo siguiente: “Solos, separados, contamos muy poco, no iremos a ninguna parte. El que no forma parte de un Estado continente, acabará en un mundo global al margen de la historia, en donde sólo es posible expresarse en forma de lamentación, de furia o de silencio”.

En este escrito de 2005, Bergoglio nos está diciendo que, a nivel internacional, normalmente la forma de entender la infraestructura internacional era a través del Estado nación; sólo los estados nación tenían un rol, lo mismo que Naciones Unidas y todo el andamiaje institucional supranacional que conocemos hoy en día. Sin embargo, lo que está diciendo en este escrito es que el mundo internacional del futuro será diferente a lo que estábamos acostumbrados. Antes, la dinámica era pasar de un Estado a un Estado, pasar de la supremacía de España a la de Francia, de la de Francia a la de Reino Unido, de la de Reino Unido a la de Estados Unidos, entre nosotros, todo quedaba en Occidente. Ahora, sin embargo, son muchos los que dicen que vamos a pasar de un país continente Estados Unidos, a otro país continente China. Incluso algunos ven a India en el horizonte. En tal caso, podríamos decir que Europa hizo bien en adelantarse y constituir la Unión Europea, a pesar de todas las complejidades que acarrea a día de hoy. Pero si quiere seguir siendo relevante en el mundo, Europa deberá hablar por Europa y cada una de sus naciones tendrá un pedacito.

La pregunta que surge entonces es: ¿Y nosotros, qué? ¿América Latina, qué? Pues bien, ahí está la respuesta del arzobispo de Buenos Aires hace 10 años: o hablamos como país continente, o sólo nos quedarán la furia y los lamentos.

Cuando el Papa señala algunas orientaciones para la acción, nos dice: “Se concibe el planeta como patria y la humanidad como la que habita en la casa de todos”. Entonces, si el planeta es la patria, y la humanidad es la que habita en la casa de todos, podemos decir que vivimos en un solo mundo y que por tanto puede haber un proyecto común. Sin embargo, todas las cumbres mundiales han fracasado. El Papa comienza por repasar en su encíclica la Cumbre de Río, en el ‘92, y lo que siguió después; repasa los macros avances en materia de desechos peligrosos y también la Convención de Viena sobre la protección de la capa de ozono, donde se concibió el protocolo de Montreal, que es quizás de los pocos tratados exitosos que han surgido en materia medioambiental en el último tiempo. Pero respecto al cambio climático, hasta ahora el avance ha sido modesto.

Lo grave es que, como resultado de la mayor globalización, han ido emergiendo un conjunto de temas planetarios como el gobierno de la economía mundial, el desarme en general, la seguridad, los temas monetarios, alimentarios, el cambio climático, las migraciones y otros, todos los cuales ya no se pueden resolver por cada país, autónomamente, sino requieren ser resueltos a escala regional o planetaria.

Por ello, el Papa urge la presencia de una autoridad política mundial. Y en este punto, hace lo que a mi juicio es una lección de política. Cuando habla del Estado nación, dice: “La grandeza política se muestra cuando, en momentos difíciles, se obra por grandes principios”. Pensar desde el bien común, a largo plazo, obliga por tanto a la continuidad de las políticas, a buscar respuesta a las preguntas para un nuevo emprendimiento: para qué, por qué, de qué manera, por quién, cómo lo harán... Son casi las preguntas para un manual de evaluación de proyectos.

Es aquí donde yo diría que hay una mirada larga. Porque, en el fondo, gobernar en democracia tiene fecha de término. Pero hay algunos a quienes se les olvida que tienen fecha de término. Es difícil gobernar a largo plazo. Porque lo que un político hace en el período en el cual fue electo, ¿cómo lo explica en un proyecto a largo plazo? Si fue electo para gobernar cuatro o cinco o seis años, ¿cómo explica un proyecto de largo plazo y como lo inserta y le da vida durante su mandato? Para lograr el bien común, por tanto, es indispensable aterrizar los grandes principios, pero al mismo tiempo abordarlos con una mirada a largo plazo, que es lo que finalmente muchas veces nos hace tanta falta.

Sobre la importancia de la relación entre política y economía

Ya al finalizar la encíclica, en el párrafo 189, el Papa apunta a lo que yo creo que es la otra gran consecuencia de este gran texto: “La política no debe someterse a la economía y ésta no debe someterse a los dictámenes y al paradigma eficientista de la tecnocracia; política y economía deben estar al servicio de la vida y en especial de la vida humana”. Francisco hace en este punto una sutil referencia a la crisis económica que afectó al mundo en 2007-2008.

Aquí es cuando se hace esta trascendencia de la política. Lo que se está haciendo es una invitación a escuchar con atención al ciudadano. Porque, en definitiva, la política es la forma por la cual, en un sistema democrático, se escucha al ciudadano, para que éste moldee la sociedad en la cual quiere vivir. Y ese ciudadano, a través de sus representantes, expresa el tipo de país que quiere formar.

Por eso, el Papa habla en su encíclica de la preeminencia de la política y, por eso, si hablamos de lo que pasó en la crisis del 2007-2008 –la debacle que produjo la autorregulación de los mercados financieros– debemos recordar cómo el mundo dirigió la mirada hacia el señor Sarkozy, hacia la señora Merkel, hacia el señor Bush primero y hacia Obama después, es decir, el mundo dirigió la mirada a los dirigentes políticos para resolver el problema. Por eso me parece tan importante la relación política-economía. Porque hay muchas cosas de la economía que tienen que ser resueltas por el mercado y en buena hora. Pero cuando todos somos consumidores, sin duda alguna lo único que nos diferencia es el tamaño de nuestro poder de compra. Aquí echo mano a esa frase que dice Norberto Bobbio: “En una sociedad democrática, todos debemos ser a lo menos iguales en algo”. Ese “a lo menos iguales en algo”, Bobbio lo llama el “mínimo civilizatorio”, una realidad que va transformándose a medida que el país va cambiando y creciendo. Lo que era el mínimo civilizatorio en educación en Chile en 1920 –cuatro años de educación obligatoria– pasó hoy día a ser doce años. Eso está diciendo que el mínimo civilizatorio va cambiando porque el país va cambiando y ese mínimo civilizatorio lo exige y es a lo cual aspira el ciudadano. Este es un tema central y en la encíclica lo apoya cuando afirma que la política está por sobre la economía. Si bien es claro que hay que respetar las reglas económicas, porque de lo contrario, el desorden económico puede debilitar y hacer fracasar el orden democrático.

El último capítulo de Laudato si’ trata la cuestión de la Educación y la Espiritualidad ecológica. En él, el Papa aboga por una educación que busque cambiar los estilos consumistas fomentados por un mercado a ratos irracional. Entre algunas de las recomendaciones menciona abstenerse de comprar, la apuesta por una vida austera, etc. Me recuerda al Gandhi que derrota al imperio británico diciendo: “No compremos las telas inglesas”.

Al final de la encíclica, Francisco habla de la necesidad de una conversión ecológica: “Vivir la vocación de nosotros, seres humanos, que debemos ser protectores de la obra de Dios”, es decir, de la naturaleza que nos ha sido entregada. Y vuelve entonces a los orígenes de la encíclica, recordando a San Francisco para ir de menos a más: “La sobriedad que se vive con libertad y conciencia es liberadora”. Ser sobrio es ser liberado de sí mismo, frente al consumismo.

Para finalizar, debo decir que la encíclica me permitió confirmar que es más necesario que nunca un cambio de paradigma. Y ese cambio de paradigma tendrá que tener en cuenta el paradigma de mediados del siglo XX, donde se nos dijo que lo fundamental era tener crecimiento y mejorar el ingreso per cápita. ¿Cuántos de nosotros fuimos educados para hacer crecer el ingreso per cápita?

A mi juicio, la próxima pregunta, que surgirá a partir de este cambio de paradigma será: ¿Qué cantidad de gases de efecto invernadero emite usted per cápita? En Estados Unidos cada habitante emite 22 toneladas al año; Europa entre 10 y 12; en América Latina emitimos 5 toneladas y los chinos lo mismo. Queremos seguir creciendo pero ¿cómo vamos a seguir creciendo sin aumentar las emisiones?

Este pasará a ser el nuevo rango civilizatorio. Por tanto, el paradigma del futuro va estar determinado por toda esta problemática que está explicada con tanta claridad en esta iluminadora encíclica.

Preparémonos para el paradigma del futuro. Pensemos en cuánto vamos a emitir nosotros, seres humanos, para que las generaciones futuras puedan seguir viviendo en el planeta que recibimos hoy. Es este cambio de paradigma el que a mi juicio llama a un cambio época. Y esa es la razón por la cual estoy convencido de que esta encíclica va a tener el mismo impacto y trascendencia que la que tuvo en su tiempo la Rerum novarum de León XIII.

Si la Laudato si’ pudiera ser leída o estudiada por los más modestos, por los humillados y ofendidos de esta tierra, estoy seguro que la comprenderían en una gran medida. Y estoy seguro que, al comprenderla, al terminar de leerla dirían: “Laudato si’, Papa Francisco, porque, gracias a esta encíclica, he aprendido que también tengo un lugar en este planeta”.

Muchas gracias


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