Paradójica vitalidad del papado

En medio de tanto júbilo Benedicto XVI ha pronunciado una palabra clave: «dictadura del relativismo». Juan Pablo II había hablado de «la intolerancia de los tolerantes». Que haya agnósticos, ateos, relativistas no es novedad; pero que «esté en vías de constituirse una dictadura del relativismo», como ha dicho Benedicto XVI, es novedad. Y es el gran desafío para los cristianos, ya que ellos, con su autodemolición y desunión han contribuido sustancialmente a la existencia del ateísmo.

Durante veintiséis años Martín Lutero no perdió ocasión para denigrar la persona del Papa, ridiculizar su fi gura y rebatir con expresiones ofensivas y a menudo soeces la doctrina del primado. Aunque en carta al Papa León X en mayo del año 1518 el reformador todavía se había despedido expresándole: «reconoceré en tu voz la voz de Cristo, que gobierna y habla por medio de ti», en cuanto esa voz resonó en tono crítico, también Lutero elevó su voz en forma reprobatoria contra el Papado. La polémica anti papal en él fue arreciando a través del tiempo, hasta alcanzar en 1545, un año justo antes de su muerte, la máxima intensidad. Fue en el pequeño tratado de una treintena de páginas en la edición de Weimar, titulado significativamente Contra el Papado de Roma, fundado por el diablo que él se desahogaría por última vez. También hizo circular innumerables caricaturas del Papa, cada cual más hiriente. Este odio vehemente contra el obispo de Roma, a quien, según él, «no se le podía criticar e infamar bastante, con quien no había que tener piedad alguna», y que había atravesado toda su vida como un hilo rojo, tampoco amainó al aproximarse sus últimos días. Según un testigo, en las vísperas de su muerte, el 17 de febrero de 1546, habría escrito en la pared con un pedazo de tiza la sentencia «Pestis eram vivus, moriens ero mors tua, Papa» («En la vida fui tu peste; muerto seré tu muerte, oh Papa»). Esta sentencia que repetía a menudo, en 1537 había pedido que se pusiera como epitafi o en su tumba. También había dicho: «Yo muero en odio del malvado (Bösewicht, es decir, el Papa), porque se alzó por encima de Dios». Llegado el momento de enterrarlo en la iglesia ducal de Wittenberg, en la lápida de piedra se había puesto sólo su nombre, su título de doctor de teología, las fechas de nacimiento y muerte y su edad. Por las razones que fueren, no se había cumplido, pues, exactamente el deseo del difunto en cuanto a la sentencia contra el Papa. Sin duda su protector, el príncipe elector Juan Federico de Sajonia, recordaba la instrucción de Lutero cuando mandó fundir una placa funeraria con la consabida maldición. Por diversas vicisitudes esta placa no terminó en Wittenberg, sino en la iglesia de San Miguel de Jena.

Podría parecer inoportuno volver a poner sobre el tapete amargos temas de la controversia inter confesional en estos tiempos de tantos esfuerzos de entendimiento ecuménico. Con todo, hay una urgencia que torna cada vez más necesaria aquella «purificación de la memoria histórica» que Juan Pablo II comenzara a aplicar resueltamente en la misma Iglesia católica. Y esta urgencia es la siguiente: el devastador descreimiento contemporáneo, cuyos orígenes se relacionan sin duda con la decepción y el desdén causado por el espectáculo de la desunión y del enfrentamiento de los cristianos entre sí. La «Crisis de la conciencia europea» que Paul Hazard describiera tan vivamente no podría haberse desarrollado sin el enfriamiento progresivo de la vida de fe a partir del fi n de las guerras de religión, es decir, en la segunda mitad del siglo XVII. La Ilustración surgió precisamente de una cristiandad desangrada por sus contradicciones internas [1]. Los cristianos no podrán lamentar la actual «dictadura del relativismo» con la actitud de sentirse inocentes o ignorando deliberadamente su sorda indiferencia ante la insistente súplica de Cristo: «Que todos sean uno, como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado. Yo les he dado la gloria que tú me diste, para que sean uno como nosotros somos uno, yo en ellos y tú en mí, para que sean perfectamente uno y el mundo conozca que tú me has enviado y que los has amado a ellos como me has amado a mí» (Jn 17,21-23). Ahora bien, aquello no había sido sólo una paternal recomendación, sino que Cristo había dotado a sus discípulos de un órgano ejecutivo de dicha unión en la forma del primado de Pedro. Juan Pablo II sin duda no estaba solo en su dolorosa pasión por la unidad, pero aun hay vastos círculos de la cristiandad ortodoxa y a fortiori de la protestante para los cuales la sola palabra «ecumenismo» suena mal. En los católicos no sucede lo mismo, pero en cambio se da entre ellos a menudo, especialmente en países germánicos, una idea insuficiente de lo que significa la unión de las Iglesias. ¿Qué decir, por ejemplo, de «aquellas iniciativas ecuménicas que, aun siendo generosas en su intención, transigen con prácticas eucarísticas contrarias a la disciplina con la cual la Iglesia expresa su fe» a las que alude el Papa Wojtyla en la encíclica Ecclesia de Eucharistia?

No se puede dudar que la palabra de Cristo establece una relación entre la unidad de sus discípulos y la fe del mundo, más aún, se trata de una relación de causa y efecto. La búsqueda de la unidad deseada por Cristo no es, por consiguiente tan sólo una tarea intracristiana, sino una condición irrenunciable para la superación del agnosticismo y ateísmo contemporáneos. También estos últimos están incluidos en la plegaria de Cristo cuando dice: «No ruego sólo por estos, sino también por aquellos que, por medio de su palabra, creerán en mí» (Jn 17,20).

Una epifanía del Primado de Pedro

En el pasado mes de abril hemos tenido la inédita experiencia de una epifanía del primado petrino y eso a nivel mundial. Los ojos del mundo entero han estado pendientes de la majestad de unas exequias papales, del humo blanco de una chimenea de dimensiones más bien modestas, del solemne y gozoso anuncio del «Habemus Papam», del primer saludo y de la misa de asunción del nuevo Papa, del júbilo de la muchedumbre en la Plaza de San Pedro. Al mismo tiempo los numerosos y variados reportajes retrospectivos de la vida de Juan Pablo II, revelaban, para quien quisiera creerlo, toda la hermosura del desempeño concreto del oficio de Pedro. La tan vilipendiada Iglesia católica, la acusada de retrógrada, ultra-conservadora, y no confiable en el aspecto moral, aparecía de improviso «viva y joven» al decir de Benedicto XVI. Para el creyente era claro que aquellos acontecimientos, que se sucedían uno tras otro por tres semanas y más, no podían ser mero producto de los medios de comunicación, ni tampoco de la personalidad de fuerza universal de Juan Pablo II, ni de ninguna propaganda, sino de Cristo mismo que demostraba una vez más su capacidad de «atraer a todos hacia él» (Jn 12,32). ¿Cómo no relacionar lo visto y vivido en aquellos días de abril con los tres encargos de Cristo a Pedro, el de Mateo 16: «Tú eres Pedro», el de Lucas 22,32: «Confi rma a tus hermanos», y el de Juan 21,15: «Apacienta mis corderos»? ¿Acaso aquellas habían sido palabras dudosas o caídas en el vacío? ¿Cómo no sentir que entonces, una vez más, como en los Hechos de los Apóstoles, «Pedro, puesto de pie entre sus hermanos, les dijo» (Hechos 1,15) y «Pedro, presentándose con los Once, levantó la voz y les dijo» (Hechos 2,14) y de nuevo «Pedro les contestó: ‘Convertíos’» (Hechos 2,38) y «Pedro, lleno del Espíritu Santo, les dijo» (Hechos 4,8)?

La visibilidad de la fuerza salvífica del primado de Pedro, aunque negada por el mundo y la cristiandad que disiente de Roma, en abril de 2005 fue, sin embargo, oscuramente presentida por incalculables personas, mucho más allá de los límites de la catolicidad [2] y habría que ayudar a que ese presentimiento siguiera creciendo hasta alcanzar la plena estatura de la fe, hasta llegar a ser capaz de acelerar la reconciliación de los hermanos desunidos. Una de estas «ayudas», por cierto modesta, podría consistir en recurrir a los ejemplos de la historia que al mismo tiempo encarnan como en contrapunto las actitudes de rechazo al primado de Pedro y por ende al encargo de Cristo y a la vez revelan su fragilidad y fracaso. La situación elemental es siempre la misma: frente a la muchedumbre que proclama gozosa «Habemus Papam» hay otra que reclama malhumorada: «Necesse non est habere Papam». Pero la motivación de este rechazo suele ser variado. Podríamos distinguir a los que simplemente rechazan a Pedro independientemente de su primado; a los que, sin desconocer este primado, le son hostiles por motivos más bien políticos y finalmente a los que niegan el primado en sí y su nexo con la palabra de Cristo. No siempre las diferencias entre unos y otros son nítidas. Como los tres amigos de Job, Elifaz, Bildad y Sofar, acuden para consolarlo, pero no aciertan en ninguno de sus diagnósticos, ya que su cosmovisión les impide comprender el núcleo del problema de Job, así los tres tipos de adversarios de Pedro coinciden en su referencia al apóstol, pero desconocen su misterio.

Elifaz o el «Desprecio de Dios»

Es San Gregorio Magno quien en su comentario al libro de Job (III, 44) y basándose a su vez en el «Liber de nominibus hebraicis» de San Jerónimo, proporciona esta etimología del nombre del primer amigo de Job, de la que, científica o no, nos servimos por su valor ilustrativo. «Elifaz significa ‘desprecio de Dios’. Si los herejes no despreciaran a Dios, no tendrían opiniones erróneas sobre él», observa el Papa.

Las autoridades romanas responsables del martirio de más de veinte obispos de Roma, empezando por el primero, Pedro, no tenían ningún conocimiento del primado y probablemente nos les habría interesado el tema. La condena de muerte se basaba en el solo hecho de su calidad de cristianos. Algo diferente es el caso del martirio de los Papas Juan I (523-526) y Martín I (649-655), cuya muerte violenta se debió en el primer caso al rey ostrogodo Teodorico, que era arriano, y en el caso del segundo, al emperador Constante II de Bizancio.

El Papa Juan I (la Iglesia lo celebra el 18 de mayo), al ser enviado en 526 por el rey Teodorico a Constantinopla para obtener del emperador Justino I un cese de la actitud hostil de éste para con los arrianos, se vio por este mismo encargo forzoso en un grave problema de conciencia. El pontífice, que era el primer obispo de Roma que visitaba Constantinopla, tuvo un breve consuelo en el hecho de que fuera acogido por el emperador «como lo hubiera hecho con el mismo Pedro en persona» y de que pudiera celebrar la solemne eucaristía de Pascua en Santa Sofía, rodeado por el clero griego y latino, por la corte y todo el pueblo (19 de abril de 526). Era evidente que ni Justino I ni el Papa Juan podían acceder a las exigencias de Teodorico en favor de la herejía arriana. Por eso el desconfiado ostrogodo, que se sintió burlado por el Papa, al regreso de este a Ravena, lo hizo encarcelar y lo condenó a morir de hambre. En el 530 el cuerpo del Papa Juan fue trasladado a Roma y enterrado en la basílica vaticana con honores de mártir.

Martín I (la Iglesia lo conmemora el 13 de abril) condenó en 649, en el sínodo de Letrán, la herejía monotelita, que reconocía en Cristo una sola voluntad, es decir, la divina. Con eso quedaba comprometida la verdad de la humanidad de Cristo. El emperador de Bizancio Constante II, que apoyaba el monoteletismo por causas políticas, hizo arrestar al Papa y traerlo a Constantinopla en 653. Durante el viaje y más tarde en la prisión, el pontífice hubo de sufrir muchos maltratos. Condenado a muerte y desnudado, fue públicamente degradado por el emperador y por último desterrado a Crimea. Allí tuvo que sufrir la última humillación: el clero romano le eligió un sucesor, sin esperar su muerte, que ocurriría el 13 de abril de 656. También la Iglesia bizantina lo conmemora como el último de los Papas mártires.

No es probable que el actual gobierno de China comunista persiga a los católicos por causa del primado de Roma, del que nada comprende. Pero al exigir al Papa que se abstenga de nombrar a los obispos en China, ofende indirectamente los derechos del primado petrino. Con esto se acerca al segundo grupo de adversarios de Pedro, hostiles directamente al primado. Los hemos llamado por el nombre del segundo «amigo» de Job, Bildad.

Bildad o «la sola vejez»

De nuevo el autor de esta etimología, también derivada de San Jerónimo, es Gregorio Magno (Moralia III, 44). Poco confi able en sí misma, nos interesa el comentario del Papa: «Los herejes rehúyen ser vencidos por la verdad y buscan con torcido empeño vencerla; abandonan por ello el trato con la vida nueva y todo lo que pretenden procede sólo de la vejez espiritual».

Focio, patriarca de Constantinopla (820-891), no tenía de vejez espiritual sino su incontenible ambición personal por ocupar el puesto más alto en la Iglesia imperial. En todo lo demás era una persona muy noble, cortés, amable y ante todo cultísima. No había rama del saber que no cultivase en forma brillante y las obras que dejó dan testimonio de su saber enciclopédico. Si optó por atacar el primado de Pedro y cimentar así los comienzos del Cisma de Oriente, no fue propiamente porque dudase de él, sino porque en los avatares de sus intrigas por ser una y otra vez patriarca de la capital del Imperio, tal primado en determinado momento resultó para él un estorbo. La historia no es sencilla, pero debe ser referida al menos sucintamente.

Focio, emparentado con el emperador Miguel III (842-867), ocupaba altos cargos en la corte, cuando en 857 se produjo un conflicto entre el regente Bardas, tío del emperador y el patriarca Ignacio (846-857). Ignacio fue depuesto, desterrado y reemplazado por Focio, que se mostraba más complaciente con Bardas. En seis días recibió todas las órdenes sacerdotales y en Navidad de 857 fue consagrado patriarca por el obispo Gregorio Asbestas de Siracusa, que, a su vez, había sido excomulgado por el depuesto Ignacio. Con eso Focio había cometido al menos tres faltas graves contra el derecho eclesiástico. Después de haber intentado en vano que Ignacio renunciase a su sede, el emperador trató de obtener del Papa Nicolás I (858-867) el reconocimiento de Focio como patriarca. En una carta en que presentaba una versión gravemente torcida de los hechos, rogó al obispo de Roma que enviara legados para tratar el asunto en un sínodo en la capital. Focio añadió su propia carta, muy respetuosa, a la misiva imperial. El requerido sínodo tuvo lugar en la basílica de Santa Sofía en mayo de 861 y los dos legados papales aceptaron la deposición de Ignacio y la sucesión de Focio. Los legados del Papa retornaron a Roma con otras cartas y la compañía de un alto ministro del emperador, a fin de proporcionar aun más explicaciones. En todas estas cartas tanto el regente Bardas como Focio reconocían enfáticamente el primado romano e invocaban la jurisdicción del Papa para confirmar lo que había sucedido. Mientras tanto el exiliado Ignacio envió al Papa a su amigo el archimandrita Teognosto, para avanzar su propia versión de los hechos. Nicolás I, después de haber escuchado de este modo ambas partes, se decidió por la causa de Ignacio y exigió su reposición en la sede constantinopolitana y el retiro de Focio. Esta decisión fue comunicada a los patriarcas de Oriente y confirmada por un sínodo en Letrán en 863.

Pero Focio tenía al emperador y a toda la corte de su parte. Para evitar el cumplimiento de las disposiciones del Papa, a quien había apelado, optó por denegar su autoridad. Ignacio fue encadenado y arrojado a la prisión. Durante cuatro años la tensión fue aumentando hasta que en 867 el impugnado patriarca procedió a excomulgar al Papa «y a todos los latinos». En una carta encíclica enviada a los patriarcas de Oriente dio las siguiente razones para la condena del Papa: los latinos 1) ayunaban en sábado; 2) comenzaban la Cuaresma en miércoles de ceniza, en vez de tres días antes, como lo hacían las Iglesias de Oriente; 3) prohibían el matrimonio de los sacerdotes; 4) no permitían que la confirmación fuese conferida por sacerdotes; 5) habían añadido el Filioque al credo. Por este motivo, declaraba el patriarca, que el Papa y los latinos eran «fautores de apostasía, servidores del Anticristo, merecedores de mil muertes, embusteros y luchadores contra Dios».

Entonces, de improviso (septiembre de 867), sobrevino la caída de Focio. El emperador Miguel III había sido asesinado y sucedido por Basilio I el Macedonio (867-886). Focio fue expulsado de la residencia patriarcal, en la que volvió a entrar triunfalmente Ignacio. Este rogó al Papa Adriano II (867-872), sucesor de Nicolás I, que enviara legados para un concilio a celebrarse en Constantinopla. Después de la llegada de los tres legados papales, en octubre de 869 fue inaugurado el concilio, que los católicos reconocen como VIII Concilio ecuménico y IV de Constantinopla. En él Focio fue sometido a juicio, confirmada su deposición y, como se negase a renunciar al patriarcado, fue excomulgado. Como destierro le fue fijado el monasterio de Stenos en el Bósforo. Allí residió siete años, estudiando, escribiendo cartas y esperando mejor ocasión. Esta se hizo cada vez más próxima en la medida en que Focio lograba conquistar la confianza del emperador Basilio. En 876 éste lo mandó llamar y lo nombró tutor de su hijo Constantino. En 877, al morir el patriarca Ignacio, el emperador Basilio envió una embajada a Roma, para explicar al Papa (Juan VIII, 872-882) que Focio era el candidato deseado por todos. El Papa dio su reconocimiento y absolvió al ex patriarca de sus anteriores censuras. Con la asistencia de tres legados papales sesionó un nuevo sínodo constantinopolitano en 879. El rehabilitado, al sentirse seguro y fuerte, renovó todas sus acusaciones contra Roma, especialmente la del Filioque. Todo terminó en una nueva excomunión de Focio por parte del Papa y esta vez el cisma duró hasta la muerte del emperador Basilio I en 886. Fue sucedido por su hijo León VI (886-912), quien era totalmente contrario a Focio y por lo tanto lo depuso en el primer año de su gobierno. Así el turbulento personaje desapareció de la escena pública y murió retirado en un monasterio alrededor del año 891. El cisma con Roma se remedió algunos años después de su muerte, pero el daño estaba hecho, el partido anti-romano fue haciéndose cada vez más influyente, hasta que con el patriarca Miguel Cerulario, miembro de este partido, el cisma se hizo definitivo en 1054. Autores hay que juzgan con mayor benignidad la persona de Focio; pero aunque el tratado «Contra aquellos que afirman que Roma es la primera sede» no fuera directamente de él, sino de alguno de sus discípulos, es difícil absolverlo de haber sido el principal promotor de la ruptura entre las Iglesias de Oriente y de Occidente. Y lo fue, no porque en el fondo dudase del primado de Pedro, sino por sus insaciables e inescrupulosas miras personales.

Tampoco el emperador Enrique IV del Sacro Imperio Romano de Naciones Germánicas (1050-1106), formidable adversario del Papa Gregorio VII (1073-1085), ignoraba el significado de la Silla apostólica de Roma, puesto que hizo elegir y apoyó por largos años al antipapa Clemente III, pero no estaba dispuesto a renunciar a su abusivo derecho de nombrar él mismo a los obispos del imperio [3]. El monje benedictino Hildebrando había sido ya como abad y cardenal permanente impulsor de la renovación de la Iglesia que, después que llegara a ser Papa como Gregorio VII, se conoció con el nombre de «reforma gregoriana». Resumiendo mucho, se podría decir que dicha reforma se encaminó a devolver a la Iglesia su libertad en sus tres principales estamentos: 1. el Papado (elección del Papa reservada exclusivamente al colegio de cardenales, para impedir la intromisión de las grandes familias romanas y del emperador); 2. El episcopado (elección de los obispos reservada al Papa, excluyendo al poder civil); 3. el clero diocesano (el celibato como norma, para evitar la formación de clanes familiares que vivían a costa de las parroquias). Esta libertad de la Iglesia le permitiría a su vez afirmar la primacía de la autoridad espiritual sobre la imperial. Esto último, que comúnmente se le ha echado en cara a Gregorio VII como un desorbitado intento de implantar una teocracia, no era más que la expresión de la doctrina católica de una correlación armónica entre el poder civil y el eclesiástico, formulada, eso sí, en conceptos y términos medievales (vasallajes, relaciones). Los términos del Dictatus Papae que suenan ásperos a un oído moderno, deberían ser interpretados y mejor comprendidos a la luz de la encíclica Quas primas sobre Cristo Rey, promulgada en 1925 por Pío XI.

Las etapas del enfrentamiento entre el Papa y el emperador son conocidas: A la exhortación de Gregorio VII de que el emperador renunciase a la investidura de los obispos, Enrique IV respondió en enero de 1076 declarando depuesto al que llamaba con deliberado despecho «monje Hildebrando». Un mes más tarde el Papa lo excomulgaba. Los príncipes alemanes se rebelaron entonces contra el emperador. Este debió trasladarse rápidamente a Italia para obtener la absolución de una censura que echaba por tierra su autoridad. El encuentro entre Gregorio y Enrique, que se presentó en hábito de penitente, tuvo lugar en 1077 en el castillo de Canossa, en los Apeninos. Enrique obtuvo la absolución, lo que significaba una victoria política para él, pero, al no cumplir ninguna de sus promesas dadas al Papa, fue excomulgado por éste por segunda vez en 1080. El emperador convocó a un concilio en Maguncia, para deponer por su lado al Papa. Como acudiesen tan sólo 19 obispos dispuestos a este acto de sumisión al poder terreno, Enrique convocó para junio de 1080 a una segunda asamblea en la ciudad de Bressanone (Brixen) en el Tirol, anunciando que se trataría de la pacificación del reino y de la Iglesia, cosa que no se podía obtener de otro modo sino «cortando la cabeza de la hedionda serpiente, de cuyo aliento venenoso se habían generado todos estos males».

Esta vez fueron treinta los obispos obsecuentes, entre ellos un cardenal. El decreto de deposición del pontífice, que por su recurso a la truculencia constituye una pieza de antología, merece ser citado en su totalidad:

«Ha parecido justo a los presentes y al gloriosísimo príncipe Enrique que al juicio de los obispos, a la sentencia de la ira divina, precediese la violencia, a fi n de que la potencia real pueda perseguir con mayor libertad a uno que ya ha sido legítimamente depuesto. ¿Quién hay, pues, que habiéndolo conocido, se abstenga de lanzar su maldición a quien desde niño no ha tenido otra mira que imponerse a los otros con su prepotencia, sin respaldo de ningún mérito efectivo, y antepuso sus fantasías personales a las prescripciones de la Sagrada Escritura y que tenía por costumbre aparecer como monje sin serlo en realidad, que se cree exento de la disciplina eclesiástica y asiste a espectáculos teatrales obscenos más asiduamente que los laicos y observa las mesas de los cambistas que se aglomeran bajo el pórtico de la iglesia de San Pedro por instinto de lucro? Con estas prácticas acumuló dinero, compró el cargo de abad en San Pablo suplantando al abad legítimo y ambicionando el arcedianato sedujo, engañándolo, a un tal Mancio, para que le cediese el oficio. Contra la voluntad del Papa Nicolás organizó una ruidosa demostración en su favor y se hizo nombrar ecónomo. Se le ha probado el homicidio de cuatro pontífices romanos, a quienes les administraba el veneno sirviéndose de una persona de su confianza, Juan el Brazudo, como declaró éste antes de morir, entre gritos desesperados y ante el estupor de los presentes. En fi n, este pestífero hombre, ya tantas veces nombrado, en la noche en que se realizaban los funerales del difunto Papa Alejandro, armó las puertas y los puentes de Roma, las torres y los arcos de triunfo, ocupó Letrán con tropas mercenarias: para cerrarle la boca al clero, que no quería saber nada de él, hizo amenazar a todos con las espadas desenvainadas y, antes de que el cuerpo del Papa difunto hubiera recibido sepultura, ocupó la cátedra que tanto tiempo había asediado. «Y habiéndole recordado alguno el decreto del Papa Nicolás, promulgado bajo pena de anatema en la presencia de 125 obispos y con su propio consentimiento, de que si alguno presumía hacerse elegir Papa sin el consentimiento del rey debía considerarse no apostólico sino apóstata, Gregorio había respondido que nada sabía de rey ni reyes, ya que además tenía la facultad de anular las sentencias de sus predecesores. ¿Qué más? No solamente Roma sino todo el orbe cristiano atestigua que él no fue elegido por Dios sino por sí mismo, con la violencia, el fraude, el dinero vergonzosamente adquirido; sus frutos atestiguan su raíz, sus obras manifiestan su ánimo puesto que él subvirtió el orden eclesiástico turbando el funcionamiento del imperio cristiano; atentó contra la vida y el alma de un rey católico y amante de la paz, defendió a un falso rey perjuro, sembró cizaña allí donde existía la concordia; creó lides entre los príncipes, escándalos entre hermanos, divorcios entre cónyuges; en fi n, ha llevado el desorden a todo lugar tranquilo y entre la gente que vivía piadosamente. «Por todo esto, nosotros aquí reunidos en nombre de Dios, apoyándonos sobre la adhesión de diecinueve obispos, que en el santo día del último Pentecostés se congregaron en Maguncia contra el antedicho provocador Hildebrando, predicador sacrílego e incendiario, defensor de homicidas y perjuros, poniendo en cuestión la fe católica y apostólica sobre el cuerpo y la sangre del Señor y discípulo antiguo del hereje Berengario, cultor manifiesto de sueños y de artes adivinatorias, nigromante agitado por espíritu pitónico y por esto hereje, lo juzgamos digno de ser depuesto y expulsado y, en el caso de que no descienda de la silla pontifical a nuestra intimación, merecedor de condena perpetua» [4].

Depuesto en esta forma el Vicario de Cristo, se procedió a elegir un sucesor. El obispo Tebaldo de Milán rehusó el cargo, pero Wibaldo de Ravena (excomulgado por el Papa desde 1078) lo aceptó y fue entronizado con el nombre de Clemente III. El emperador se arrodilló ante su criatura y se decidió marchar contra Roma. Gregorio, después de oponer una larga resistencia, tuvo finalmente que refugiarse donde sus aliados normandos en Salerno. Enrique IV pudo saborear un efímero triunfo cuando en Pascua de 1084 en la basílica de San Pedro fuera coronado emperador por el antipapa Clemente III. Gregorio, al morir el 25 de mayo de 1085 en Salerno, resumió su trayectoria con las palabras «Amé la justicia y odié la iniquidad, por eso muero en el exilio». A pesar de esta derrota total a los ojos del mundo, los ideales de Gregorio VII triunfaron a la larga: en 1122 se firmaría el concordato de Worms entre Enrique V, el hijo del Enrique anterior (muerto en 1106, después de ser derrocado por su propio hijo) y el Papa Calixto II, sucesor legítimo de Gregorio.

Encarnaciones modernas de la antigua vejez espiritual

Entre los Papas que llevaron el nombre de Pío hubo varios que tuvieron que sufrir con especial intensidad la enemistad del poder secular, ignorante del sentido y valor del primado de Pedro. Recordamos especialmente a Pío VI (1775-1799), humillado por los gobernantes de la Ilustración, tanto los monárquicos como los republicanos de la Revolución francesa; a Pío VII (1800-1823), oprimido por la prepotencia de Napoleón; Pío IX (1848-1878), blanco permanente del liberalismo derivado de la Revolución y privado finalmente de los estados pontificios; Pío XI (1922-1939) y Pío XII (1939-1958), en serias dificultades con los totalitarismos modernos.

El caso de Pío VI, que generalmente no suscita la atención que se merece, es particularmente revelador de las consecuencias más sombrías de la Ilustración. Ya su elección provocó la resistencia de las monarquías más comprometidas con la expulsión y supresión de la Compañía de Jesús perpetradas pocos años antes, porque se le suponía favorable a los jesuitas. Ciertamente lo era, pero estaba impedido de revocar el decreto de supresión de 1773. En cambio, ordenó la liberación del Prepósito general Ricci, prisionero en el castillo de San Ángel, que desgraciadamente falleció antes de poder salir de su injusta prisión. Por pedido de Federico II de Prusia, Pío VI permitió que los jesuitas pudieran seguir regentando sus colegios en sus estados y en la Rusia de Catalina II permitió la ininterrumpida continuación de la Orden. En los monarcas católicos, imbuidos por las ideas de la Ilustración, lamentablemente no encontró la comprensión que le dispensaron soberanos protestantes y ortodoxos. En el Sacro Imperio, José II prohibió a los obispos todo recurso a Roma y suprimió una gran cantidad de monasterios, especialmente contemplativos. Tan grave era la situación que el Papa resolvió viajar a Viena, a donde llegó en marzo de 1782. Aunque el emperador lo recibió con respeto, su primer ministro Kaunitz, descuidó hasta las reglas ordinarias de la etiqueta. Todo lo que el Papa pudo obtener del emperador fue la promesa de que sus «reformas» eclesiásticas irían a respetar el dogma católico y la dignidad del sucesor de Pedro. José II acompañó al pontífice en su viaje de regreso hasta el monasterio de Mariabrunn, pero a pocas horas de su separación, decretó la supresión de dicho cenobio. Apenas de vuelta en Roma, Pío VI se vio obligado a protestar contra la injustificable confiscación de propiedad eclesiástica en Austria. Pero cuando José II, impertérrito, suplió la sede vacante de Milán por su propia autoridad y en forma inconsulta, el Papa lo amenazó de excomunión. En diciembre de 1783 el emperador apareció inesperadamente en Roma «para retribuir la visita de Su Santidad». Al mismo tiempo confesó al embajador de España que estaba decidido a continuar con sus «reformas» eclesiásticas, hasta alcanzar, si fuera necesario, la completa separación de la Iglesia en el Sacro Imperio con respecto de Roma. Para evitar lo peor, Pío VI le cedió el derecho de nominación de los obispos en los ducados de Milán y de Mantua.

El ejemplo de José II fue imitado en Toscana por su hermano, el gran duque Leopoldo II y el obispo Escipión Ricci de Pistoia. Las medidas anti papales culminaron en 1786 en el sínodo de Pistoia, que sancionó las doctrinas de Jansenio y Quesnel y eliminó la supremacía papal. El Papa tuvo que condenar 85 proposiciones de este sínodo. En Alemania los tres arzobispos electores de Colonia, Tréveris y Maguncia y el de Salzburgo, influidos por las corrientes «ilustradas», manifestaron veleidades de independencia de la autoridad papal. También en España, Cerdeña y Venecia se daban actitudes parecidas. Pero el que más lejos llevó la política josefinista fue Fernando IV del reino de Las Dos Sicilias, que rehusó el exequatur a todos los breves papales obtenidos sin su permiso y reclamó el derecho de la nominación de los cargos eclesiásticos. Como el Papa no diera su reconocimiento a los obispos nombrados por el rey, en 1789 se habían producido en el solo reino de Nápoles sesenta sedes vacantes. A su vez el rey rehusó el reconocimiento de los derechos de la Santa Sede, que habían estado vigentes durante ocho siglos. Parecían haber vuelto los tiempos de las luchas por las investiduras en el siglo XI.

Todos estos desmanes de los déspotas ilustrados se producían a pocos años de que la Revolución Francesa y Napoleón los barrieran a todos del escenario de la historia. Después de la Revolución Francesa, en 1791, Pío VI rechazó la Constitución civil del clero, declaró suspendidos a los sacerdotes que habían prestado el respectivo juramento y protestó contra la ejecución de Luis XVI. El gobierno revolucionario se vengó anexando los antiguos territorios papales de Aviñón y Venaissin. En 1796 Napoleón, en ese momento tan solo general de la Revolución, invadió los estados papales y en Boloña en junio del mismo año dictó los términos de una tregua: multa de 21 millones de francos, liberación de todos los presos políticos, ocupación de la Romaña por las tropas francesas, etc. (id.). En la subsiguiente paz de Tolentino (febrero de 1797), Napoleón añadió a la multa de 15 millones de francos y a la cesión de Ferrara, Boloña y toda la Romaña, una nueva modalidad de vencedor: la entrega forzosa de numerosas obras de arte y manuscritos de las bibliotecas. En febrero de 1798 las tropas francesas ocuparon Roma y proclamaron la república. Como el Papa no acatara este hecho fue tomado prisionero y trasladado, a pesar de su débil estado de salud, a territorio francés, donde sucumbió a sus sufrimientos en la ciudad de Valence, el 29 de agosto de 1799. En la inhumación quitada de toda solemnidad a que se procedió allí mismo, flotaba en el aire la sensación de que con él se había sepultado a todo el papado. Curioso es el dato de que Napoleón, entonces o en otra ocasión, habría dicho que si él no fuera Napoleón, le habría gustado ser Gregorio VII.

A pesar de esta sentencia de muerte de una institución y de un primado considerado ya obsoleto e innecesario para los nuevos tiempos, 34 cardenales consideraron que había que elegir de todos modos un nuevo pontífice. Como era imposible celebrar el cónclave en Roma, a causa de la presencia de las tropas francesas, se decidió realizarlo en Venecia, ciudad que en aquel inicio del siglo XIX era territorio austríaco. La dependencia de Austria era absoluta, no sólo por el lugar y porque el emperador corría con todos los gastos, sino porque el cardenal Herzan actuaba como comisionado del soberano, obstruyendo con repetidos vetos el proceso de la elección. Después de cuatro meses de sesiones, por fi n salió elegido el cardenal benedictino Chiaramonti, que fue entronizado el 21 de marzo del año 1800 con el nombre de Pío VII.

Tribulaciones del Papa Pío VII (1800-1823)

Napoleón actuó con él con toda la prepotencia de su carácter. En 1804 lo obligó a asistir en París a su autocoronación como emperador de los franceses, nada más que para realzar la fastuosa ceremonia de su propia glorificación. Más tarde lo deportó a Francia y lo mantuvo incomunicado en el palacio de Fontainebleu desde 1809 hasta 1814. Sólo la derrota del emperador francés en Rusia significó para el Papa la recuperación de su libertad y su retorno a Roma. Después del destierro de Napoleón a la isla de Santa Elena, Pío VII acogió a toda la parentela del derrotado corso en Roma, preocupándose
paternalmente por cada miembro de la humillada familia. Tribulaciones del Papa Pío IX (1846-1878) Aparte de las numerosas expropiaciones de los bienes de la Iglesia en todos los países gobernados por liberales y masones, tuvo que sufrir en 1870 la pérdida de los estados pontificios y se recluyó como prisionero voluntario en el Vaticano.

Tribulaciones del Papa León XIII (1878-1902)

Hubo de sufrir la política del canciller Bismarck del «Kulturkampf», que culminó con la expulsión de las órdenes religiosas de Alemania.

Tribulaciones del Papa Pío X (1902-1914)

En 1905, en Francia, la «ley Combes» que por medio de la separación de Iglesia y Estado y nuevas expulsiones de órdenes religiosas, consagró en aquella nación un laicismo hostil a la Iglesia.

Tribulaciones del Papa Pío XI (1922-1939)

Aunque los Tratados de Letrán en 1929 solucionaron el conflicto con Italia y consolidaron la existencia del minúsculo Estado del Vaticano, hubo violentas persecuciones de los católicos en la Unión Soviética (durante los regímenes de Lenin y Stalin), México (1926-1929) y España (1936-1939). El régimen hitleriano en Alemania suprimió todas las organizaciones sociales católicas. En una sola semana el Papa alertó al mundo sobre los graves peligros del nazismo en la encíclica Mit brennender Sorge (14 de marzo de 1937) y del comunismo ateo en la Divini Redemptoris (19 de marzo de 1937), mucho antes de que se conocieran los campos de exterminio nazis y soviéticos.

Tribulaciones del Papa Pío XII (1939-1958)

Aunque fue respetada su libertad personal en el Vaticano, sufrió mucho por las persecuciones sistemáticas de los totalitarismos modernos, especialmente por la de los judíos de parte del nacionalismo y la de los católicos detrás de la cortina de hierro.

Sofar o «destrucción de la atalaya» o «el que destruye al vigía»

Con esta etimología popular de San Gregorio Magno ofrecida en el Prefacio (16) de sus Moralia in Job, encabezamos la referencia al tercer grupo de los adversarios del Primado de Pedro, el de los que simplemente lo niegan y rehúsan reconocer el lazo entre la palabra de Cristo y el gobierno de la Iglesia. El comentario que proporciona San Gregorio parece sorprendentemente adecuado para los negadores del Primado: «La mente de los fi eles se eleva a la contemplación de los misterios celestes, pero los herejes, como desean pervertir a los que contemplan las palabras verdaderas, se esfuerzan en destruir la atalaya desde la que se contempla».

Ciertamente en este sentido Martín Lutero fue el más poderoso destructor de atalayas, al desconocer no sólo la autoridad del Papa con que comenzó a enfrentarse, León X, sino negando simultáneamente la misma necesidad de una autoridad que garantizase la unidad, estabilidad y crecimiento de la Iglesia, con los resultados que están a la vista. Su diatriba antipapal –ya se ha dicho– fue tremenda y constante, hasta culminar en 1545, un año antes de su muerte, en el paroxismo del escrito Wider das Papsttum zu Rom, vom Teufel gestiftet, es decir, «Contra el Papado de Roma, instituido por el diablo». La síntesis de su alegato consiste en que, según él, la fe en Cristo había sido sustituida por la obediencia al Papa y esto por la diabólica, falsa y retorcida exégesis de Mt. 16,18. Tal manipulación de la palabra de Cristo la deshace Lutero en varias páginas de rica y contundente prosa con su propia interpretación. En el uso de los argumentos históricos no procede con mucho cuidado. Así, por ejemplo, interpreta la refutación que hace San Gregorio Magno de la pretensión del patriarca de Constantinopla de asumir el título de ecuménico, como su propia renuncia a toda jurisdicción universal. De este modo, según él, Gregorio habría sido el último obispo de Roma. Su sucesor Sabiniano (604-606), por su pretensión a la superioridad sobre los demás obispos habría sido el primer Papa y, como tal, «un verdadero espantajo, como lo son todos los Papas». Pero la cólera divina se intensifi có con el sucesor de éste, Bonifacio III (607): «Este Bonifacio obtuvo del asesino de emperadores, Focas, que él fuera el superior de todos los obispos en todo el mundo. He aquí el origen y comienzo del Papado y su creador fue Focas, el que hizo decapitar a su señor el emperador Mauricio, junto con su esposa y sus hijos». Si espurio fue su origen, torcido y mañoso fue el recurso de los Papas a la palabra de Cristo en Mateo 16,18. El motivo de esta fundamentación bíblica para Lutero no sólo procedía del error, sino de la mentira y la maldad, ya que para él los Papas habían sido siempre «abominables mentirosos, blasfemadores de la Palabra divina, bribones desesperados». Termina el reformador su ácida diatriba declarando que no quiere seguir revolviendo los excrementos y pestilencias infernales del diablo. «El que quiera escuchar a Dios, que lea las Sagradas Escrituras, el que quiera escuchar a Satanás que lea los decretos y las bulas del Papa… Ay, ay, ay del que termine llegando a ser Papa o cardenal, mejor sería para él que nunca hubiera nacido. Judas traicionó al Señor y lo entregó a la muerte, pero el Papa traiciona y corrompe a la Iglesia cristiana, que el Señor amó y apreció más que a sí mismo y su sangre; porque él mismo se inmoló por ella. Ay de ti, Papa!» Hasta aquí las casi últimas palabras del reformador.

Aunque los protestantes de nuestro tiempo no suscribirían estas expresiones de su primer fundador, subsiste en ellos la convicción de la ausencia de fundamentos bíblicos del primado petrino y de su utilidad muy relativa. En la Encyclopédie du protestantisme editada en París y Ginebra el año 1995 se lee bajo la entrada «Papado» lo siguiente: «Sistema de gobierno de la Iglesia, propia del catolicismo romano, en el cual el obispo de Roma ejerce la autoridad suprema en razón de ser sucesor de Pedro». Partiendo de la igualdad de todos los obispados en el comienzo, se habría llegado en el siglo IV a la pentarquía, el primado de las cinco primeras sedes apostólicas: Jerusalén, Antioquía, Alejandría, Constantinopla, Roma, todas iguales en derecho. «Sin embargo, los obispos de Roma comenzaron a reivindicar muy pronto una posición de preeminencia, por dos razones al menos; la primera se apoya en Mt. 16, 18-19, la segunda en la importancia histórica de Roma». A continuación la enciclopedia procede a deshacer ambos argumentos. Ilustra este artículo una caricatura de Clemente X.

Como se ve: se han evitado palabras ofensivas, pero la «explicación» del primado petrino no se distancia demasiado de la de Martín Lutero.

Roma, abril de 2005, «lo que hemos visto con nuestros propios ojos»

Lo que ha sido visto y contemplado por todo el mundo en la Roma eterna en abril de 2005, no puede sino suscitar una especial inquietud. Inquietud para los distantes e indiferentes: ¿Un espectáculo de típico folclor católico, aprovechado hábilmente por los medios de comunicación? Habría que pedir la receta de este éxito mediático, aprovechable quizás para otros fines, como por ejemplo, elecciones. Inquietud para los protestantes serios y comprometidos: ¿Se habrá tratado de otro ejemplo de adoración del becerro de oro? ¿Un culto como Dios no lo quiere ni pide? ¿Será verdad que el Papado ha sido instituido por el diablo? Inquietud para los católicos verdaderamente practicantes: Cristo ha manifestado gloriosamente la permanencia de su palabra divina, la vigencia de sus encargos sagrados al apóstol Pedro, que se han sobrepuesto a todos los adversarios y negadores. ¿Pero qué consecuencias debemos sacar del hecho de que vimos por un instante que las puertas del infierno no prevalecerán contra la Iglesia?

En medio de tanto júbilo Benedicto XVI ha pronunciado una palabra clave: «dictadura del relativismo». Juan Pablo II había hablado de «la intolerancia de los tolerantes». Que haya agnósticos, ateos, relativistas no es novedad; pero que «esté en vías de constituirse una dictadura del relativismo», como ha dicho Benedicto XVI, es novedad. Y es el gran desafío para los cristianos, ya que ellos, con su autodemolición y desunión han contribuido sustancialmente a la existencia del ateísmo.

El ateísmo es un error. La unión de los cristianos debe subsanarlo. El ateísmo es una desgracia: La misericordia de los cristianos nuevamente unidos debe curarla.

El ateísmo es una ignorancia voluntaria: La verdad que emana de la unión de los cristianos debe deshacerla.

El ateísmo es un gran peligro. El celo de los cristianos unidos debe derrotarlo.

«Que todos sean uno, como tú, Padre en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, a fi n de que el mundo crea que tú me enviaste» (Jn. 17,21).


NOTAS 

[1] Cf. L. J. Rogier en Nueva historia de la Iglesia IV, De la Ilustración a la Restauración. Madrid, 1977.
[2] Bien resume esta magnífica realidad, la palabra del recién electo Papa Benedicto XVI, en su primer mensaje al final de la celebración eucarística con los cardenales electores en la Capilla Sixtina: «Los funerales de Juan Pablo II han sido una experiencia verdaderamente extraordinaria en la que se ha percibido de alguna forma la potencia de Dios que, a través de su Iglesia, quiere formar con todos los pueblos una gran familia, mediante la fuerza unificadora de la Verdad y del Amor. En la hora de la muerte, conformado con su Maestro y Señor, Juan Pablo II coronó su largo y fecundo pontificado, confirmando en la fe al pueblo cristiano, reuniéndolo en torno a sí y haciendo sentirse más unida a la entera familia humana».
[3] Cf. Pablo Héctor Santangelo, Gregorio VII y su siglo. Traducción del italiano. Buenos Aires, 1953
[4] Este asombroso testimonio de prepotencia del poder temporal frente al Papa puede leerse en Monumenta Germaniae historica (MGH), Leg II, 51-52.

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