El día 7 de noviembre de 2010 se ha celebrado un evento histórico y universal en la ciudad y arzobispado de Barcelona. Ha sido la dedicación del templo de la Sagrada Familia presidida por el Santo Padre Benedicto XVI. Cuantos pudimos participar en la asamblea litúrgica de aquella celebración y los muchos millones que pudieron seguirla a través de los medios de comunicación, conservamos un recuerdo inolvidable para siempre. El mismo Santo Padre al final de la celebración me manifestó que nunca la olvidaría.

A la belleza de la liturgia cristiana propia del rito de la dedicación de una iglesia y de un altar, se añadía en esta ocasión la belleza maravillosa y me atrevería a decir “única” del templo de la Sagrada Familia, proyectado por el arquitecto catalán Antoni Gaudí en el año 1883 e iniciado por él mismo y que después de 128 años el Santo Padre ha dedicado a Dios para la celebración del culto litúrgico.

Pienso que la mañana de aquel domingo de la dedicación, pudimos contemplar y gozar al máximo de la majestuosidad, belleza y simbología de la basílica de la Sagrada Familia. Me atrevo a decir que fue la debida contemplación y goce de esta construcción de Gaudí. Porque fue con dicha celebración litúrgica que se realizaba el sueño de nuestro arquitecto genial y siervo de Dios. La lectura y reflexión asidua de la Palabra de Dios le llevó a estructurar su templo inspirándose sobre todo en la visión del profeta Ezequiel relativa al nuevo templo de la Nueva Jerusalén (capítulos 40-48) y en los capítulos 4 y 6 y especialmente 21 y 22 del libro del Apocalipsis sobre la Jerusalén celestial, la ciudad de Dios y de los hombres. El sueño de Gaudí es el sueño de todos los constructores de catedrales: representar la Jerusalén celestial, la ciudad nueva y santa que “baja del cielo, viniendo de la presencia de Dios, como una novia que se engalana para su esposo” (Ap 21, 2). Así, pudimos contemplar aquello que soñó su arquitecto en proyectar su obra cumbre.

Cuando preguntaban a Antoni Gaudí quién terminaría el templo de la Sagrada Familia, dado lo ambicioso del proyecto, él siempre respondía que lo terminaría San José. Nuestro arquitecto solía decir que en la Sagrada Familia todo es providencial. Pues sí, ciertamente que es providencial, porque quien ha terminado el templo en su interior para dedicarlo al culto con su dedicación después de 128 años de haberse iniciado, ha sido un Papa que lleva el nombre de José por su bautismo. Antoni Gaudí, además de inspirarse en el libro de las Sagradas Escrituras, se inspiraba en otros dos libros más: la naturaleza y la liturgia. Eran los tres libros que enseñaron a nuestro arquitecto las formas y las técnicas. Así lo dijo el Santo Padre en la homilía: “En este recinto, Gaudí quiso vivir la inspiración que le llegaba de los tres grandes libros en los que se alimentaba como hombre, como creyente y como arquitecto… Así unió la realidad del mundo y la historia de la salvación, tal como nos es narrada en la Biblia y actualizada en la Liturgia”. Gaudí fue un contemplativo de la naturaleza. Son suficientemente conocidas sus raíces franciscanas y que dan un toque de hermandad universal y de amor fraterno a todas las criaturas de Dios en la obra de nuestro arquitecto, que sentía una gran admiración por la figura de San Francisco de Asís. Contemplativo de la creación, Gaudí dirá que “el gran libro, siempre abierto y que es necesario esforzarse en leer, es el de la naturaleza; los otros libros son sacados de éste y hay las equivocaciones e interpretaciones de los hombres. Todo sale del gran libro de la naturaleza; las obras de los hombres son ya un libro impreso. Este árbol cerca de mi despacho: éste es mi maestro”. Este espíritu franciscano llevaba a Gaudí a pensar que todo en la creación alaba a su Creador según su propia naturaleza. Admiraba las criaturas pequeñas, la estética y los colores de las hierbas y las estructuras de los animalitos que observaba en el solar en donde se construía el templo. Levantando las torres sabía que en aquel lugar privará de crecer a las hierbas y de poder vivir a los animales. Por eso le gustaba colocar hierbas en los pináculos del ábside y en las bases de las columnas los animales más humildes que corrían por allí, sin olvidar los frutos de la naturaleza, poniendo un vergel en los muros del templo porque —decía el arquitecto— “colocar los medios que Dios pone a nuestra disposición para sostenernos y alimentarnos es una manera importante de agradecerle estos dones”.

La contemplación de la liturgia le ayudó a dar forma a su proyecto de la Sagrada Familia. Sabemos que en la mesita de noche tenía un libro de cabecera que leía y releía: “L’Année liturgique”, de Dom Prosper Guéranger. La obra de este famoso abad de Solesmes estará siempre a su lado, y por eso, como recuerda el que fue discípulo suyo, el arquitecto Puig Boada, Gaudí decía que “la liturgia lo tenía todo previsto”. Del culto cristiano él aprendió magistralmente a preverlo todo en la obra culminante de su vida. Especialmente en la nave central, que tiene 52 columnas, tantas como los domingos del año litúrgico, nuestro arquitecto ha plasmado todo el año litúrgico celebrado por la Iglesia.

La Sagrada Familia es, en último término, un himno a Cristo, resucitado y redentor, y al Padre que está sentado en el trono, y al Espíritu Santo que renueva la faz de la tierra. Por ello, en el punto más alto de la basílica, bajo la cruz de los cuatro brazos que corona la torre cimborio dedicada a Jesucristo, están representadas un Alfa y un Omega, símbolo de aquel que dice “Yo soy el Alfa y el Omega, el primero y el último, el principio y el fin” (Ap 23, 13) y que dice también: “Soy el que vive: estaba muerto, pero ahora vivo por los siglos de los siglos” (Ap 1, 18).

Gaudí se avanzó a nuestro tiempo, preocupados como estamos por la evangelización, y colocó fuera del templo los tres grandes retablos, ofreciendo una riquísima catequesis global a cuantos transitan por aquel lugar, que desde el Cristo encarnado, crucificado y glorioso contempla el misterio de Dios y revela el rostro del hombre hasta convertirlo en compromiso moral. Nuestro arquitecto nos invita a realizar una meditación sobre Jesucristo a través de las imágenes que se concentran en las tres fachadas que son los tres grandes acontecimientos de la Encarnación, de la Pascua y de la Glorificación del Señor. Algunos se preguntan qué significa en una ciudad europea como Barcelona, secularizada, levantar una iglesia como la de la Sagrada Familia. El emerger de este templo en el centro de la cosmopolita ciudad de Barcelona constituye una presencia de lo sagrado, de lo trascendente, en definitiva, de Dios. Aunque la cultura actual de nuestro occidente europeo es poco sensible a la trascendencia, el hombre creado a imagen y semejanza de Dios busca el sentido de la vida y suele plantearse interrogantes que trascienden el espacio y el tiempo. Pienso que no hemos de perder la riqueza del misterio porque en nuestra vida hay constantemente la presencia del misterio de Dios que muchas veces no aparece explícitamente.

La basílica de la Sagrada Familia atrae a millones de personas de todo el mundo porque la “nueva arquitectura” que Gaudí inició descansa sobre aquello que el espíritu humano busca con insistencia: la proporción, la armonía, en definitiva, la belleza. […] Podemos decir que es una cartografía de lo sagrado, un gran mapa abierto donde el mundo puede leer las grandes preguntas de la vida, del origen y del fin, del cielo y de la tierra.

Gaudí solía decir que la belleza tenía un poder provocador y atraía hacia la bondad y la verdad. Sabía que su obra invitaba y movía a la fe, que detrás de las piedras de la Sagrada Familia se manifestaba una elocuencia que decía el infinito. Se puede afirmar que este hermosísimo y originalísimo templo es también como un “atrio de los gentiles” para muchísimos de los visitantes que todavía no están dentro de la Iglesia.

Gaudí con la construcción de la Sagrada Familia era consciente de que levantaba algo singular por su profundidad, por su capacidad de emocionar y de hablar con unos registros plásticos arquitectónicamente innovadores y espiritualmente densos. Ante los millones de personas que visitan esta obra grandísima, cabe preguntarse: ¿qué les impulsa a conocer la obra de un místico cristiano, cuando muchos parecen personas religiosamente indiferentes y muchos otros ni tan sólo cristianos? ¿Este interés por la Sagrada Familia no será signo de una petición de espiritualidad?

Benedicto XVI ante la basílica de la Sagrada Familia contempló una obra que por su belleza es un signo de Dios. En la homilía de la dedicación de este templo, el Papa dijo que “la belleza es la gran necesidad del hombre, es la raíz de la que brota el tronco de nuestra paz y los frutos de nuestra esperanza. La belleza es también reveladora de Dios porque, como Él, la obra bella es pura gratuidad, invita a la libertad y arranca del egoísmo”. Ya como teólogo, Benedicto XVI ha manifestado siempre un especial interés por reflexionar sobre la belleza como camino de acceso a Dios. Al recibir el 21 de noviembre de 2009 a un numeroso grupo de artistas en el marco majestuoso de la Capilla Sixtina, el Papa recordó que dos de sus predecesores, Pablo VI y Juan Pablo II, buscaron la reconciliación entre la Iglesia y el mundo del arte. Benedicto XVI, en el discurso que les dirigió, dijo que toda forma de arte es una vía de acceso a la realidad de Dios y del hombre. Es más, el arte tiene una función reveladora: por su misma naturaleza es una llamada al Misterio. El arte no sólo ilustra, en el plan estético, los datos de la fe. El arte es, en sí mismo, un verdadero lugar teológico.

Hacia el final de su homilía, el Papa nos hizo esta confidencia: “Al contemplar admirado este recinto santo de asombrosa belleza, con tanta historia de fe, pido a Dios que en esta tierra catalana se multipliquen y consoliden nuevos testimonios de santidad, que presten al mundo el gran servicio que la Iglesia puede y debe prestar a la humanidad: ser icono de la belleza divina, llama ardiente de caridad, cauce para que el mundo crea en Aquel que Dios ha enviado (cf. Jn 6, 29)”. Y añadió: “La belleza, la santidad y el amor de Dios llevan al hombre a vivir en el mundo con esperanza”.

Otro tema central de los mensajes del Santo Padre en su visita apostólica ha sido el de Dios. El Papa afirmó que “es una tragedia que en Europa, sobre todo en el siglo XIX, se afirmase y divulgase la convicción de que Dios es el antagonista del hombre y el enemigo de su libertad. Con esto se quería ensombrecer la verdadera fe bíblica en Dios”. Dios es amigo de los hombres y nos invita a ser amigos suyos. Gaudí con su obra llena de belleza, de exaltación de la naturaleza creada por Dios y rica en simbología bíblica, teológica, litúrgica y catequética, “nos muestra —dice el Papa— que Dios es la verdadera medida del hombre. Dios es el origen de nuestro ser y comienzo y cúspide de nuestra libertad; no su oponente”. El secreto de la auténtica originalidad de este maravilloso templo que ha deslumbrado al mundo está, como decía Gaudí, en volver al origen que es Dios. El arquitecto de la Sagrada Familia, abriendo su espíritu a Dios, ha sido capaz de crear en la ciudad de Barcelona un espacio de belleza, de fe y de esperanza que lleva al hombre al encuentro con quien es la Verdad y la Belleza misma.

La visita del Santo Padre ha traído a mi memoria, las referencias a Gaudí, un hecho y un deseo. El hecho es que, en vida del arquitecto, visitó las obras de la Sagrada Familia, entonces sólo en sus comienzos, el nuncio del Papa en España, que se llamaba Francesco Ragonesi. Entusiasmado por lo que le explicaba el maestro sobre su gran proyecto, el nuncio le dijo: “¡Es usted el Dante de la arquitectura!”. El deseo es que un día no lejano, si ésta es la decisión de la Iglesia, el marco incomparable de la nueva basílica acoja la solemne beatificación del siervo de Dios Antoni Gaudí, arquitecto genial y cristiano ejemplar cuyo sepulcro se conserva en la cripta del templo.

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