A Antropología y Cultura

Raíz, identidad y dinamismo cultural

En el Bicentenario 1810-2010, ¿qué celebramos?

¿Qué celebramos?

Si tomamos el Bicentenario como una efeméride, tendríamos que responder que celebramos agradecidos el inicio de un proceso político orientado a la construcción de una república soberana. Sin embargo, si consideramos las fiestas patrias como las entiende nuestro pueblo, deberíamos dirigir, más bien, la mirada hacia nuestras tradiciones culturales populares, al canto y al baile, a la comida y bebida abundantes, a las representaciones callejeras, al desfile de las fuerzas armadas, al feriado, a la entretención, a la expresión festiva de lo que somos y de lo que nos une como nación. Ciertamente que el vínculo que nos une y que genera nuestras obligaciones sociales comienza a formarse mucho antes que el inicio de la vida republicana. Al menos, me encuentro entre quienes suscriben esa tesis. Deberíamos agregar dos siglos y medio más de historia y hablar del encuentro de los pueblos originarios y de los españoles, de la lengua, de la religión, del mestizaje, de la cultura barroca, de nuestra variada geografía y del ethos formado a través de la convivencia y de la vida cotidiana.

Sin embargo, tampoco me encuentro entre quienes afirman que la independencia es la manifestación del agotamiento de la hispanidad, un momento de disolución antes que de creación, de pérdida de identidad antes que de reforzamiento de ella. Es cierto que la unidad política hispanoamericana sustentada en la corona se fraccionó con el proceso de independencia en veinte Estados pequeños y que el esfuerzo unificador de Bolívar y San Martín, con la activa colaboración de nuestro país, no fue suficiente para la creación de un Estado continental moderno como ellos soñaron, aspiración que, no obstante, lograron transmitir a las generaciones futuras hasta el presente. Aun cuando las potencias hegemónicas de entonces lo hubiesen permitido, hipótesis altamente improbable, me parece que hubiese sido insostenible un Estado continental para una sociedad agraria, de escasa concentración urbana, de población mayoritariamente analfabeta, de líderes poco ilustrados, con fuerzas armadas no profesionalizadas y que se enfrenta, de pronto y, en cierto sentido, por sorpresa, a un gran vacío de poder, lo que fue el detonante de nuestra independencia.

Habría que decir que sucedió sólo lo que era factible que sucediera, es decir, que en las distintas regiones de América Latina se iniciara en paralelo un proceso de institucionalización republicana que tardaría varias décadas en afianzarse, superando caudillismos y rivalidades, espíritus de fronda, como definió Alberto Edwards, exilios y experimentos normativos fracasados, hasta alcanzar un cierto consenso político sobre los principios fundamentales de la organización social. Sin la unidad cultural alcanzada en los siglos precedentes hubiese sido impensable que, no obstante todas estas dificultades, se hubiese podido en pocas décadas construir una institucionalidad estable.

Identidad cultural y nacionalidad

Cuando se habla de la identidad nacional, que en nuestro caso debe dibujarse encima y no desconociendo la común identidad iberoamericana, suele caerse en idealizaciones poco realistas que se sustentan en el hecho de que, para construir un sujeto, la conciencia espontáneamente busca sus cualidades y oculta sus defectos, o lo que es peor, los proyecta sobre terceros. Hablar de identidad es también hablar de alteridad, de diferencias. Para los españoles, la alteridad la representaron los pueblos originarios, sobre quienes tuvieron que preguntarse si acaso eran humanos y tenían alma. La magnífica doctrina desarrollada por Francisco de Vitoria y la Escuela de Salamanca sobre el derecho de gentes fue una respuesta a esta elemental pregunta. Para los pueblos originarios, la alteridad eran los españoles, con sus caballos y armaduras, con su lengua escrita, con el diseño reticular de sus ciudades, con su afán de enterrar a los muertos en común y lejos de sus familias, con su valoración del oro como riqueza y no como expresión de la dignidad de los difuntos y, sobre todo, con ese doble estándar reflejado en el hecho de que mientras franciscanos y dominicos, y después las demás órdenes religiosas, los protegían en pueblos hospitales de sus propios connacionales, éstos los obligaban a trabajar en las minas y en los campos para cobrarles tributo, sometiéndolos en muchos casos a la sobreexplotación.

Esta recíproca alteridad se vio, sin embargo, disminuida cuando la población mestiza comienza a adquirir una masa crítica suficiente como para sustentar el desarrollo social, lo que ocurrió de forma relativamente rápida en muchas regiones del continente, dada la deliberada orientación de la corona hacia el mestizaje. Como acertadamente escribió Octavio Paz, el mestizo tiene la particularidad de reunir la identidad y la alteridad dentro de su propia persona, lo que no siempre es una ventaja, sino que puede ser también la causa de un desgarro interior de la identidad o de una ininterrumpida búsqueda y construcción de una identidad que nunca se alcanza. Bástenos recordar las palabras de Simón Bolívar en el Congreso de Angostura de 1819: “No somos europeos, no somos indios, sino una especie media entre los aborígenes y los españoles… Es imposible asignar con propiedad a qué familia humana pertenecemos”. Esta perplejidad bolivariana ha acompañado permanentemente nuestra historia y ha sido la causa también de su deliberado olvido. Sea como fuere, quisiera llamar la atención sobre el hecho de que la celebración del Bicentenario, al destacar la identidad de la nación con su historia republicana, no debería hacernos olvidar que nuestra sociedad es más antigua y que su población porta en sí misma la paradoja de la identidad/alteridad propia del mestizaje.

Asigno especial importancia a este reconocimiento, puesto que recién la generación de escritores del 900, que inaugura el siglo XX latinoamericano, comenzando por José Enrique Rodó y siguiendo con Manuel Ugarte, José Vasconcelos y Víctor Andrés Belaúnde, se atreve no sólo a reconocer el mestizaje, sino también, a estudiarlo como factor esencial de nuestra “síntesis viviente” para usar esta hermosa expresión del último de los nombrados. Durante el siglo XIX, con algunas honrosas excepciones, los escritores se inclinaron más bien por la romana distinción entre civilizado y bárbaro que Sarmiento popularizara en su “Facundo” y que puso al mestizo del lado de la barbarie. Tal distinción resultó funcional al pensamiento racista que se desarrollaba en Europa a partir de Gobineau y que culminó con la “limpieza étnica” germana. Felizmente en América Latina el racismo no llegó a ese extremo, pero muchas de las políticas públicas favorables a la inmigración europea en el siglo XIX contaban deliberadamente con el argumento del mejoramiento de la raza como condición del desarrollo. Implícitamente se desvalorizaba el mestizaje a partir del mito de que nunca por esa vía llegarían las razas inferiores a ser iguales a las más nobles, sino que, por el contrario, perderían su nobleza. En nuestro caso, la ambigua figura del “roto chileno”, admirado al mismo tiempo que despreciado, encarna emblemáticamente esta aparente necesidad de negar o, al menos, ocultar la condición mestiza de toda la población. Lejos estamos todavía, en todo caso, de la idea de la raza cósmica de Vasconcelos, que lo lleva a exclamar “por nuestra raza hablará el espíritu”. Cuando en lugar de esta capacidad de síntesis ha dominado el esquema hermenéutico civilizado/bárbaro, el mestizaje se ha constituido en factor de discriminación y de justificación de una aguda estratificación social dando pie para que los elementos constituyentes de nuestra realidad social se polaricen en los extremos ideológicos irreconciliables de hispanismo e indigenismo. Por muchos años celebramos el 12 de octubre, día de la hispanidad, como el día de la raza, ocultando injustamente la contribución de nuestros pueblos originarios a la síntesis cultural que nos constituye.

Francisco de Vitoria y la Escuela de Salamanca no sólo reflexionaron sobre los derechos de los pueblos originarios de América, sino también de todo el mundo. La circunnavegación del globo terráqueo realizada por Magallanes y Elcano permitió una visión completamente nueva, en que los océanos dejaron de ser esas grandes murallas que separaban la realidad de la fantasía, de lo ignoto, para convertirse en las grandes vías de comunicación entre todos los pueblos. Por ello, Vitoria comienza a hablar de la communitas orbis y no resulta difícil comprender su paternidad sobre el derecho internacional, puesto que su reflexión se había realizado teniendo en cuenta esta novedad del descubrimiento. Muchas veces se ha puesto el acento en la contraposición entre el viejo y el nuevo mundo, pasando por alto el hecho de que lo que en verdad se había descubierto era el mundo sin más, así como es.

Pienso que sólo con una amplitud de visión de este tipo se puede comprender el fenómeno del mestizaje. Así lo hicieron, al menos, nuestros grandes ensayistas latinoamericanos del siglo XX. Querían dar un sitio a nuestros pueblos en el conjunto de los pueblos de la tierra, sin desconocer a ninguno de ellos. También habría que recordar a este respecto que varios siglos antes de que Francia e Inglaterra se atribuyeran la creación de la antropología cultural o etnografía, como ha hecho notar Manuel Marzal en Perú y Ramiro Podetti en Uruguay, sus verdaderos creadores fueron Fray Bernardino de Sahagún y Vasco Quiroga en México y más tarde José de Acosta y quien se esconde bajo el pseudónimo de Guamán Poma de Ayala en la zona andina, sin que se les haya reprochado a ellos el etnocentrismo imputado a los antropólogos franceses e ingleses. Lograron además poner por escrito y salvar para la posteridad las lenguas aborígenes de muchos de nuestros pueblos originarios. Tengo la convicción de que este fue el espíritu desinteresado y caritativo con que los misioneros católicos dejaron sus países de origen para venir a América, la mayor parte de las veces, sin retorno.

Para referirse a este diálogo indispensable en la communitas orbis que tiene en cuenta los derechos comunes universales pero también las diferencias culturales se ha acuñado en nuestros días la expresión “multiculturalismo”. Aunque puedo comprender su uso, me parece una expresión que no logra satisfacer las exigencias de integración que exige una comunidad mundial. Apela solamente a la tolerancia a la diversidad, relativizando las diferencias al punto que resulte indiferente escoger una u otra. Algo análogo ocurre con la idea de hibridaje cultural propuesta por el mexicano García Canclini. Una cosa es el consumo cultural que puede ser todo lo híbrido que se quiera y otra muy distinta es la contribución que cada pueblo, encarnado e inculturado en su propia historia puede y quiere hacer a la communitas orbis. Me inclino a pensar más bien, como reflexiona Xavier Zubiri, que corresponde a la propia formalidad con que la realidad se ofrece al pensamiento, su exigencia de unidad y de totalidad. Podemos apreciar bien todas las diferencias, pero sólo las comprendemos si ellas revelan su respectividad dentro de la unidad del logos. Creo no sobreinterpretar a nuestros ensayistas latinoamericanos del siglo XX al afirmar que ellos quisieron proponer bajo el concepto de mestizaje una idea que simbolizara la unidad y totalidad de nuestra cultura, encarnada en el tipo de persona que se había forjado en las particulares circunstancias de nuestro peculiar origen y en diálogo con la cultura de todos los pueblos de la tierra.

Por mi parte, siguiendo con la idea de Zubiri, me gusta hablar de la cultura como de aquella hipótesis de realidad que cada generación le entrega a la siguiente para constituir un vínculo de solidaridad intergeneracional. Hablo de hipótesis no en el sentido que la visión que transmite la generación adulta a la más joven sea nada más que una conjetura, sino en el sentido de que sus valores y convicciones, su sabiduría, se ofrece a la libertad de la nueva generación, la que tendrá que hacerla suya después de probarla en su propia experiencia y no por imposición. Pienso que esta actitud es una exigencia de realismo para observar las identidades sociales, puesto que nunca una identidad ha sido impuesta de una generación a otra sin que el sujeto que la recibe ejerza la crítica que su razón y libertad le exigen.

Algunos importantes desafíos

Al comenzar el siglo XX, el argentino Manuel Ugarte acuñó la expresión “la Patria grande” para referirse al conjunto de América Latina. Con ello, quería decir que la historia de su propia nación debía entenderse dentro del conjunto de la historia común de América Latina, abrigando el deseo de ver en el futuro una integración mayor de todos sus países. Este pareciera ser, a los ojos de muchos, el desafío más grande que heredamos desde la independencia que disgregó la unidad iberoamericana y que se vuelve a recordar este año, puesto que son varios los países que conmemoran su bicentenario, y los que aún no lo hacen, lo harán en los próximos años. Pareciera que no es mucho lo que se ha avanzado en esta dirección, puesto que subsisten conflictos y desconfianzas. No obstante, algunos autores dedicados a la geopolítica han destacado que, en la era de los Estados continentes, un paso gigantesco para la unidad continental lo ha dado en el último tiempo Brasil al integrarse cada vez más al conjunto de países de América Latina, no sólo desde el punto de vista económico, sino también político, social y científico. La geopolítica no es mi especialidad. Pero como sociólogo dedicado a los estudios culturales, quisiera señalar que es indispensable que los pasos que se den hacia el futuro tengan como trasfondo la construcción de la communitas orbis, no sólo como suele entendérsela en la actualidad, como un atractivo y conveniente mercado o como un gran espectáculo controlado por los medios de comunicación de masas.

Hace falta ofrecer una experiencia de humanidad renovada, cultivada a partir del reconocimiento de la dignidad humana, con instituciones que le den seguridad jurídica y le ofrezcan gobernabilidad, con maestros que eduquen equilibradamente en las virtudes y no reduzcan la calidad de la educación a expectativas de rendimiento, con liderazgos orientados al bien común antes que a bienes particulares, con especial delicadeza y compasión por los más abandonados; con familias que sepan apreciar la vida en común como un espacio de gratuidad y de responsabilidad compartida, que les transmitan a sus hijos el gusto por la vida y el deseo de acrecentar la solidaridad intergeneracional, que es lo que sostiene a la sociedad en el mediano y largo plazo, con una economía que ofrezca empleos dignos y distribuya oportunidades de desarrollo para todos.

No debemos descuidar la calidad humana de nuestra convivencia y contentarnos sólo con el crecimiento económico y el desarrollo tecnológico. La reciente crisis internacional mostró que la confiabilidad, la credibilidad, la honestidad, la responsabilidad, todas ellas virtudes humanas, y la solidez institucional que en ellas reposa, son factores esenciales de la buena convivencia y de relaciones sociales nacionales e internacionales que no abdican del ideal de justicia en aras de la ganancia del corto plazo. Nadie pone hoy en duda que la información que proporciona la contabilidad monetaria opera muy eficientemente en el corto plazo, pero no muestra la misma solidez al evaluar los riesgos del mediano y largo plazo. En los países más afectados por la crisis, serán las generaciones futuras las que deberán cargar con una pesada herencia de deuda pública, de programas sociales restringidos o eliminados y de inversiones postergadas o canceladas. Con el mismo o mayor énfasis con que se habla de tener economías sanas habría que plantear la necesidad de tener sociedades sanas que no descuidan la justicia y la solidaridad intergeneracional, que con criterios de subsidiariedad reconocen el protagonismo de las personas y de los cuerpos intermedios de la sociedad civil, que consideren la cultura como el mayor patrimonio y el mayor recurso de que dispone una sociedad.

Confieso que me encuentro entre aquellos que ven con preocupación el deterioro de la calidad de nuestros vínculos sociales en las últimas décadas, especialmente por la emergencia de la así llamada “sociedad de la información”, que ha puesto a los diferentes medios de comunicación de masas, particularmente a los electrónicos, en el centro de la vida pública y también en el centro de la vida privada, desdibujando incluso los contornos de esta distinción entre lo público y lo privado. Su signo más notorio es el deterioro del lenguaje, de la capacidad narrativa de las personas y de la calidad de su comunicación. La aspiración de una comunicación interpersonal en profundidad y en búsqueda de sabiduría se ha reducido a la aspiración de permanecer conectados. Como con este cambio de mirada no se descubre nada sustantivo que relatar, se recurre cada vez con más frecuencia a sustituir este vacío con la deshonra de la vida de los demás, sea manipulando la información relativa a su vida privada, sea imputándole falsamente dichos, acciones u omisiones que o bien son difíciles de desmentir, o bien su clarificación ocurre cuando el daño ya es irreversible. He conocido en primera persona la angustia de muchos estudiantes cuyos nombres y fotografías son denostados en páginas de internet, con afirmaciones sobre sus inclinaciones sexuales, sus habilidades intelectuales, sus hábitos higiénicos y otros atributos humillantes. Como en estas redes operan sujetos amparados en el anonimato o en nombres de fantasía, los autores de estas agresiones quedan en total impunidad. Tampoco imaginé que al usar el transporte público me podría enterar sin proponérmelo de escabrosas relaciones relativas a la vida privada de personas hablando por teléfonos celulares con total desvergüenza y desfachatez.

El deterioro del lenguaje es signo de un deterioro mayor, personal, de un espíritu que ya no sabe apreciar el silencio que suscita el misterio presente en la dignidad de cada persona humana, justamente por su condición espiritual. No se trata solamente de una pérdida de valores, sino de la condición básica irrenunciable para que existan valores, que no es otra que el cultivo del espíritu para que sea capaz de contemplar la dignidad sagrada del existir humano. Sin poder hablar de esto, el habla se transforma en habladuría, en parloteo, en infructuoso intento de llenar el vacío de un espíritu ausente. Como plantea el sociólogo alemán Niklas Luhmann, la comunicación pareciera ser autopoiética, se basa en comunicación y comunica comunicación, sin más propósito que mantener en funcionamiento la conectividad que comunica. Se trata de una tesis difícil de aceptar desde el espíritu de una persona que se cultiva a sí misma descubriendo su dignidad y que sabe cuándo debe hablar y cuándo callar, pero esta tesis es cada vez más fácil de comprobar al observar el comportamiento comunicativo de los medios electrónicos de comunicación de masas y de las personas que se valen de ellos, especialmente los más jóvenes. Se habla “de” las personas, pero cada vez menos “con” personas.

Una consecuencia de este tipo de comunicación con medios electrónicos es que la sociedad que coordina sus actividades por medio de la información necesariamente tiende a desinstitucionalizarse, aunque no sea más que debido al diferencial de velocidad con que opera la comunicación y la acción institucional. Uno de los grandes logros sociales de Chile en el siglo XIX fue la construcción de una institucionalidad política y administrativa sólida, estable, impersonal, capaz de arbitrar los diferentes conflictos de interés que se producen en la vida colectiva. Y aunque hemos conocido también el quiebre institucional violento y la instauración de estados de excepción, el país ha sabido transitar nuevamente a la recuperación de su institucionalidad con esfuerzo y perseverancia. Sin embargo, la desinstitucionalización que se observa ahora por el uso de medios masivos de información y comunicación no tiene su origen en discrepancias ideológicas o en el rompimiento de consensos básicos, sino en el establecimiento de un cierto paralelismo entre la coordinación jurídico institucional de las acciones sociales y la coordinación realizada por la producción, gestión, almacenamiento y comunicación de informaciones, teniendo esta última la ventaja sobre la primera de operar prácticamente en “tiempo real”, es decir, con simultaneidad.

Se podrían mencionar muchos ejemplos de este paralelismo, pero los más llamativos, por su propia naturaleza, son los que ocurren en el ámbito judicial, donde por primera vez en la historia del país hemos visto a tribunales teniendo que informar sobre un fallo aun antes de su redacción y firma por los magistrados, para satisfacer las expectativas de la opinión pública o evitar presiones indebidas. Llama también la atención el creciente recurso a cámaras ocultas y grabaciones con teléfonos celulares con el posterior tráfico de fotografías y videos en los medios de prensa o en sitios de internet, sin la aprobación o autorización de las personas involucradas en los hechos. La convocatoria a manifestaciones públicas y movilizaciones sociales ha recurrido también a este tipo de comunicación, sobrepasando la autoridad de la institucionalidad gremial tradicional. Todo ello ha conducido a personalizar liderazgos por encima de sus funciones institucionales y a que, como indican desde hace años todas las encuestas, la población desconfíe de las instituciones en general, y de aquellas encargadas de la gobernabilidad de la sociedad, en particular. Es explicable que así ocurra puesto que esta excesiva personalización hace que cualquier acción u omisión indebida o reprobable realizada por alguna persona dentro de una institución desacredite o extienda la sospecha sobre la institución misma. Aunque suele mencionarse el lado positivo generado por esta situación, a saber, la mayor exigencia de probidad y transparencia, se suele pasar por alto su lado negativo, que es el incremento de la desconfianza en las instituciones por sospechas de corrupción, con la consiguiente pérdida de legitimidad.

Estamos ciertamente en el umbral de profundas transformaciones sociales cuya causa ya no es la decisión racionalmente pensada de las personas que institucionalmente están encargadas de decidir y orientar, sino las consecuencias no intencionales del uso masivo de tecnologías de la comunicación. Nadie habría podido imaginar hace pocas décadas las transformaciones sociales que produciría la introducción de computadores, de teléfonos móviles con conexión a información y a las llamadas redes sociales. Y sin embargo, algunos de los hechos antes enumerados se han venido consolidando y, al parecer, de manera irreversible. La desinstitucionalización de la sociedad no alcanza sólo a los espacios públicos, sino que afecta de igual modo la vida privada y de la sociedad civil, como lo demuestra la desinstitucionalización del matrimonio y de la familia, la pérdida de la autoridad de los profesores en las salas de clase, el desconocimiento de los cánones tradicionales de la narrativa, como se aprecia fácilmente en la literatura como en la historia, pero también en las artes visuales, escénicas y musicales. Un país en extremo legalista, como el nuestro, se permite tasas inéditas de piratería, de criminalidad con participación de menores, de obtención de dinero fácil, de malversación de fondos, de fraude. En la juventud esta informalidad se ha vuelto infantilismo, acrecentándose la legitimidad del plagio y del uso de recursos fraudulentos en los exámenes, la formación de tribus de adolescentes, la violencia intraescolar y también en los lugares de esparcimiento y diversión. Personalmente, no pienso que estos cambios hayan tenido como causa un debilitamiento previo de la conciencia moral, sino que tal debilitamiento es más bien su consecuencia. Lo que ocurre es que no estábamos preparados para esta suerte de convivencia simultánea y paralela entre el orden institucional y el orden creado y coordinado por las tecnologías de la información. La sobreabundancia de la producción industrial parece haber creado una nueva generación con mentalidad de recolectores y depredadores, antes que de constructores o productores.

No sería correcto, a mi parecer, describir esta situación como una nueva lucha del ser humano con la máquina, esta vez con máquinas inteligentes. Pienso que el problema es más hondo y tiene que ver con el desplazamiento de la percepción de realidad del ser humano cuando se transita desde las relaciones interpersonales “cara a cara”, es decir, en la presencia de otros, a las relaciones de comunicación a distancia, donde no es posible distinguir con nitidez entre realidad y fantasía. Tal vez el caso de los videojuegos sea el más extremo, especialmente los juegos de guerra, donde las personas deben tener por real la fantasía y sumergirse en ella, pues de lo contrario perderían la vida en el propio juego. Pero, aunque en menor grado, lo mismo ocurre en las redes sociales, donde las identificaciones son supuestas, como lo son también la edad y el sexo. En un grado aun menor, pero ciertamente cotidiano, se ha tornado cada vez más difícil distinguir si las telenovelas son del mismo o de distinto género que los noticieros.

Todas las sociedades han recurrido ciertamente a la fantasía para asumir conciencia de la contingencia humana que descubre que las cosas podrían ser de otra manera a como son o que podrían dejar de ser. También para representar lo no familiar dentro de lo familiar. Pero confiaban en que las relaciones de familiaridad estaban dadas por la cohabitación de un mundo compartido de relaciones copresenciales, de modo que la realidad podía distinguirse de la fantasía, no obstante el recurso a ella. Esto valía tanto en el mundo de la oralidad y de sus representaciones rituales, como en el mundo de la literalidad y de su exuberante literatura. Pero ya no ocurre lo mismo en el mundo construido por las técnicas audiovisuales. Cada quien se conecta a “su mundo” con independencia de la cohabitación de las personas más cercanas, como ocurre, por ejemplo, con las familias cuyos miembros habitan la misma casa pero cada quien, desde su pieza, navega por las redes con independencia de los demás. Como mencionábamos precedentemente, siguiendo a Zubiri, pareciera que la percepción que tiene el ser humano de la realidad en cuanto realidad, tuviese la exigencia formal de unidad y totalidad, aun cuando la realidad esté abierta hacia el futuro y hacia el recuerdo selectivo. Esta unidad y totalidad es la que pareciera esfumarse en la comunicación electrónica dejando la conciencia del sentido de realidad de las personas sumido en el instante de la conectividad.

Conclusión

Pues bien, éstos son, a mi parecer, los desafíos culturales más importantes que nos trae el Bicentenario. Dependerá de la sabiduría colectiva de los chilenos enfrentarlos con inteligencia. Ellos afectan los tradicionales problemas sociales como la superación de la pobreza, el mejoramiento de la calidad de la educación y de la salud, la disminución del desempleo, la justicia social y la seguridad ciudadana, puesto que, por una parte, hay mucho más información sobre ellos y las políticas sociales comienzan progresivamente a entenderse no sólo en Chile, sino en muchos países y en los organismos internacionales, como políticas de Estado y no sólo del gobierno de turno. Además, como miembro de la OCDE, Chile tendrá la oportunidad de adoptar buenas prácticas y monitorear permanentemente su situación social con mejor información. Sin embargo, la desinstitucionalización de la sociedad y el nuevo papel de la conectividad electrónica de las comunicaciones es un problema de la sociedad mundial y no se ve por ninguna parte que se busquen soluciones a los dilemas que trae consigo. Afectan de modo especial a la solidaridad intergeneracional, a las familias, a la calidad moral de las personas, a la capacidad de transmitir valores a las nuevas generaciones. No existen soluciones tecnológicas que garanticen el gusto por la vida, el aprecio a la sabiduría, a la justicia y a la solidaridad. Es cierto que el cultivo del espíritu ha estado siempre al cuidado de la libertad de las personas. Pero el entorno social de los pasados siglos, al menos, lo estimulaba. Este estímulo pareciera languidecer, con lo cual los seres humanos quedan librados a sí mismos en su proyecto de humanidad. No hay política de Estado a este respecto. Pareciera haber llegado la hora de que la sociedad civil asuma esta responsabilidad desde la variadísima gama de oficios que ha creado a lo largo de la historia, desde el trabajo como vocación, las ciencias, la creatividad artística y literaria, la filosofía, la libertad de conciencia y de creencia. También nuestra Academia ha hecho en el pasado un gran aporte en este ámbito y sólo me queda invitar a mis distinguidos colegas a redoblar los esfuerzos para mantener en nuestro país el cultivo del espíritu, para el que la sociedad se está volviendo cada vez más ciega.


 Notas:

[*] Texto de la conferencia pronunciada por el autor y miembro de número de la Academia de Ciencias Sociales, Políticas y Morales del Instituto de Chile, en la sesión extraordinaria en que dicha corporación conmemoró el Bicentenario de la Independencia de Chile.

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