A Antropología y Cultura

La melancolía y el anhelo místico

Una clave del pensamiento de Romano Guardini

Foto de portada: Jacob soñando, tendido en el piso, en: Marc Chagall & Klaus Mayer, “The God of the Fathers. The Chagall-Windows of St.Stephan´s Church in Mainz. Volume 1 Centre Window”, Echter Publishing House, Würzburg, 1993.

Por influencia del pensamiento criticista kantiano y el ambiente sociocultural de Múnich, en el verano de 1905 el joven Guardini se sintió un tanto alejado de la fe cristiana, pero no rompió los lazos con la Iglesia. Hacia el otoño vivió una experiencia de iluminación interior al meditar hondamente la frase evangélica: “Quien quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio la salvará” (Mc 8, 35). Esta densa e inquietante frase fue para él, en ese momento, “la verdadera llave de acceso a la fe” [1], sin duda por adivinar que en ella alienta una energía y una riqueza insospechadas.

Ya por entonces mostraba Guardini una especial sensibilidad para captar la energía interior que generan ciertos conceptos contrastados [2]. El trato con su buen amigo Karl Neundörfer -muy sensible para las cuestiones del espíritu– le ayudó a ver con claridad que “la mayor posibilidad de verdad está precisamente donde se halla la mayor posibilidad de amor”. Tal convicción lo llevó a adentrarse con espíritu de sencillez espiritual en el ámbito de la Iglesia, en el que se halla “el camino para obtener el amor” [3].

Esta experiencia espiritual se incrementó de tal modo en el trato con los esposos Wilhelm y Josephine Schleussner —dos verdaderos testigos de la fe que conocían y practicaban la vida mística— que Guardini se sintió llamado al sacerdocio. Pero, tras una infancia y una adolescencia de vida retraída, sentía angustia ante la idea de asumir las exigencias del estado sacerdotal. Un buen día, después de rezar el rosario se sintió liberado de tal opresión e ingresó en el seminario de Maguncia (1908). Pronto intuyó que su misión consistía en “configurar un nuevo método evangelizador”.

Veamos seguidamente la veta mística que alienta en el espíritu de Guardini y algunas de las consecuencias de la misma.

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Marc Chagall & Klaus Mayer, “The God of the Fathers. The Chagall-Windows of St.Stephan´s Church in Mainz. Volume 1 Centre Window”, Echter Publishing House, Würzburg, 1993.

La melancolía y la tendencia a la elevación mística

En su obra Apuntes para una autobiografía confiesa Guardini su inclinación a la melancolía, sentimiento bifronte, tensionado por la inclinación al desánimo y el tirón hacia lo alto. “Sin un temperamento melancólico no creo que sean posibles la capacidad creativa y la relación profunda con la vida. La melancolía no se puede eliminar, sino que hay que insertarla en la vida; esto significa que hay que aceptarla interiormente como un don de Dios y convertirla en un bien para los demás” [4].

La persona melancólica se caracteriza por sufrir una tensión constante y fuerte hacia lo noble y digno, lo valioso y fecundo. No se contenta con ganancias inmediatas, por intensas y halagadoras que sean. Quiere sentir, a través de lo que ve y le acontece, la presencia de lo excelente, y, si no la experimenta, queda turbada y decepcionada. De ahí el peligro constante de caer en depresión. Pero este estado de depresión es derivado. Procede del fracaso en el intento de elevarse a un nivel de excelencia.

Según Guardini, el hombre melancólico tiende a amar las realidades que lo rodean, y, en virtud de ese amor, busca en ellas un alto nivel de valor y fecundidad. Si no lo encuentra, debido a su condición finita y menesterosa, se siente vacío y fracasado. Tal frustración se traduce en un sentimiento de tedio que lleva a la decepción. Comparado con el infinito que anhela en el fondo de su ser, todo lo mundano se le aparece como carente de razón de existir. La tensión interna se agrava en él porque sigue siendo muy sensible a la belleza, la plenitud de sentido, el valor de las realidades bien logradas, y le resulta difícil encontrar estas cualidades en su entorno. El melancólico siente esa precariedad como propia e ineludible y se ve desvalido.

Tal baja autoestima provoca en él una actitud de timidez y temor ante cualquier gesto que pueda indicar menosprecio. Su única protección la encuentra en el silencio recogido que le permite dejarse sobrecoger por lo profundo y relevante, y sentir así “la gravitación interior del alma hacia el gran centro”: el ámbito de lo sagrado [5]. La melancolía penetra demasiado hondamente en las raíces de nuestra existencia para que podamos resolverla con los recursos de la psiquiatría. Su auténtico sentido solo se esclarece en el plano de lo espiritual. “Y, a mi entender, radica en lo siguiente: la melancolía es la inquietud del hombre ante la vecindad de lo Eterno. Dicha y amenaza a la par” [6].

La obediencia a esta voz interior lleva al espíritu melancólico a frecuentar el trato con personas que escalaron altas cotas de grandeza por orientarse en esa dirección:

“Grandeza, verdadera grandeza no es posible sin esa presión que confiere a las cosas todo su peso; sin ese dolor —por así decir, constitutivo— que Dante denomina “a grande tristeza”, que no surge de una circunstancia especial sino de la existencia misma” [7].

La melancolía que experimentó y analizó Guardini no se reducía a una romántica nostalgia de lo ilimitado, sino a la conciencia viva de “estar llamados por Dios; llamados a asumirlo en nuestra existencia. La melancolía es la tensión propia del nacimiento de lo Eterno en el hombre” [8]. La tensión hacia lo Eterno —visto como algo cualitativamente perfecto, no solo como algo temporalmente inacabable— la vivimos, en principio, en forma de ansia de amor, belleza y plenitud de vida. La esencia radical de la melancolía “consiste en nostalgia de amor. De amor en todos sus grados; desde la sensibilidad más elemental hasta el amor más elevado del espíritu” [9]. Esta ansia inquieta suele verse defraudada al comprobar la caducidad de lo amado, por bello que sea.

Tan dolorosa frustración incrementa en el espíritu melancólico la nostalgia de lo infinito absoluto y perfecto, lo noble y valioso, lo supremamente bueno, que es a la vez lo propiamente real y la belleza sin límite. La meta del melancólico es ahora unirse estrechamente con el Ser Absoluto, no solo conocerlo, sino participar en su vida al modo paulino: “Ya no vivo yo; es Cristo quien vive en mí” (Gal 2, 20). “El hombre melancólico ansía encontrar al Absoluto, pero al Absoluto visto como amor y belleza” [10]. Y esta búsqueda ardorosa, incondicional, suscita en su espíritu un renovado entusiasmo y nuevas amarguras.

“El anhelo de plenitud de valor, de vida y de belleza infinita, unido profundamente con el sentimiento de la caducidad, la negligencia y el fracaso, y con la irreprimible nostalgia, el dolor y la inquietud que de ahí se derivan… eso es la melancolía. Es como una amargura y una dulzura, a la vez, que va unida a todo” [11].

romano guardiniEl trato con los esposos Schleussner, personas de extraordinaria calidad humana y religiosa, ayudó a Guardini a convertir la melancolía en una fuente de ascenso espiritual constante. A Josephine debió Guardini el conocimiento del Diario Espiritual de una mística francesa, conocida bajo el seudónimo de Lucie Christine. Quedó tan prendado de la elevación espiritual plasmada en esta obra que dedicó diez años a la tarea de traducirla al alemán, con el título de Geistliches Tagebuch [12]. Su lectura le acompañó y consoló en momentos difíciles, y le abrió el horizonte de plenitud humana que intentó reflejar en sus escritos y conferencias [13]. Cuando hablaba de la necesidad de configurar un hombre nuevo y una mentalidad renovada, pensaba en el tipo de hombre que refleja dicha obra. “Yo amo la mística; sé que en ella se esconden tesoros de extraordinaria nobleza, y no sólo para unos pocos escogidos sino para círculos muy amplios. (...) ¡Tengo un respeto sagrado hacia estos educadores del alma!” [14]. Esta alta estima de la vida mística explica buen número de los rasgos que caracterizan su vida y su obra.

La caducidad de la vida y la tensión hacia lo alto

Guardini fue consciente de que su temperamento melancólico era para él una fuente de creatividad, pero tal riqueza debía comprarla a un alto precio. Sus grandes éxitos de público no despertaron en él sentimientos de autocomplacencia; avivaron la conciencia de sus carencias y de la caducidad de la vida. Una tarde, en el Deutsches Museum de Múnich, atrajo la atención de 2.500 estudiantes durante hora y media. Lo anota en su Diario y agrega: “Tuve la sensación de que fue algo valioso espiritualmente. Y ahora también esto ha pasado ya” [15].

En los momentos de mayor éxito, cuando públicos numerosos y cualificados seguían atentos sus conferencias y homilías, o cuando una Universidad reconocía sus méritos nombrándole doctor honoris causa, Guardini subraya en su Diario que todo eso es muy bello pero pasa inexorablemente. En esta observación se advierten las dos vertientes de la melancolía: la conciencia amarga de que todo lo humano perece, y la nostalgia por una vida de tan alta calidad que perdura ilimitadamente. Guardini poseía una sensibilidad exquisita para todo lo bello, pero, ante ciertas manifestaciones refinadísimas de belleza, sentía una honda tristeza si no veía latir en ellas el espíritu de Dios.

El amor a lo bello, a la obra bien hecha, a la acción lograda instó a Guardini a perfeccionarse sin cesar: mejorar el estilo, la forma de presentar la Buena Nueva, vivir la Liturgia, comprender la experiencia religiosa, descubrir cómo late esta experiencia en grandes obras de la literatura… Para ello tenía que cultivar el recogimiento e, incluso, la soledad. “Los hombres no conocen la soledad que hay en torno a mí, y no saben que yo, después de un breve encuentro, tengo que volver a la soledad” [16]. Ese afán de perfección nos da alas para elevarnos a los valores más altos, a condición de que renunciemos lúcida y libremente a valores inferiores, anulando —en la línea paulina— el “hombre viejo” para configurar el “hombre nuevo”. He aquí la gran meta hacia la que nos conduce la melancolía cuando la tratamos con talante creativo.

El espíritu de oración

Guardini cultivó con asiduidad tres formas de oración que consideraba complementarias: la litúrgica, la popular y la privada [17]. De hecho, son tan intensas las oraciones que propone en las Cartas sobre la formación de sí mismo [18] para rezar privadamente en los momentos cruciales del día como las Oraciones Teológicas [19] que pronunció ante la asamblea creyente en momentos especialmente dramáticos. Vistas con hondura, estas oraciones impresionan porque reflejan un espíritu místico, que crea con el Señor el modo intenso de unidad que llamamos presencia.

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Debido a su profundo espíritu cristiano, a su empeño de buscar incondicionalmente la verdad y a su gran estima de los escritores místicos, Guardini aprecia sobre toda medida la vida de oración, entendida como el empeño de “ir a Dios con toda el alma”. [Elias desplomado, sentado en la cima de una colina, en: Marc Chagall & Klaus Mayer, “I Have Set my Bow in the Clouds. The Chagall-Windows of St.Stephan´s Church in Mainz. Volume 2 The Flanking Centre Windows”, Echter Publishing House, Würzburg, 1995].

A su entender, la oración auténtica consiste en colaborar a que surja un “espacio de presencia” con el Señor, un “ámbito de encuentro”.

“Cuando el hombre se confía a Jesucristo, llega en verdad a la presencia de Dios. Esto se realiza en la oración recta y auténtica. En ella se llega a la santa presencia de Dios. Merced a ella, despierta en la interioridad del hombre no sólo la profundidad religiosa humana, en general, sino el nuevo corazón de los hijos de Dios, corazón renacido y configurado por la gracia. En este ‘espacio vital’ se muestra la realidad de Dios. Puede ser que el hombre sienta esta realidad de modo inmediato, de forma que lo estremezca con su majestad y lo inunde con su cercanía. En tal caso, se encuentra el hombre ante el sublime e íntimo misterio de la oración y debe acercarse a él con respeto reverencial, poniendo toda su solicitud en conservarlo” [20].

Debido a su profundo espíritu cristiano, a su empeño de buscar incondicionalmente la verdad y a su gran estima de los escritores místicos, Guardini aprecia sobre toda medida la vida de oración, entendida como el empeño de “ir a Dios con toda el alma” [21].

“Tenemos que volver a aprender que no es sólo el corazón el que debe rezar, sino también la mente. El conocimiento mismo ha de convertirse en oración, en cuanto la verdad se hace amor” [22].

Observamos la tendencia temprana de Guardini a integrar (vincular por dentro) aspectos de la vida humana que una mirada superficial considera como opuestos. Esta capacidad de integración potencia la riqueza de su pensamiento y lo hace sumamente sugestivo.

Oración, recogimiento y participación

Guardini partía de la tesis defendida por la Antropología dialógica actual más cualificada de que el hombre es un “ser de encuentro” y necesita “espacios” para desarrollarse, tanto en el aspecto fisiológico como en el psíquico y el espiritual. Para orar debemos recogernos y abrirnos al sentimiento de asombro ante la grandeza de Dios.

“El recogimiento crea la apertura y el “espacio” interno de la oración. Propiamente, esta denominación no es adecuada, pues el “espacio” o “lugar” de la oración no se da ni dentro ni fuera, sino “en el espíritu”. Y no en el espíritu sin más, es decir, allí donde residen las imágenes del pensar o las intenciones del querer, sino “en el Espíritu Santo”. (...) El espacio de la oración se constituye en la presencia del hombre ante Dios. (…)Cuando Dios se acerca a un hombre, permanece junto a él y lo trata con amor, y el hombre “existe” ante Dios y se relaciona con Él en fe, entonces se constituye ese “espacio sagrado”” [23].

Al entrar en ese espacio vital, el hombre participa de la vida de Dios, y “la fuerza de Dios entra en su alma”, y esta vive “desde la fuente de la energía” [24]. Rezamos por la mañana para “renovarnos desde Dios” [25]; elevamos el corazón a Dios por la noche para que todo lo vivido durante el día “se resuelva en confianza y agradecimiento”. Al salir de casa, comenzar una oración o iniciar una acción significativa, nos signamos con toda seriedad, conscientes de que, con ello, inscribimos todo nuestro ser y nuestro obrar en el ámbito sagrado abierto por las tres personas de la Trinidad y nos disponemos a vivir trinitariamente. Este ámbito se abre al hacer la señal de la cruz con plena conciencia de lo que significa:

“Haz la señal de la cruz despacio, con la mano y con la mente; hazla amplia, de la frente al pecho, de hombro a hombro. ¿No sientes cómo te abraza por entero? Procura recogerte; concentra en ella tus pensamientos y tu corazón según la vas trazando, y verás que te envuelve en cuerpo y alma, se apodera de ti, te consagra y santifica. Entonces sentirás lo fuerte que es” [26].

La oración es algo profundo y transfigurador

Para orar de verdad hemos de poner en juego todo nuestro ser con voluntad decidida de transformarlo.

“Al orar se va a lo profundo. Pero la profundidad nos arredra; queremos permanecer en la superficie, que es donde nos conocemos bien y hay colorido y cambio. En lo profundo hay seriedad. (...) En la oración nos acercamos más a nosotros mismos. Nos vemos con más claridad; sentimos más palpablemente lo insuficiente que es todo. Por una parte queremos conocer la verdad, pero, por otra, algo se asusta en nosotros y evita que nos miremos a los ojos (...)” [27].

Al hablar de la oración, Guardini no alude solo a una actividad de mera súplica o de consideración intelectual de verdades sobrenaturales. Habla, sobre todo, de la transformación interior que experimenta el creyente cuando se decide a “encontrarse lúcida y comprometidamente con Dios. Si queremos que la oración adquiera el significado y la am-plitud que le corresponden, debemos destacar la orientación de nuestro espíritu hacia lo santo y darle el espacio debido” [28].

El lenguaje místico

Las Oraciones Teológicas nos dan una idea exacta de lo que entendía Guardini por oración: sentirse en presencia viva del Dios que se nos revela plenamente en Cristo Jesús. La amplitud de nuestros conocimientos debe ponerse al servicio de este acto de recogimiento y sobrecogimiento. Por eso, estas oraciones no se reducen a esquemas de conferencias teológicas, puramente intelectuales, frías, incomprometidas, más propias para pensar que para contemplar y rezar. En ellas reza el corazón, y con él la mente. Cuando las rezamos “con toda el alma”, sentimos una vibración espiritual muy honda al comprobar en nosotros mismos que la vida divina que nos otorga la fe es “más real que la que transcurre en el tiempo” [29]. La tarea decisiva de Guardini fue anclar su vida en la realidad y en la verdad —entendida esta como la patentización luminosa de la realidad— y convertir este conocimiento en una fuente de amor y alegría. Veamos cómo vincula estos conceptos de forma serena y ardorosa, a la vez, al final de la oración titulada La creación del mundo:

“Creo que todo fue creado por Ti, oh Dios. Enséñame a comprender esta verdad. Es la verdad de mi existencia. Si se olvida, se hunde todo en la sinrazón y la insensatez. Mi corazón está de acuerdo con ella. No quiero vivir por derecho propio, sino emancipado por Ti. Nada tengo por mí mismo; todo es don Tuyo y sólo será mío si lo recibo de Ti. Constantemente estoy recibiéndome de Tu mano. Así es y así debe ser. Esta es mi verdad y mi alegría. Constantemente me miran Tus ojos, y yo vivo de Tu mirada, Creador y Salvador mío. Enséñame a comprender, en el silencio de Tu presencia, el misterio de que yo exista. Y de que exista por Ti, ante Ti y para Ti. Amén” [30].

El que esté acostumbrado al lenguaje de los místicos, advertirá que el temple de la vida mística inspira de parte a parte estas oraciones, en las que la hondura teológica y la actitud de entrega devota se integran y potencian mutuamente. De ahí que, para Guardini, la oración verdadera exija toda una transfiguración del orante.

“Si queremos que la oración adquiera el significado y la amplitud que le corresponden, debemos destacar la orientación de nuestro espíritu hacia lo santo y darle el espacio debido” [31].

Necesidad de ver al hombre desde Dios

El cambio de ideal que dará lugar a un estilo de pensar verdaderamente post-moderno solo es posible si nos decidimos a ver la figura del hombre “desde su origen y su meta, que es el Ser Supremo”. En la prodigiosa década de 1920 a 1930, en la que se gestaron obras filosóficas y teológicas de alta calidad, se adoptaron dos métodos de dirección opuesta para entender el ser del hombre y su sentido: el método “de abajo arriba” y el método “de arriba abajo”. Guardini se adhiere decisivamente a este último en un opúsculo que encierra —según me confesó en cierta ocasión— el núcleo de todo su pensamiento antropológico: “Solo quien conoce a Dios conoce al hombre”, texto de una conferencia pronunciada en el 75 “Katholikentag” (día de los católicos), celebrado en Berlín en 1952.

“El hombre sabe quién es en la medida en que se comprende a partir de Dios. Para ello debe saber quién es Dios, y esto sólo lo sabe si acepta lo que Dios reveló acerca de Sí. Si se enfrenta a Dios, si lo concibe de forma errónea, pierde todo conocimiento acerca de su propio ser. Esta es la ley fundamental de todo conocimiento del hombre” [32].

Una y otra vez vuelve Guardini sobre una idea que le era particularmente querida: Dios creó las realidades infrapersonales en cuanto les mandó existir, y creó al hombre en cuanto lo llamó por su nombre a la existencia. Al llamarlo, lo convirtió en su tú, y lo capacitó para dirigirse a Él como a un tú. Esa relación yo-Tú constituye el ser profundo del hombre y es el origen de su condición locuente [33].

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Abraham asumiendo un papel de defensor de los justos, en: Marc Chagall & Klaus Mayer, “The God of the Fathers. The Chagall-Windows of St.Stephan´s Church in Mainz. Volume 1 Centre Window”, Echter Publishing House, Würzburg, 1993.

En la línea del Pensamiento dialógico (Ferdinand Ebner y Martin Buber, sobre todo), Guardini estimaba que el hombre adquiere conciencia de su yo al ser apelado por un , sobre todo y primariamente por el Tú divino. El ser humano se le presentaba, al modo de Sören Kierkegaard, como “una relación que se relaciona consigo misma y con el Poder que la sostiene” [34]. Esta forma de ver al hombre desde Dios, tan afín a la de los escritores místicos, llena de tensión la obra toda de Guardini, que sintió siempre un profundo asombro ante el hecho de que el Dios infinito se haya dignado crear al hombre y se haya, incluso, anonadado para salvarle.

A la vuelta de tantos reduccionismos que intentaron depreciar la figura del ser humano —por la nostalgia que desde 1918 sienten no pocos pensadores hacia el mundo infrapersonal, infracreador, infrarresponsable—, el pensamiento de Guardini sigue mostrándonos con nitidez que su verdad más profunda la consigue el hombre por vía de elevación, no de descenso. Sus lecciones inéditas de antropología —Der Mensch— están presididas por un lema tomado de Pascal: “L´homme dépasse infiniment l´homme”, el hombre supera infinitamente al hombre. Idea afín a la de un espíritu congenial, Gabriel Marcel: “Lo más profundo que hay en mí no procede de mí”.

La recuperación del estado de paraíso

Frente a la pretensión desmedida de autonomía que caracterizó a la Edad Moderna, tenemos hoy motivos sobrados para aceptar los dones primarios: una existencia finita, una libertad vinculada, un corazón afanoso de felicidad..., pues todo ello nos vino ofrecido por un Ser infinitamente poderoso que nos creó voluntariamente por amor para hacernos el honor de llegar a sernos infinitamente íntimo.

“Mi existencia es un misterio. Así tiene que expresarse todo el que quiera penetrar en lo esencial (...) En la medida en que me acerco a Dios y participo de él, me acerco a mi propia comprensión. La sede del sentido de mi vida no está en mí, sino por encima de mí. Vivo de lo que está por encima de mí. En la medida en que me encierro en mí o —lo que viene a ser lo mismo— me encierro en el mundo, me desvío de mi trayectoria. (…) Solo estoy en armonía conmigo mismo, solo entiendo mi existencia en la medida en que me acepto a mí mismo como procedente de la libertad de Dios” [35].

Por eso, mi actitud básica en la vida ha de ser de aceptación. He de aceptarme en lo que soy, con todas sus implicaciones [36]. Fui llamado por Dios a la existencia amorosamente, y debo responder con agradecimiento. Al hacerlo, reconozco que mi origen es un Ser Infinito, todopoderoso, eterno, y, por serlo, constituye también la meta de mi vida. De ahí mi tendencia de ir hacia el Creador, mi nostalgia por la vida eterna —entendida como vida de calidad suprema—, y, consiguientemente, mi entusiasmo por los grandes valores, que me elevan a un nivel de excelencia, lindante con lo sobrenatural: la unidad, la bondad, la verdad, la justicia, la belleza.

La armonía gozosa que suscita tal aceptación se traduce en entusiasmo jubiloso cuando el hombre se persuade —a la luz de la Revelación— de que Dios lo creó por amor. “El llamamiento personal por el que Dios lo pone en la existencia y lo mantiene en la misma a partir de ese momento (...); eso es amor” [37]. Verse llamado a la existencia por amor y destinado a crear vínculos de amor en una comunidad de creyentes, que vibran con el mismo ideal de la unidad, es sentirse inmerso en un estado de paraíso.

De lo antedicho se desprende que el método ideal para entender al hombre debe conjugar las dos vías antedichas: la de abajo arriba y la de arriba abajo. El espíritu integrador de Guardini nos ayuda a realizar cabalmente tan decisiva tarea. A diario observamos que nos ofrece una gran riqueza de pensamientos, ideas profundas sobre la vida, descripciones certeras de acontecimientos espirituales, y todo ello es sumamente valioso. Pero lo es todavía más su voluntad de integración, de unir elementos contrastados en formas de unidad tensionadas, desbordantes de vida y de sentido.

La consideración de la liturgia católica como una forma de contemplación mística que ha tomado cuerpo sensible

Desde la noche en que asistió, asombrado, al rezo litúrgico de los benedictinos de Beuron, Guardini vivió la vida litúrgica con una profunda vibración interna.

La relación profunda entre vivir la Liturgia y vivir la Iglesia

Guardini descubrió a la vez, el profundo valor espiritual de la Liturgia y la importancia decisiva de que la Iglesia “despierte en las almas”, de que los fieles no solo vivan en la Iglesia sino que vivan la Iglesia. Sintió en todo tiempo un amor filial hacia la Iglesia, a la que veía —místicamente— como una fuente de vida que mana de la figura misma de Jesús resucitado. Ello explica que, a pesar de la decepción que le produjeron algunas incomprensiones por parte de algún dignatario eclesiástico, haya estimado y venerado siempre a quienes representan oficialmente a la Iglesia. Por eso se alegró “como un niño” —según testimonio de un amigo— cuando Pio XII le manifestó en Castelgandolfo la alta consideración que le merecía la labor que estaba realizando en favor de la Iglesia.

Vivir la Iglesia significa ir a Dios en comunidad, aunarse para alabarle en cuerpo y alma conjuntamente. Vivir la Liturgia implica participar en los actos reglados y serenos de alabanza, súplica, reconciliación y comunión de un grupo de peregrinos que se detienen para celebrar, gozosos, la gran fiesta del encuentro con el Señor.

La Iglesia nos comunica la Buena Nueva, nos revela a Jesús; más, nos hace contemporáneos suyos [38] y asegura la primacía de la verdad, dentro de un espíritu de amor [39]. Insertarnos activamente en la vida de la Iglesia equivale a situarnos en la verdad y dar a nuestra vida espiritual una base firme. Sentirse así a resguardo garantiza nuestra salud espiritual, pues nos hace plenamente libres. El conocimiento de la verdad es el acto fundamental de nuestra liberación espiritual. Pero no se trata de una verdad mayestática y fría, sino de la verdad en el amor. Puede parecer que la Liturgia no se preocupa de la formación moral de los creyentes porque concede la primacía al “logos” —la verdad, el orden, la ley eterna— sobre la voluntad.

“Por eso parece abismarse enteramente en la contemplación, adoración y glorificación de la verdad divina, y despreocuparse de las pequeñas necesidades de cada día. De ahí también su poco interés en dedicarse directamente a formar y educar en la virtud. (…) Es porque, en realidad, sabe muy bien que quien vive en ella se sitúa en la verdad, y alcanza la salud y la paz de su ser más íntimo” [40].


Ver recuadro: "El Guardini que yo conocí", por Alfonso López Quintás.


Notas

[1] Las frases sueltas que aparecen entre comillas son del mismo Guardini.

[2] Tal energía resalta de modo especial en la obra Vom Sinn der Kirche. M. Grünewald, Maguncia 1922, 41955, p. 43. Versión española: Sentido de la Iglesia (San Pablo, Buenos Aires; Edibesa, Madrid, 2010). El interés de Guardini por superar las paradojas y antinomias y sacar partido de la energía que en ellas late resalta en la obra de juventud El contraste. Ensayo de una filosofía de lo viviente-concreto. BAC, Madrid 1996. Versión original: Der Gegensatz. Versuch einer Philosophie des Lebendig Konkreten. M. Grünewald, Maguncia 1925, 31985.

[3] Cf. Apuntes para una autobiografía. Encuentro, Madrid 1992, p. 99. Ver: Berichte über mein Leben, Patmos, Düsseldorf, 1985.

[4] Cf. o.c., p. 107.

[5] Cf. Vom Sinn der Schwermut. Grünewald, Maguncia 61996, p.p. 41-42. Traducción española de Miguel Ángel Nesprías: Sobre el sentido de la melancolía, en Revista Argentina de clínica neuropsiquiátrica, año XII, vol. 10, 3 (2001). Véase, asimismo, “Humanitas” 51 (2008), p.p. 558-578.

[6] Ibíd, p. 49-50.

[7] Ibíd, p. 41.

[8] Ibíd, p. 48.

[9] Ibíd, p. 44.

[10] Ibíd, p. 46.

[11] Ibíd, p. 47.

[12] Cf. o.c., 4ª edición en M. Grünewald, Maguncia, sin fecha.

[13] Cf. Prólogo del traductor, o.c., XI.

[14] Este texto se halla en una carta de Guardini a Richard Knies del 29 de abril de 1919. Apud Hanna-Barbara Gerl-Falkovitz en la obra Romano Guardini (1885-1968). Leben und Werk. M. Grünewald, Maguncia 41995, p. 119.

[15] Cf. Wahrheit des Denkens und Wahrheit des Tuns. Notizen und Texte 1942-1964. Schöning, Paderborn 1985, p. 89.

[16] Ibíd, p. 49.

[17] No fue casual que, recién publicado –en 1918– su primer libro, dedicado a destacar las excelencias del culto litúrgico –El espíritu de la liturgia–, editara –en 1919– su Via crucis, como modelo de devoción popular. Esta toma de postura equilibrada entre ambas formas de piedad llevó a algunos representantes del Movimiento Litúrgico a volverle la espalda. En uno de sus diarios apuntó Guardini con encantadora sencillez: “¡Perdí todo mi prestigio!”. No obstante, él se mantuvo fiel a su convicción primera, como expresamente me confesó treinta y seis años más tarde, cuando vivía en Múnich –año 1955– uno de los momentos más altos de su vida académica y publicística.

[18] Ibíd, Palabra, Madrid 2000. Versión original: Briefe über Selbstbildung, M. Grünewald, Maguncia 111968.

[19] Cf. o.c., en Obras de Romano Guardini III, Cristiandad, Madrid 1981. Versión original: Theologische Gebete, Knecht, Frankfort 71963.

[20] Cf. Introducción a la vida de oración. Palabra, Madrid 2002, p.p. 46-47. Versión original: Vorschule des Betens, Benziger, Einsiedeln, 61960.

[21] Cf. Gebet und Wahrheit. Meditationen über das Vaterunser. Werkbund, Würzburg 1960, p. 17. Versión española: El padrenuestro, en Obras de Guardini II. Cristiandad, Madrid 1981, p. 23.

[22] Cf. Oraciones Teológicas, o.c., p. 11.

[23] Cf. Introducción a la vida de oración, o.c., p. 44.

[24] Cf. Cartas sobre la formación de sí mismo, o.c., p. 68.

[25] Ibíd, p. 70.

[26] Ibíd, p. 82-84.

[27] Ibíd, p. 68-69.

[28] Cf. Introducción a la vida de oración, o.c., p. 38.

[29] Cf. Oraciones teológicas, o.c., p. 19.

[30] Ibíd, p. 27-28.

[31] Ibíd, p. 38.

[32] Nur wer Gott kennt kennt den Menschen, Werkbund, Würzburg 1952, p. 19. (La traducción del texto transcrito es mía). Versión española: Quien sabe de Dios conoce al hombre, publicada conjuntamente con El fin de la modernidad, PPC, Madrid 1995, pp. 160-161. Esta idea de que solo quien conoce a Dios conoce al hombre ejerció un papel directivo en los textos del Concilio Vaticano II, así como en el pensamiento filosófico y teológico de San Juan Pablo II.

[33] Cf. Mundo y persona, Encuentro, Madrid 2000, pp. 123-124. Versión original: Welt und Person, Werkbund, Würzburg 1954, pp. 110-113. La existencia del cristiano, BAC, Madrid 1997, 179. Versión original: Die Existenz des Christen, Schöning, Paderborn 21977, p. 180.

[34] Cf. La enfermedad mortal o De la desesperación y el pecado, Guadarrama, Madrid 1969, p.p. 47-49.

[35] Cf. La existencia del cristiano, o.c., p. 180-181.

[36] Cf. La aceptación de sí mismo, Cristiandad, Madrid 61983. Versión original: Die Annahme seiner Selbst, Werkbund, Würzburg 1953, 21990.

[37] Cf. La existencia del cristiano, o.c., p. 182.

[38] Cf. Die Kirche des Herrn, Werkbund, Würzburg 1965, p. 64-65.

[39] Cf. El espíritu de la liturgia, Centre de Pastoral Litúrgica, Barcelona 2006, 99. Versión original: Vom Geist der Liturgie, Herder, Friburgo 1918, 191957.

[40] Cf. o.c., p. 100-101.

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