Religión, laicidad y laicismo en la sociedad chilena actual

El autor repiensa aquí el tema de la laicidad del Estado y de la sociedad civil inspirado por el libro Una nueva laicidad de Angelo Scola

 El tema de la laicidad del Estado respecto de su relación con la Iglesia, con la conciencia religiosa y moral de sus respectivas naciones, ha ocupado con particular intensidad la agenda pública de Europa, especialmente en España, Francia e Italia. No es de extrañar, en el caso europeo, puesto que se remonta a los inicios de la modernidad, especialmente a la guerra de los treinta años, la que logra poner fin al principio de que los súbditos deben tener la religión del príncipe, lo que justificó el surgimiento de los estados protestantes. La reivindicación de la laicidad del Estado fue la reacción que provocó este principio. Fue contestado primeramente por Grotius y Pufendorf con la elaboración del derecho natural moderno y su famosa afirmación de que este era vinculante “etsi Deus non daretur”, es decir, incluso en el caso de que Dios no existiera. Revive después en la Ilustración, continúa con la Revolución Francesa, con la unificación de Italia y Alemania, llegando su eco hasta nuestros días.

La historia latinoamericana y chilena, a este respecto, ha sido completamente distinta a la europea, puesto que no tuvimos guerras de religión ni la obligación de tener la religión del príncipe; la corona no dejó venir a los protestantes, que recién llegan en la era republicana, no nos evangelizó el monacato sino las órdenes mendicantes, que no defendían principios jurisdiccionales, sino que eran itinerantes y, después de la llegada de los jesuitas, se acentuó aún más la idea de la misión. Si bien ellos debieron sufrir la expulsión de los territorios de habla española y portuguesa, bien sabemos que las razones que la originaron estaban en Europa y no en América.

Tuvimos laicismo solo en algunos países y en períodos históricos acotados. En el caso de nuestro país, se dio vinculado especialmente al tema educacional en la segunda mitad del siglo XIX, cuando apareció la pretensión del monopolio educativo del Estado-Docente, ante lo cual la Iglesia, en defensa de la libertad de educación, reaccionó fundando la hoy prestigiada Pontificia Universidad Católica de Chile, de tanto reconocimiento en el país y en el extranjero. No es extraño, en consecuencia, que sea precisamente en torno a la discusión de la actual reforma educacional que se vuelvan a escuchar voces y argumentos del pasado, no obstante que las circunstancias y la sociedad misma han cambiado profundamente.

Inspirado en el libro “Una nueva laicidad” del cardenal Angelo Scola (ver recensión en Humanitas n° 50, 2008), quisiera hacer mía su idea de repensar completamente el concepto de laicidad. Expresaba el autor en el prólogo que

las cuestiones concernientes al ámbito afectivo, al bios, a la interculturalidad, a la interreligiosidad, han cambiado los términos de nuestras discusiones sobre la laicidad. Sin anular el peso de la problemática clásica, que se concentraba en su mayor parte en la relación Iglesia-Estado, los temas que confluyen en el ámbito de la laicidad se han hecho más numerosos y articulados, hasta el punto que se siente la necesidad no solo de repensar esta delicada categoría, sino incluso de ensayar nuevas formas de laicidad.

Al observar los sociólogos la emergencia de una sociedad mundial multicultural y multirreligiosa, funcionalmente diferenciada en sus comunicaciones, coordinada fundamentalmente por la información, particularmente la que proporciona la ciencia y el desarrollo tecnológico, no podría sino aceptar el desafío del cardenal Scola de repensar el problema.

Lo primero que habría que tomar en consideración es que la compleja sociedad funcional moderna ha dejado de ser jerárquica y piramidal y, como señala el sociólogo Niklas Luhmann, se ha convertido en una sociedad “acéntrica” y policontextual. Esto significa que ni la economía, ni el orden público, ni la ciencia, ni cualquier otro subsistema de la sociedad pueden imponer a los otros la codificación de sus propias operaciones y comunicaciones, siendo cada uno autónomo, a este respecto, aunque interactúen recíprocamente. La economía entiende el lenguaje de los precios; la política, de los votos; la ciencia, de las hipótesis verificables y así sucesivamente. Pero todos ellos cohabitan en el espacio público, puesto que las informaciones que generan son de conocimiento general. La antigua distinción público-privado ha devenido obsoleta con los medios masivos de comunicación, particularmente con los medios electrónicos, los que llevan conectividad e información hasta los espacios más íntimos y privados de las familias y de las personas. A su vez, nadie desconoce su papel decisivo en la elaboración de la agenda pública. Así, como reconoce nuestro autor de referencia, aunque los temas de la laicidad se articulan a partir de la presencia humana en el espacio público, ellos no se restringen a la esfera propiamente política, sino que abarcan un amplio abanico que incluye a las culturas, las religiones, la ciencia, la economía, el trabajo humano, la relación hombre-mujer, la educación, el medio ambiente, la bioética, la paz.

A juicio del autor es necesario repensar el tema de la laicidad tanto del Estado como de la sociedad civil, puesto que el debate confunde habitualmente la laicidad del Estado con su neutralidad frente a los valores fundamentales de la persona humana, con el riesgo de desconocer sus derechos básicos, o de transformar tal neutralidad en una postura militante en contra de aquellos que, en uso de sus libertades, afirman públicamente sus convicciones o sus opciones de vida. Siguiendo el argumento sostenido por el entonces cardenal Ratzinger, quien sostenía en su célebre diálogo con J. Habermas que el único camino abierto para la convivencia pacífica en una sociedad postsecular es la “disponibilidad para aprender y la autolimitación por ambas partes”, el cardenal Scola intenta descubrir los fundamentos antropológicos de esta posición para aplicarlos a una correcta fundamentación de la sociedad civil y del Estado.

En el origen de una sociedad civil y de una institución estatal auténticamente laica está el delicado problema de cómo compaginar equitativamente, en último análisis en términos de derechos y deberes fundamentales, las identidades y las diferencias. La relación dinámica, siempre abierta, de estas dos dimensiones vitales de la convivencia humana es reclamada por el estatuto mismo de la persona, que no existe nunca como mónada separada y autosuficiente… Por eso en el hombre la ‘capacidad’ relacional no es algo accesorio, sino constitutivo. Pertenece a su naturaleza.

De esta dimensión relacional de la persona surge la necesidad del reconocimiento recíproco de la dignidad de sujetos que tienen todos los seres humanos. En ella reside también el origen del poder, puesto que, se pregunta,

¿qué es el poder sino el poder de reconocimiento dado por uno a otro sobre la base de la necesidad mutua? Cada uno de nosotros, de hecho, ejerce un poder y es objeto de poder. Se trata de un vínculo entre sujetos, que no puede en modo alguno ser evitado, porque es constitutivo del dinamismo vital en el que está inserta la persona humana.

La autoridad es exigida entonces por el propio dinamismo de la libertad humana, la cual no pierde, por ello, su soberanía. Desde esta visión, puede concluir que la “sociedad civil significa esencialmente diálogo, narración recíproca de la propia subjetividad, al mismo tiempo personal y social, a partir de lo que inevitablemente se tiene en común como bienes de carácter material y espiritual”. Este dinamismo no procede de ningún poder superior, sino que procede del carácter social de las personas mismas. Pero como el poder del reconocimiento puede ser ambiguo y prestarse tanto para la promoción humana como para su manipulación, la propia sociedad civil necesita “darse una instancia superior, nunca sustitutiva sino reguladora (defensiva y promocional) de su vida relacional” que es el Estado. Sin embargo, quisiera agregar que en las circunstancias sociales actuales, la función reguladora del Estado sería completamente ineficaz si los restantes subsistemas sociales no funcionaran adecuadamente en el ámbito de sus funciones respectivas. Por ello, la sociología actual no considera la relación entre Estado y sociedad civil como la de dos entidades autónomas e independientes entre sí, como pareció imponerse en siglos pasados, sino que el Estado es un órgano de la sociedad que cumple las funciones que la sociedad misma le asigna. En lugar de hablar de Estado y sociedad, hoy resulta más evidente y ajustado a la realidad hablar del Estado de la sociedad.

Especialmente actual me parece la referencia de Scola a la dimensión narrativa de la subjetividad, puesto que ella pone en evidencia la importancia no solo de la acción, sino también de la comunicación en la formación y desarrollo del fenómeno humano, como lo hacen ya también las ciencias sociales, en una sociedad que ha alcanzado una complejidad tal que solo puede coordinar sus acciones a través de los medios masivos de comunicación. En este contexto se clarifica qué puede significar la laicidad del Estado:

la no identificación con ninguna de las partes implicadas, es decir, con sus intereses e identidades culturales, sean religiosas o laicas. Sin embargo, en virtud de su misma función, Estado laico no es sinónimo de Estado ‘indiferente’ a las identidades y sus culturas.

Tampoco puede ser indiferente, en consecuencia, a los valores que constituyen a la sociedad civil y que han dado forma a las tradiciones nacionales de los diferentes países.

Laicidad del Estado en todas sus instituciones es pues ejercicio constitutivo y recíproco de promoción y tutela del derecho y de valoración positiva de todos los sujetos, mediante la implicación en la relación de reconocimiento. Solo el reconocimiento regenera continuamente las identidades, poniéndolas a salvo de todo integrismo, al tiempo que impide que las diferencias lleven a exclusiones conflictivas.

¿Implica este dinamismo del reconocimiento recíproco una renuncia al concepto de verdad, a premisas unificadoras de tipo metafísico, religioso o ético? ¿Cómo podría darse la armonía buscada por el diálogo si no hay acuerdo acerca de cuáles son los bienes comunes? El cardenal Scola propone que “será necesario ante todo que las instituciones fomenten el valor práctico del mismo estar en sociedad, que no requiere en cuanto tal ningún acuerdo previo sobre el fundamento último de dicho valor”. La única condición es que las diversas hermenéuticas resultantes se propongan a la libertad de los otros, “en el respeto riguroso a los derechos de todos y en la convicción de que [cada uno], en el diálogo, podrá aprender mejor qué es el bien común”. La convivencia civil, aunque respete los derechos de todos y particularmente de las minorías, tampoco puede darse sin sacrificio, sin autolimitaciones y renuncias. Particularmente importante es esta autolimitación en el contexto actual del respeto irrestricto a la libertad religiosa y de conciencia, no solo en relación con aquellos que profesan otras religiones diferentes a la propia, sino incluso internamente, dentro de una misma denominación religiosa. Al interior del catolicismo llamamos carismas a esas variantes de aproximación a la verdad y a la libertad de las personas dentro del credo común profesado. Pero algo análogo se da también entre los evangélicos y, particularmente, los pentecostales, que escinden comunidades menores de otras mayores siguiendo la idiosincrasia de sus pastores y de los demás integrantes.

Todos los sociólogos sabemos cómo ha decaído la auto-identificación de las personas con instituciones religiosas. Pero sería errado sacar la conclusión de que ahora las personas son menos religiosas. Incluso quienes se declaran agnósticos no han abandonado la búsqueda religiosa, como queda testimoniado en tantos textos narrativos de la literatura contemporánea. Personalmente, interpreto la así llamada secularización del mundo moderno no como una suerte de apostasía interior, un cambio de sensibilidad y de conciencia, como interpretan algunos muy destacados y respetables autores como Charles Taylor, sino como el incremento de la policontextualidad de las comunicaciones, lo que lleva a que las personas comuniquen religiosamente sus creencias solo cuando el objeto de la comunicación sea verdaderamente religioso y no económico, político, científico, educacional o relativo a la salud.

Me parece que lo que está en juego en la comprensión del laicismo, la laicidad y las religiones es la antropología metafísica que está en su base. Mientras Aristóteles pensaba que la amistad entre las personas era el presupuesto para la polis y su orden institucional, Hobbes, al comienzo de la era moderna y tal vez escandalizado por la guerra europea de treinta años, invierte este planteamiento afirmando que para que haya amistad y no la lucha de todos contra todos es necesario el Leviatán. Elevado a condición de posibilidad de la vida social, necesariamente se descontextualiza la función del Estado en relación con ella. Pienso que la tradicional discusión del laicismo como neutralidad del Estado frente a cualquier creencia religiosa, reivindicando al mismo tiempo el monopolio del espacio público, tiene su fundamento en las mencionadas premisas hobbesianas. Pero la evolución de la sociedad ya no va en esa dirección. El nuevo espacio público, la nueva Ágora, es la comunicación y ningún Estado puede ya atribuirse el monopolio de la comunicación pública. Es solo una voz, aunque poderosa y vinculante, dentro de una pluralidad de otras voces que se expresan relacionalmente y, cada vez más, en amplias redes sociales que cruzan, incluso, las fronteras nacionales. La caída del Muro de Berlín y de los regímenes de planificación centralizada de toda la vida social, sin que se haya disparado un tiro, fue una demostración elocuente de que debemos empezar a comprender de otra manera la relación entre Estado y sociedad y que la hipótesis antropológica de Hobbes que sustentaba el Leviatán ha perdido completamente su plausibilidad en la época actual.

La tolerancia, el reconocimiento recíproco, la multiculturalidad son exigencias que se han ido imponiendo progresivamente a la convivencia al interior de la sociedad misma y su principal forma de regulación ha pasado a ser la información y la comunicación oportuna. Subsisten en el mundo, ciertamente, conflictos religiosos, étnicos y políticos de profunda raigambre histórica que no serán fáciles de resolver. Pero aun así, la población reivindica, cada vez más, transparencia en las operaciones sociales, confiabilidad, accountability. En una sociedad de alta complejidad, como la nuestra, nunca habrá información perfecta y se deberá contar siempre con el riesgo implicado en cualquier operación. Ya no existe ningún sitio en la estructura social para un observador omnisciente que pueda observar todo lo que acontece en tiempo real. Por ello, me pareció muy adecuado el desafío del cardenal Scola de repensar profundamente qué significa la laicidad del Estado en la época actual y comprender que no está sólo en juego la libertad religiosa y de conciencia, sino la armonía y la paz de la interdependencia recíproca de todos los actores sociales, individuales y asociados, en el conjunto de los subsistemas funcionales actualmente existentes: económico, político, educativo, científico, religioso, artístico y tantos otros. Una responsabilidad social particular han adquirido, en este con texto, los medios masivos de comunicación, como también las redes sociales, puesto que están más cerca de ejercer funciones regulativas en tiempo real si operan con transparencia, con libertad y, por sobre todo, con aprecio a la verdad.


Nota:

[*] El presente texto fue expuesto por su autor en la Academia de Ciencias Sociales, Políticas y Morales del Instituto de Chile (29.IX.14).

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